Mostrando entradas con la etiqueta _María José Gancedo_. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta _María José Gancedo_. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tras la muerte, Poesía; de María José Gancedo Baranda





Tras la muerte, poesía es el primer poemario que publica María José Gancedo Baranda.




Para pedir un ejemplar, puedes contactar con la autora en este correo:




miércoles, 15 de julio de 2009

La luna emperlada, de María José Gancedo, finalista del Certamen Canal-Literatura 2009 y Premio del Público

La luna emperlada
María José Gancedo Baranda
(Premio Votación del Público y finalista del Certamen Canal-Literatura 2009)
La tienda de antigüedades era una de tantas en aquel laberinto de seis mil espacios de colores, olores y voces que componían el Gran Bazar de Estambul. Me llamó especialmente la atención que fuera tan minúscula y con un escaparate tan heterogéneo, en el que se veía desde una espada del imperio otomano y una jofaina de Limoges hasta un revoltillo de pendientes desordenados y desparejos. Entré en el pequeño comercio, hipnotizada ante la imagen de esa perfecta concatenación de veintiuna esferas de diferentes colores y formas. Nunca antes había contemplado nada semejante. Tampoco entendía cómo nunca nadie se había fijado antes en la maravillosa gargantilla que el caótico escaparate exhibía.
En aquel cuchitril, el oscuro vendedor me ofreció un té que murió frío en un estante mientras el collar me hechizaba más y más. Las sensaciones que sentía ante la belleza y la majestuosidad de las perlas eran similares a las de compartir un atardecer con la persona amada. Yacían tristes, muy tristes; pero aún vivas sobre el polvoriento expositor de terciopelo verde, observándome, como si me conocieran de toda la vida.
En esos momentos me invadió una profunda soledad; me reconocía sola, muy sola, tan sola como cada una de esas perlas dentro de sus conchas, a la vez que las luces irisadas que desprendían me completaban hasta llegar a sentir que no podría ya vivir sin tenerlas cerca, como si fueran para mi un talismán erótico el distintivo y homenaje a mi feminidad. Pequeña y a la vez inmensa; así me percibía ante aquel adorno; única y deseable como la perla negra. Oleadas de variadas emociones acudían en masa sobre mi interior ante esa obra grandiosa de la paciente naturaleza; pero… había algo más, me lo comunicaba mi intuición y sobre todo un salvaje apremio por poseerla. Invertí gran parte de mis ahorros en el reencuentro con mi origen lunar, con la mujer de los ciclos, con la valiente buceadora de simas, con la maga de las luces y la bruja de las sombras. Las veintiuna esferitas estaban extenuadas tras el largo tiempo de parálisis; ellas, tan acostumbradas al contacto del agua, al sabor de las algas, al masaje de las olas, al canto de las sirenas… Mientras, el vendedor del color del chocolate me miraba con sus ojos gigantes, aspaventados, con no poca sorpresa. Tuve la sensación de que parte de su asombro procedía de mi poco interés por flirtear con el precio. A la vez, tenía la percepción de que él me quería avisar de algo, aunque su inglés, parco en vocabulario y con un acento extraño, dejaba mucho que desear. Había algo importante que debía saber; pero nada interesante surgía de la limitada conversación; él estaba más ocupado en mi tarjeta de crédito que en perder el tiempo en explicaciones.
Me extrañó que para sacarlas del musgo polvoriento del expositor utilizara unos guantes de lana color canela hervida, que en su día podrían haber sido blancos. Me las entregó como si le quemaran; parecía que le asustasen las inocentes perlas. No le di al mercader ninguna posibilidad de aprisionarlas en una caja; las acogí como se recibe a un recién nacido. La cuna de mis manos las abarcó solemnemente y una corriente de energía recorrió mi cuerpo de los pies a la cabeza; sabía lo que eso significaba. Estuve acariciándolas sin tiempo hasta que se sumieron en un profundo sueño y las dejé invernar en un saquito de seda lila. A mi regreso a España; una vez en casa las deposité dentro del vientre de la drusa de amatista, no sin antes regocijarme en una detenida y concienzuda observación; como para no olvidar ningún detalle de mi tesoro.
Las perlas se repartían en series de cinco e iban desde el blanco virginal, pasando por el lechoso, hasta llegar a adquirir un bello tono achampanado. Se rodeaban las blancas de cinco bellezas redondas que se derramaban en tonalidades anaranjadas, rosáceas y rojas; tan rojas como el interior de la granada o el granate brillante de la berenjena; las verdes y azuladas me recordaron las aguas frías y generosas de la Isla Esmeralda; impregnada en sus tonos de océano y cielo toda la memoria de las profundidades de la Polinesia francesa; éstas enmarcaban el lateral de las blancas y sobre las rojizas se asentaban las grisáceas, de un color plomizo parecido al gris macilento de las tardes invernales de tormenta en alta mar. Y en el centro, la que hacía el número mágico, la veintiuna: una perla negra de Tahití, perfecta en su tallado, redonda como una canica; sus reflejos iridiscentes semejaban alas de libélulas salpicadas de gotas atravesadas por los rayos del sol del mediodía. Todas desiguales, destilaban los mismos tonos con los que yo concebía la vida; algunas parecían frutos y otras parecían capullos, incluso había una verde como un guisante y otra enlutada con forma de lágrima. La variedad de tallados y de destellos era un auténtico espectáculo para los sentidos y hacían del collar un ejemplar único e irrepetible. Se cerraba la gargantilla en el extremo opuesto a la perla del color del ébano, con un broche de turquesa verde egipcia y oro blanco; hebras del mismo metal enhebraban las nacaradas semillas de las ostras.
Y pasaban los días, el sol, las lluvias, y las fases de la luna. Mientras, las perlas dormitaban en la serenidad del cuarzo morado.
Una madrugada, como tantas otras; dejé caer mi mirada a modo de buenas noches sobre el cristal púrpura y… observé que lloraba, que el collar de canicas de nácar no estaba; en ese instante, se esfumó el sueño. No podía haber sido nadie; vivía sola, no recibía apenas visitas y a ninguna invitaba a traspasar mi templo. Ante lo inexplicable de la situación, me senté a meditar frente al gran ventanal desde el que veía la luna, que a esas horas brillaba en todo su esplendor. Entorné los ojos, me focalicé en el gigantesco medallón de plata que iluminaba la noche y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que a modo de alzacuellos lucía la luna mi preciada alhaja. Durante un tiempo incontable me sentí paralizada ante la curiosa visión; no podía creerlo, incluso, llegué a percibir (o al menos así lo creí), que la luna me sonreía de una forma muy particular, como cuando encuentras a tu mejor amiga del brazo del chico que te gusta.
Me intrigaba qué pasaría con las perlas. En breve lo descubriría, ya que en el momento que el astro comenzara a menguar… Me asusté de mis propios y extraviados pensamientos… ¿Cómo podía ser tan surrealista de llegar a creer que un satélite pudiera haberme robado mi tesoro y además tuviera la cara dura de usarlo delante de todo del mundo? Cientos de preguntas aparecían en tropel, unas exigiendo justicia, otras invalidando mi cordura. ¿Cómo pudo la reina del inconsciente y de las emociones atravesar mi ventana y, sin darme ni cuenta, usurparme mi talismán?
Esa primera noche, en mis sueños me sentí invadida por premonitorias señales; aparecía desnuda y bella, y como único vestido: el collar. Exuberantes, en todo nuestro esplendor, las perlas rodeaban mi cuello, con la misma suavidad que el roce de los labios de un apasionado amante. Alrededor de mi cuerpo iba surgiendo un halo de luces arco iris, humanamente inexplicable; me veía viajando a través de inmensas montañas en las que se perfilaban, labrados sobre las piedras graníticas, esculturales falos que penetraban en la tierra, sin afán de dominio, en auténtica búsqueda de comunión con la naturaleza. Transcurrían las noches, descifrando incógnitas, desvelándoseme jeroglíficos, las más profundas dudas humanas y divinas que jamás alcanzara a plantearme. Y… la luna cedía sin lucha ante sus propias cambios, sin resistirse, aceptando los diferentes ritmos de plenitud y silencios. Así fue como aprendí de los míos propios, ella me invitaba a la soledad, a la escucha interna; escribía como una posesa y sin vergüenza lloraba y reía; sin perder de vista la luna emperlada.
Me consolaba disfrutando del curioso espectáculo, de lo bella que estaba con mis perlas, y me oscurecía cuando la deseaba que muriera en su negrura, con el riesgo que ello podría suponer para mi reliquia. A veces sentía rabia, envidia e impotencia. Salía de noche a la calle y preguntaba a la gente, como si estuviera haciendo una estadística para el manicomio, si podían observar el halo que rodeaba al decadente cuerpo celeste, y nadie llegaba a contestarme con firmeza. Me miraban, unos con desprecio; otros con pena, e incluso hubo quien me dio algo de dinero para que visitara al oculista. Se había juntado el sentimiento de verme estafada por mi fiel amiga, incondicional de mis fluidos y reina de mis mareas, y la chulería con la que se paseaba ante todo el universo y ante mi persona. Lo más frustrante, si cabe, era el sentimiento de haberle confiado mis más intrincados secretos y ver como ella, la luminaria nocturna, mi confesora particular, se exhibía así de descarada con mis perlas. La observaba con cierta obsesión, de día cuando se dejaba ver; en la noche oscura cuando ejercía de lámpara de la tierra. La admiraba y la amaba. Y ahí fue cuando decidí subir a la montaña y ponerme frente a ella. Tenía miedo, sí, lo reconozco; había jabalíes, culebras, escorpiones y no sé cuantos más bichos que provocaban en mi un pánico atroz; pero sobre todo había soledad, una creciente, deseada y odiada soledad, de vérmelas por fin a solas con ella, conmigo misma y saber de una vez por todas quién era yo en realidad. A fin de cuentas, el collar, la luna y todos los misterios se reducían al miedo de sentirme vulnerable y sola.
Subí en el funicular y después anduve cerca de dos horas adentrándome en el bosque de pinos. Ascendí hasta el pico más alto, en un collado en donde busqué refugio en un observatorio abandonado. A pesar de ser verano, iba abrigada, la brisa del mar se quedó atrás y el viento de poniente se me echaba encima de forma cada vez más virulenta. La vi salir, con profunda emoción y respeto, la saludé y sentí que ella me sonreía, serena y segura de saberse en su lugar. La respiré hasta llenarme de su inocencia; llegó un momento en que me dolía el cuello y me recosté sin perderla de vista. Desde esa posición parecía como si las perlas fueran aún más bellas. Me convertí en el sueño de ella misma; en sus tres fases, siendo Artemisa, la diosa valiente y certera, poseedora de un arco en forma de la luna nueva; me expandí en Selene, amplia, madura y rebosante de vida; y cayeron sobre mí las tinieblas de la muerte en forma de Hécate. Me sentí Cleopatra, Madame Pompadour y llegué a ser en los sueños la Reina de Saba. Me paseé en una carroza de plata, guiada por siete hermosos caballos blancos y me desperté con la suave caricia de los primeros rayos de sol. Al oeste se despedía la luna satisfecha de su trabajo; en mí, la libertad de saber que era capaz de cualquier cosa que me propusiera y, rodeando mi cuello, el collar se regocijaba del encuentro.

martes, 3 de febrero de 2009

¿Dónde vive Dios?




¿Dónde vive Dios?

María José Gancedo


Me preguntas por Dios, y sólo te puedo contar lo que sé: a lo largo de la historia, hemos ido creando ídolos; en un principio se adoró al sol, se forjó sobre él la creencia de ser dador de vida y mantenedor de las cosechas; siendo, tan solo una pequeña estrella de nuestra galaxia. Más tarde, con la evolución del ser humano se creó un nuevo Dios, se le llamó dinero; y este Dios dinero se apoderó de los corazones de los hombres, de sus mentes, de sus cuerpos, de sus acciones, de sus vidas..., hasta llegar a este momento sagrado en el cual el Señor más poderoso de la Tierra: "Don Dinero", venerado, temido, reverenciado como nunca antes, se cae del trono en el que se encaramó de mano de seres ambiciosos e interesados en manipular al resto de la población, generando pánico ante crisis inexistentes, aprovechándose de la ignorancia, del desconocimiento de dónde reside el verdadero Dios. Ahora, sé que Dios habita en nuestros cuerpo.

lunes, 26 de enero de 2009

El desierto de las almas silentes





El desierto de las almas silentes

María José Gancedo




Son las 12h de un Nuevo Año y hoy no escucho el Concierto de Viena. En el desierto de las almas silentes no cabe la televisión. El arrullo de pájaros desconocidos, generosos, solícitos con mi quietud y pendientes a mis pedidos, se entregan impecables en sus trinos; regalándose más allá de mis humanos oídos pues me calan hasta el alma, ahí, donde la vida late, convertida en día. Mientras, el sol, que es el sol de hoy, del mañana y de los tiempos remotos, se empeña en recobrar el verano y sus tenues rayos convertidos sobre mi piel en caricias me traspasan el abrigo, como buscando cobijo entre las luces del inicio. Observo a la Naturaleza con ojos de niña, y ella se esponja, confiada en mi mirada, perpetuando su recorrido por los ciclos; llena de humildad, se deja rizar por potentes espirales invisibles que me envuelven en un advenedizo, sutil contacto, que pace, tranquilo, en mi corporeidad. Y la recoleta hiedra perenne se encarga de abrazar la fuerza ingente que aflora desde mi aspiración a poeta. Osada intención, y más cuando una araña teje paciente e impasible, con trazos y líneas perfectas, un arco iris de caos ordenado y enmarañado por la libertad que le da no saberse araña; de crear su obra sin aspirar a ningún tipo de reconocimiento o premio, ni siquiera sabe que su malla de encaje es el puente que cede el paso a la luz del astro rey hasta mis nuevos ojos.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La vida de Don Juan



María José Gancedo Baranda


Una insaciable, constante búsqueda de reconocimiento por parte de la madre; esa es la vida de un Don Juan: un maratón, una carrera contra el tiempo en pos del objeto deseado; para, una vez poseído, desecharlo, colocarse la medalla en un lugar visible y muy ufano alardear ante otros machos de sus escarceos. Quizás el mayor gozo se lo provoque el recordatorio del rito, el relatar los entresijos más íntimos de sus buenas dotes como amante y que él se regocija de la provocación entre sus congéneres; ese regustillo a “ahora que sabéis lo seductor que soy..., podría ir un poco más allá e incluso poder guiaros a un estado al que yo solo accedo y conozco”. Y es que, en el fondo, probablemente no sea más que un pequeño niño malherido, con carencias emocionales, no amamantado el tiempo suficiente, o escaso a la hora de haber recibido los cuidados y atenciones que de pequeño requería.

Aspira a ser importante y se queda en el intento; utiliza para ello, además de la labia, la fuerza primigenia, la dinamizadora de vida; la energía del sexo, de la cual procedemos, la más potente, la de dar vida, equiparable en poder a la muerte. Tal vez sienta que no merece vivir y es por eso que cuando seduce —o mejor dicho juega al arte de seducir— se acerca al vértigo del abismo y desde ahí recorre las fantasías de volver a introducirse en el único lugar seguro que conoció; anhela penetrar el cuerpo donante de vida y..., al hacerse imposible el milagro, se va al otro extremo, al frío enquistado tras la falsa calidez de la vanidad. Desde ahí: acosa a su presa.

De la búsqueda de su supremo poder, el falo —del cual, por supuesto, también duda—, le persigue la irrefrenable vehemencia de sentirse importante frente al sueño añorado de la amada. Amada a la cual, casi seguro, no ama; ya que desconoce lo que es amar, pues amar en su vocabulario significa abandono, dolor y vulnerabilidad. El hecho de conquistar no le involucra en el compromiso de amar, y antes de que se descubra su miedo a ser amado, huye despavorido a la caza de una nueva pieza, con quien poder demostrarse que es capaz de ser importante, atractivo e interesante para alguien. Cuando él consiga sus propósitos, mostrar sus credenciales al Imperio Falocrático y salir indemne de sus engaños, le dirá: “si te he visto, ni me acuerdo, y como mi corazón está duro..., pues... esa ventaja que tengo, ya que no me duele que te pueda afectar el desamor posterior al gozo de sentir que eres mía ni que estés a mi disposición entregada al hombre más maravilloso del mundo, con el que cualquier mujer soñaría”...

Al no saber amar, se aísla, se independiza de su parte divina y aflora el traidor más grande: el ego, el que le empuja a saltar al precipicio, donde se refugia bajo unas reglas de apegos, dependencias y cambalaches; las mismas que regirán su vida a partir de ver los resultados ante el éxito estrepitosamente fracasado de un amor confundido por éxtasis momentáneo, que en ocasiones no pasa de una mera canción gastada de embelesar con palabras; palabras que suenan a chufla y a pringue de merengue.

Su vida se acoge al único sentido que conoce, por ser él mismo de su persona, un completo desconocido. Esa dirección de vida basado en la conquista se convierte en lucha, en donde no puede más que ganar, ya que lo contrario revelaría su frustración de no haberse sentido amado, ni único, ni especial de verdad para la mujer más importante de su vida, la que le mantuvo al calor durante 9 meses y más tarde se olvidó de él, porque era pecado el poderla poseer. Y es por eso que Don Juan prefiere no traicionar el amor a Dios, ni el amor profesado a la madre que le parió y..., agazapado, lleva a cuestas toda una venganza de años edípicos. Trata de poseer por otros medios lo que siempre le fue inalcanzable, el amor de la madre. Ajena ella a sus caprichos, le engalana con palabras y virtudes que ni él mismo se cree y al final termina, de tan manipulado..., castrado, y al saberse castrado y para que los demás no se aperciban de su limitación..., pues... castra él de antemano.

Don Juan, estafador de emociones, vendedor de sentimientos, mentiroso sin vergüenza, embaucador como pocos, traficante de las necesidades humanas; recluta un arsenal de tácticas sensoriales para atrapar entre sus redes a la víctima propiciatoria, necesitada de halagos e insegura, tan insegura como su verdugo.