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jueves, 29 de abril de 2010

Este mes con la revista "Qué Leer"



La obra Los pelícanos ven el norte, del escritor albaceteño Pablo de Aguilar, ha sido la novela ganadora de la tercera edición del premio literario ‘Volkswagen Qué Leer’, certamen que, organizado por la revista Qué Leer y Volkswagen, otorga al ganador un premio dotado con 10.000 euros y la publicación de su obra. El pasado día 22 tuvo lugar la gala de entrega de los Premios Qué Leer en el recinto de la Estación de Francia de Barcelona. Pablo de Aguilar (1963) destaca por la calidad de sus cuentos y novelas, en los que construye personajes con una gran profundidad. Tras recibir diversos premios literarios, su novela Intersecciones ya fue finalista en el II Premio ‘Volkswagen Qué Leer’.


Blog del autor:
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miércoles, 14 de abril de 2010

Presentación de la novela INTERSECCIONES, de Pablo de Aguilar González


Celebramos la aparición de un nuevo libro en el Desván.
El próximo día 30 de abril, a las 20:00 se presentará en Molina de Segura (Murcia) en la Biblioteca Pública Salvador García Aguilar. Esperamos tu asistencia.
Pablo de Aguilar, además de la feliz noticia de la publicación de esta obra, acaba de ser ganador del Certamen de novela Qué Leer-Volkswagen.
¡¡Enhorabuena!!

miércoles, 7 de abril de 2010

Pablo de Aguilar González, ganador del III Premio de novela Qué Leer Volkswagen



¡¡Es un gran día!!

Pablo de Aguilar González es el ganador de la edición de este año del Premio de novela Qué Leer Voklswagen. Un reconocimiento a su trabajo como escritor.

¡¡¡Enhorabuen, Pablo!!!

Blog del autor: http://echandolecuento.wordpress.com/

La noticia en:

http://www.premioqlvw.es/ya-tenemos-ganador-de-la-iii-edicion/

El jurado del III Premio Volkswagen Qué Leer compuesto por Ángela Becerra, Enrique Murillo, Alberto García y Toni Iturbe, reunido en Barcelona a finales de marzo de 2010, ha acordado que la novela ganadora de esta edición es “Los pelícanos ven el Norte”, que corresponde al autor Pablo de Aguilar González. La novela narra las peripecias de un hombre llamado Hércules, que pese a su heroico nombre es una persona más bien desorientada y agobiada por sus fobias, que se va a Estados Unidos para cruzar el país en coche en busca de un amor de adolescencia que cree que va a convertirse en ese norte que perdió muchos años atrás, o que realmente nunca llegó a encontrar. Viaje, humor, amor, aventuras y desventuras se agitan en esta historia agridulce que discurre entre carreteras, persecuciones y recuerdos.

Los organizadores del premio felicitan no sólo al ganador, sino a todos los participantes, que con su entusiasmo y esfuerzo han generado un montón de historias que han hecho que la página del premio recibiese miles de entradas.

jueves, 9 de julio de 2009

Marcelina, de Pablo de Aguilar, 3º Premio Certamen Canal-Literatura



Marcelina

Pablo de Aguilar González

(3º Premio Certamen Canal-Literatura 2009)

No mide más de uno cincuenta, de formas tan redondeadas que podría resultar atrayente como cojín. Sus manos, gastadas, muestran la rigidez propia de los engranajes oxidados. Y lo que más llama la atención, si se sienta a tu lado en el autobús, es su respiración trabajosa, bronquítica; y su aroma a Heno de Pravia.
En Espinardo, Marcelina ha gastado su vida junto a Ginés, más conocido como el Trapero, el Revueltos o, para los no pocos que le guardaban cierta inquina, el Cuernos. Calumnia, esta última, que hizo más daño a Marcelina que a él mismo, en forma de broncas y palos. Aun sin pruebas, para el Trapero siempre valió más un “por si acaso” que un “quién iba a pensar”.
El Revueltos murió el veinte de noviembre de hace dos años, el mismo día que su admirado Caudillo. Ocurrió en la taberna de Carmelo, ante dos vasos de revuelto vacíos, otros dos llenos, y su amigo y compañero de añoranzas: Yiyo. Le sobrevino de repente, como una flecha certera e invisible, un dolor agudo al costado izquierdo que provocó que Ginés tratara de agarrarse el corazón con su mano izquierda y estirara el brazo derecho intentando asirse al hombro de su camarada.
Fulminante.
En el entierro, Marcelina, Yiyo y Tomás, un gerifalte de Solidaridad Española, observaban cómo introducían el féretro dentro del nicho. Sólo la esposa derramó unas lágrimas, aunque sin derroche. La firmeza de las creencias de Ginés, que murió brazo en alto, despidiéndose de su camarada, se convirtieron a partir de aquel día en el tema de conversación preferido entre humo de tabaco y olor a anís. Tampoco faltaron las chanzas acerca de cómo tuvieron que quebrar varias articulaciones para que aquella extremidad pudiera entrar en el ataúd.
El Trapero dejó una montaña de revistas viejas y un carro en el almacén, una pensión ridícula y unos frascos de mistela en el armario de la cocina.
A la vuelta del cementerio, Marcelina, desorientada por aquella repentina soledad, cogió la botella de aguardiente. Todavía, al hacerlo, le invadía la preocupación de tener que encontrar una excusa para el líquido faltante. Tomó el primer vaso de un trago y, después, al ser consciente de que a partir de entonces no tenía por qué explicar nada, terminó con la botella. Con la poca pena que le zumbaba en el corazón, se acostó achispada, más bien beoda, con una gran sonrisa adornándole los labios.
Por la mañana, percibió el silencio de la casa y cayó en la cuenta de que, desde la muerte de Ginés, exceptuando el “Cara al sol” de sus amigos en el cementerio, todo había sido silencio. Silencio reconfortante y sin reproches. En vida del Trapero, el silencio solía ocultar cierto peligro… Marcelina es consciente de que lleva dos días pensando, sin abrir la boca. Sonríe, abre el armario prohibido del rey de la casa, extrae otra botella de mistela y llena un vaso hasta el borde, que se echa al gañote de un trago después de haber brindado al cielo a la salud de su difunto. Contradicción ésta que le provoca una sonora carcajada.
Ahora, puede pensar sobre lo que le parezca…
Tres días y cinco borracheras después, por fin se decidió a bajar al viejo almacén del Trapero. Un lugar casi desconocido para ella, misterioso, tan prohibido como la manzana lo fue para Eva. Ginés, tan celoso para sus asuntos, nunca dejó que nadie se adentrara en el taller más allá de las dos sillas de anea que disponía en la entrada, junto a una garrafa de aguardiente que se vaciaba entre antiguos camaradas y añoranzas de tiempos pasados. Pero ni siquiera los viejos camisas azules traspasaron jamás aquella montaña de papeles antiguos.
No es que Marcelina pretendiera disfrutar de más sitio. Sin embargo, bien podría sacar unos céntimos de todo aquel papel y alquilar el almacén como cochera. Una ayuda así no vendría mal.
El trabajo comenzó con las revistas; después, los cartones y, por último, montones de periódicos preconstitucionales. Por fin, cuando todo aquel papel se limitaba a unos cuantos ejemplares de “El Alcázar” y “¡Arriba!”, extrañamente bien conservados, Marcelina sintió que un escalofrío de temor le recorría la médula espinal. Tocar esos diarios bien podría provocar que su difunto se revolviera en la tumba. Aquéllos habían sido los idearios del Trapero; guardados con devoción religiosa, bien apilados sobre una plataforma de madera para evitarles la humedad. Tratar aquellos periódicos sin el debido respeto equivalía (bien consciente era de ello la viuda) a retorcerle los testículos a Ginés hasta reventárselos.
Tras un leve titubeo y una sonrisa maliciosa, desafiando las leyes de la gravedad que rigen para las personas de cierta edad, se encaramó a la plataforma y taconeó el tango al que el trapero nunca quiso invitarla a bailar. Y fueron tan fogosos los pasos de baile, que el nudo corredizo de una cuerda que sujetaba la plataforma a una viga no pudo resistir y se desató. Los tablones comenzaron a inclinarse sobre uno de sus extremos, sujetos por unas bisagras ocultas, y Marcelina deslizó sus nalgas, como si de un tobogán se tratara, hasta terminar sentada en el suelo observando con la boca abierta lo que aquel mecanismo había dejado al descubierto.
En realidad, se trataba de una portezuela que ocultaba el acceso a un pequeño sótano. Los periódicos continuaban perfectamente distribuidos sobre los tablones ahora inclinados y una escalera oscura se asomaba al hueco que quedó al descubierto.
La viuda, extrañada, enseguida sintió curiosidad por aquello que su marido había ocultado durante tantos años en la zona prohibida del almacén. Corrió escaleras arriba, en busca de una linterna. Abrió el cajón, comprobó que las pilas disponían de carga, se echó otro trago al gañote; y volvió abajo, con la emoción agitándole el pulso y el aguardiente calentándole el ánimo.
Una vez dentro, no tardó en descubrir un interruptor que hizo inútil la linterna (no así el trago). Una bombilla iluminó la estancia; se trataba de una habitación pulcra, con estanterías que cubrían las tres paredes que rodeaban la entrada. En medio, un taburete invitaba a descansar como lo hacen en los museos para observar las obras de arte que cuelgan de los muros. Sobre las lejas, se distribuían unos cofres y, bajo cada uno de ellos, un letrero que los databa. Se agachó a observar el más antiguo. La etiqueta indicaba un par de años antes de su boda, antes de que Ginés y ella se comprometieran; además, un nombre: Luis.
En un primer momento, aquel nombre no le dijo nada y siguió estantes arriba, comprobando fechas y referencias. El tercero coincidía con la fecha de sus nupcias y el nombre (tío Lucrecio) sí que le recordó a alguien a quien había olvidado tiempo atrás: el lenguaraz hermano de su madre. Aquel al que llamaban “el Mero” porque por la boca muere el pez y él siempre se buscaba disgustos por no saberla mantener cerrada.
La viuda se preguntó qué relación tendría la fecha de su boda con el tío Lucrecio y, poco a poco, algunos recuerdos fueron desperezándose en su cabeza; en seguida, aparecieron dentro de ella el hermano de su madre, tres botellas de aguardiente, las risas de su tío acerca de la difícil belleza de la novia y algunos comentarios obscenos sobre los motivos de aquella boda. De pronto, recuerda a Ginés apretando los labios, secándole las lágrimas y llevándola a casa. No se volvió a ver al tío Lucrecio y nadie lo echó de menos.
Al regresar del pasado, Marcelina decidió desentrañar el misterio que guardaba aquel cofre y, ralentizada por el miedo, abrió la tapa. Apareció un papel amarillento que descansaba sobre un trapo de fieltro azul. Lo tomó con cuidado y leyó:
“Ese conocido como el Mero por no saber cerrar la boca, hoy ha cometido el gran error de deshonrar a mi queridísima esposa…”.
Marcelina se detuvo a enjugarse las lágrimas, que le brotaban de los ojos al conocer la tierna reacción de su marido. Después, pudo terminar la última frase:
“… Ningún español de raza puede permitir algo semejante. Por tal causa, aquí yace. ¡Viva el caudillo! ¡Arriba España!”.
La boca de la viuda se resistía a cerrarse. Sus manos, llevadas por una fuerza invisible que ella no podía contener, se dirigieron a apartar el fieltro añil y, una vez despejado el contenido, los dedos se posaron veloces sobre los labios para evitar sin éxito un grito ahogado: una calavera le sonreía macabramente desde el interior.
Los temblores apenas la dejaban respirar; no obstante, era incapaz de apartar la vista del resto de los cofres. Entonces recordó a Luis, aquel que se pavoneaba en la taberna mintiendo sobre sus conquistas. El que aseguraba que había desflorado a Marcelina una primavera entre los naranjos de Tomás García y que, poco después, desapareció sin desmentir tal falacia.
Dentro del cofre, otra nota y otro fieltro:
“Luis, el de los Antonios, ha injuriado la honra de la que, aunque ella no lo sepa, será mi mujer. Ningún español de raza puede permitir algo así. Por tal causa, aquí yace ¡Viva Franco! ¡Arriba España!”.
Marcelina apretó el papel contra su redondo y voluminoso pecho y volvió a secarse las lágrimas. Perdió la noción del tiempo y no salió de aquel sótano hasta que hubo descubierto, una por una, las treinta y dos calaveras sonrientes y leído sus respectivas explicaciones.
Contra lo que se podía pensar, sólo dos de ellos (Vicente y un tal Agustín) fueron ajusticiados por rojos en exceso. Entre el resto, se podían contar diez morosos, un conductor de autobús que siempre se retrasaba, un carretero que blasfemaba en demasía incluso para su oficio, una pareja de guardias civiles que se negaron a arrestar por falta de pruebas al violador de la pequeña de los Canos, y el violador de la pequeña de los Canos. El pecado de los quince restantes fue faltarle al respeto a Marcelina.
Salió del sótano cuando la oscuridad de la noche ya había invadido todo el local. La viuda, no tan aterrorizada por lo que acababa de ver como conmovida por el amor callado del que había sido objeto, regresó a la cocina a repasar de nuevo, frente a la botella de mistela, las quince notas en las que Ginés declaraba su cariño; tan grande como el que tuvo para su patria y su caudillo. Así permaneció hasta el amanecer, releyendo una y otra vez mientras acababa con el aguardiente. Hasta que la borrachera y el sueño la vencieron, y su cabeza se desplomó encima de los pliegos desperdigados sobre el hule de cuadros azules y blancos.
Al despertar, irguió la cabeza; todavía mareada, despegó un papel amarillento adherido a su frente; y volvió a fijar la vista en aquellas quince cuartillas. Esperó a ser capaz de incorporarse de la silla, se despejó arrojándose abundante agua fría sobre la cara, y bajó de nuevo al sótano; esta vez con paso firme y decidido. Colocó cada una de las notas dentro de su cofre, apagó la luz, volvió a dejar la plataforma de madera como la había encontrado y, por fin, permaneció unos instantes leyendo los titulares de los periódicos del expositor.
Decidió que eran otros tiempos: sacó tres billetes del bote de las alubias, los enfundó en su escote y se dirigió al quiosco de la calle Mayor. Allí compró todas las revistas que fue capaz de pagar con sus escasos ahorros; con todo aquel papel multicolor bajo el brazo volvió a la vieja trapería a actualizar la plataforma.

Hoy, Marcelina, de vez en cuando, peina sus rizos violetas, se lava con “Heno de Pravia”, y toma el autobús 44. Un par de veces ha llegado hasta Nonduermas, donde, según ella, fabrican los cofres más duraderos.
En ocasiones, si alguien se obstina en mantener un comportamiento inadecuado, un halo de misterio circunda su oronda sonrisa encarnada y comenta: “Creo que mañana tomaré el 44”.

miércoles, 28 de enero de 2009

Jack Forlan


Jack Forlan

Pablo de Aguilar González

(Mención Especial Certamen Andrómeda de Ficción Especulativa 2008)


Jack Forlan, el ingeniero de sistemas, se prepara para una inmersión entre las sábanas halógenas de luz oscura, su última adquisición. Soñó con ellas desde que la Corporación Interplanetaria de Marketing, la CIM, envió la promoción del mes directamente a su puerto cerebral, hace de eso, ahora, más de tres estaciones. Para la noche del estreno de su último capricho, elige un colchón dureza media, con una fuerza gravitacional de 0,85 Tierra. Quiere sentirse liviano, no tener que soportar el peso de sus huesos; pero, a su vez, no le agrada la sensación de flotar mientras duerme: 0,85g estará bien.
Jack abre el puerto a las ondas provenientes del procesador de sabores olores y texturas (otra adquisición del catálogo mensual) , dirige las pupilas hacia el icono del café con leche; mueve un poco las pestañas: es un gesto reflejo, que no puede evitar, cuando fuerza a su mente a confirmar la elección. Después, al azúcar: cuatro pestañeos. Y termina casi con un guiño.


Puedes ser leyendo el relato en: http://www.tallerliterario.net/jack-forlan.htm

domingo, 21 de diciembre de 2008

Negociaciones

Pablo de Aguilar González

Finalista Certamen Microrrelatos C.C. LOS MOLINOS‏

La crisis consigue que los políticos se muevan. Por fin han comenzado las conversaciones. La negociación promete ser dura. Cada delegado toma asiento; todos los analistas coinciden en que es prácticamente imposible que lleguen a un acuerdo sobre cuándo comenzar las conversaciones.