sábado, 30 de diciembre de 2006

No lo entiendo

Luis Berastain Díez (Finalista Certamen Carmen Martín Gaite 2006)

No entiendo muy bien qué hago aquí, tumbado; con un brazo y una pierna escayolados. Yo no suelo caerme ni desde un escalón. No me considero un torpe, como mucho tropiezo o se me resbalan algunas cosas entre los dedos; pero pienso que en una proporción normal al resto de los humanos.

Tampoco soy muy dado al bricolaje. La última vez que lo intenté, conseguí colgar un cuadro, de esos a los que sólo les pones un tornillo redondeado en el centro del marco; y quedó torcido, desafiando a las leyes de la física. Hasta mi mujer, que me anima a que utilice las manos (es decir, recibí una orden estricta y clara de clavar el dichoso cuadro, que estaba apoyado en el suelo de un pasillo, antes de que el perro lo orinase por cuarta vez), a partir de aquel momento empezó a llamar a un manitas con el fin de que viniera a hacernos las pequeñas chapuzas domésticas. Y lo que es peor, sin evitar comentarme que tomó esa decisión para no declarar la casa en ruinas. Exagerada.

Como marido no estoy mal del todo. Tengo un trabajo digno. Desde el mes pasado. Del anterior, fui despedido injustamente, cuando el encargo de organizar un viaje con clientes a Roma, para asistir a unos partidos de fútbol de un mundial, no produjo un resultado satisfactorio. Dicho sea de otra forma, esos malditos italianos se compincharon para arruinarnos la estancia y, de paso, mi papel de organizador.

En el autobús que nos recogió del aeropuerto, al ponerse en marcha camino del hotel, el guía nos comunicó un problema con las reservas de las habitaciones, y que nos reubicaban. A 200 kilómetros, en un hotel de segunda categoría. Como las desgracias nunca vienen solas, en la autopista, se rompió el aire acondicionado, y tanto mis jefes como los clientes y periodistas empezaron a sudar a mares, sin contención ni dignidad. Es evidente que fue mala suerte y no, como me censuró el director general, culpa de mi dejadez.

A mi mujer la trato con cariño y respeto, excepto ese pequeño problema en recordar fechas y, por qué no decirlo, mi escaso gusto al comprarle un regalo, en un intento de compensar el olvido de un aniversario, cumpleaños, santo y conmemoraciones varias. No era tanto una cuestión de gusto, si no más bien que cuando le compraba unos zapatos marrones, ella hubiera preferido unas sandalias verdes, o si elijo para la ocasión un libro de su autor favorito, esta vez no me equivoco, resulta que ya lo tenía, en edición de lujo, regalado por alguna amiga suya. No es que yo no viviera en ese mundo, como escuchaba con frecuencia, si no que iba un poco desacompasado con el resto.

Pero a quién no le pasan estas cosas. A ver, que levante la mano el que sea perfecto y sus decisiones se cuenten por aciertos, o el que la suerte le acompañe en todo momento.

Desde luego, mis amigos sí me entienden. Bueno, más que mis amigos, la peña de colegas con los que acostumbraba a salir un jueves al mes a tomar unas copas y a hablar de ésta o aquella, ya saben a qué me refiero. Por cierto, no entiendo por qué antes los encuentros tenían lugar todos los jueves, luego en semanas alternas, y ahora se organiza de forma esporádica, casi todos los primeros jueves del mes, que es cuando me llaman para convocarme. Dudo que tenga algo que ver con aquella vez que, en un bar, después de haber ingerido unos pocos gintonics, obsequié con una animada charla a una chica muy simpática –en realidad el conversador era yo, porque ella se limitaba a sonreir; bueno, un poco- hasta que de repente me encontré mal y no pude evitar vomitarle encima. Al minuto me enteré, qué casualidad, que esa chica era la mujer de uno de los colegas, que había salido con unas amigas (no he conseguido enterarme de si se trataba, a su vez, de las esposas del resto de mis amigotes, aunque algunos de ellos no me hablan desde esa noche) seguramente para localizar a su marido y ver en qué consistían esas inocentes salidas de los jueves. Y se hizo una idea. Pero eso no fue culpa mía, y la prueba es que me siguen llamando, aunque últimamente parece haberse interrumpido el ciclo de salidas. Tal vez porque es verano.

Sin embargo, donde estoy seguro de destacar es en el papel de acompañante de mi mujer a algún evento social. Ella es una alta directiva de una ONG, imagínense, trabajando por el prójimo y sin ánimo de lucro, ciencia-ficción hoy en día. Su cargo le obliga a asistir de vez en cuando a cenas o recepciones con personalidades a las que intenta convencer para apoyar una campaña a favor de su organización, y claro, tengo que estar a la altura. Me esfuerzo en ser simpático y dar conversación a todos y tengo la sensación de que se me da bien porque siempre me requieren para hacer compañía a las personas de mayor edad, lógico, los que merecen más respeto y un trato más amable. Claro que también son los que se sientan más apartados, con frecuencia en una sala distante donde, tras charlar un poco entre sí, finalmente se quedan medio dormidos. No por mi conversación, evidentemente. Yo aprovecho ese momento para salir a la sala principal, con el objetivo de repartir mi encanto entre los actores, escritores, políticos y otra fauna. Y normalmente logro entablar conversación con ellos, aunque en una ocasión se me ocurrió comentar un escándalo que fue publicado en un periódico nacional; sí hombre, uno muy famoso en el que unos dineros se vieron desplazados de una cuenta pública a una privada; cómo podía saber que aquella señora era la mujer del titular de la cuenta privada.

En resumen, no me explico la razón por la que mi mujer me dijo que estaba harta y que se iba a Costa Rica –la Suiza de Centroamérica, menudo sitio- como responsable de un macroproyecto de desarrollo. Y que no sólo se iba sin mí, si no que además le acompañaba un tipo que era algo así como el ganador del concurso de Mister Cooperantes. Y que regase las plantas.

Aquello fue demasiado. No sólo era inmerecido, sino que ella parecía disfrutar de su crueldad extrema. Pero a pesar de todo, cuando salió por la puerta con un par de maletas, hice un intento de ayudarla, quizás para tener unos minutos más e intentar convencerla de que se trataba de un malentendido, que era un buen marido, amante, compañero y todo eso. Y entonces ocurrió. Me caí escaleras abajo.

Ahora estoy aquí, en la cama del hospital, sin saber dónde está mi mujer en aquel momento, sin poder regar las plantas, sin contacto con nadie. Y lo que es peor: mañana es primer jueves de mes.

1 comentario:

Mimí dijo...

Muy interesante el relato, además consigue que se persiga con la vista la cadena de desafortunados sucesos.
La verdad, yo tampoco lo entiendo.

Un saludo