miércoles, 15 de julio de 2009

La luna emperlada, de María José Gancedo, finalista del Certamen Canal-Literatura 2009 y Premio del Público

La luna emperlada
María José Gancedo Baranda
(Premio Votación del Público y finalista del Certamen Canal-Literatura 2009)
La tienda de antigüedades era una de tantas en aquel laberinto de seis mil espacios de colores, olores y voces que componían el Gran Bazar de Estambul. Me llamó especialmente la atención que fuera tan minúscula y con un escaparate tan heterogéneo, en el que se veía desde una espada del imperio otomano y una jofaina de Limoges hasta un revoltillo de pendientes desordenados y desparejos. Entré en el pequeño comercio, hipnotizada ante la imagen de esa perfecta concatenación de veintiuna esferas de diferentes colores y formas. Nunca antes había contemplado nada semejante. Tampoco entendía cómo nunca nadie se había fijado antes en la maravillosa gargantilla que el caótico escaparate exhibía.
En aquel cuchitril, el oscuro vendedor me ofreció un té que murió frío en un estante mientras el collar me hechizaba más y más. Las sensaciones que sentía ante la belleza y la majestuosidad de las perlas eran similares a las de compartir un atardecer con la persona amada. Yacían tristes, muy tristes; pero aún vivas sobre el polvoriento expositor de terciopelo verde, observándome, como si me conocieran de toda la vida.
En esos momentos me invadió una profunda soledad; me reconocía sola, muy sola, tan sola como cada una de esas perlas dentro de sus conchas, a la vez que las luces irisadas que desprendían me completaban hasta llegar a sentir que no podría ya vivir sin tenerlas cerca, como si fueran para mi un talismán erótico el distintivo y homenaje a mi feminidad. Pequeña y a la vez inmensa; así me percibía ante aquel adorno; única y deseable como la perla negra. Oleadas de variadas emociones acudían en masa sobre mi interior ante esa obra grandiosa de la paciente naturaleza; pero… había algo más, me lo comunicaba mi intuición y sobre todo un salvaje apremio por poseerla. Invertí gran parte de mis ahorros en el reencuentro con mi origen lunar, con la mujer de los ciclos, con la valiente buceadora de simas, con la maga de las luces y la bruja de las sombras. Las veintiuna esferitas estaban extenuadas tras el largo tiempo de parálisis; ellas, tan acostumbradas al contacto del agua, al sabor de las algas, al masaje de las olas, al canto de las sirenas… Mientras, el vendedor del color del chocolate me miraba con sus ojos gigantes, aspaventados, con no poca sorpresa. Tuve la sensación de que parte de su asombro procedía de mi poco interés por flirtear con el precio. A la vez, tenía la percepción de que él me quería avisar de algo, aunque su inglés, parco en vocabulario y con un acento extraño, dejaba mucho que desear. Había algo importante que debía saber; pero nada interesante surgía de la limitada conversación; él estaba más ocupado en mi tarjeta de crédito que en perder el tiempo en explicaciones.
Me extrañó que para sacarlas del musgo polvoriento del expositor utilizara unos guantes de lana color canela hervida, que en su día podrían haber sido blancos. Me las entregó como si le quemaran; parecía que le asustasen las inocentes perlas. No le di al mercader ninguna posibilidad de aprisionarlas en una caja; las acogí como se recibe a un recién nacido. La cuna de mis manos las abarcó solemnemente y una corriente de energía recorrió mi cuerpo de los pies a la cabeza; sabía lo que eso significaba. Estuve acariciándolas sin tiempo hasta que se sumieron en un profundo sueño y las dejé invernar en un saquito de seda lila. A mi regreso a España; una vez en casa las deposité dentro del vientre de la drusa de amatista, no sin antes regocijarme en una detenida y concienzuda observación; como para no olvidar ningún detalle de mi tesoro.
Las perlas se repartían en series de cinco e iban desde el blanco virginal, pasando por el lechoso, hasta llegar a adquirir un bello tono achampanado. Se rodeaban las blancas de cinco bellezas redondas que se derramaban en tonalidades anaranjadas, rosáceas y rojas; tan rojas como el interior de la granada o el granate brillante de la berenjena; las verdes y azuladas me recordaron las aguas frías y generosas de la Isla Esmeralda; impregnada en sus tonos de océano y cielo toda la memoria de las profundidades de la Polinesia francesa; éstas enmarcaban el lateral de las blancas y sobre las rojizas se asentaban las grisáceas, de un color plomizo parecido al gris macilento de las tardes invernales de tormenta en alta mar. Y en el centro, la que hacía el número mágico, la veintiuna: una perla negra de Tahití, perfecta en su tallado, redonda como una canica; sus reflejos iridiscentes semejaban alas de libélulas salpicadas de gotas atravesadas por los rayos del sol del mediodía. Todas desiguales, destilaban los mismos tonos con los que yo concebía la vida; algunas parecían frutos y otras parecían capullos, incluso había una verde como un guisante y otra enlutada con forma de lágrima. La variedad de tallados y de destellos era un auténtico espectáculo para los sentidos y hacían del collar un ejemplar único e irrepetible. Se cerraba la gargantilla en el extremo opuesto a la perla del color del ébano, con un broche de turquesa verde egipcia y oro blanco; hebras del mismo metal enhebraban las nacaradas semillas de las ostras.
Y pasaban los días, el sol, las lluvias, y las fases de la luna. Mientras, las perlas dormitaban en la serenidad del cuarzo morado.
Una madrugada, como tantas otras; dejé caer mi mirada a modo de buenas noches sobre el cristal púrpura y… observé que lloraba, que el collar de canicas de nácar no estaba; en ese instante, se esfumó el sueño. No podía haber sido nadie; vivía sola, no recibía apenas visitas y a ninguna invitaba a traspasar mi templo. Ante lo inexplicable de la situación, me senté a meditar frente al gran ventanal desde el que veía la luna, que a esas horas brillaba en todo su esplendor. Entorné los ojos, me focalicé en el gigantesco medallón de plata que iluminaba la noche y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que a modo de alzacuellos lucía la luna mi preciada alhaja. Durante un tiempo incontable me sentí paralizada ante la curiosa visión; no podía creerlo, incluso, llegué a percibir (o al menos así lo creí), que la luna me sonreía de una forma muy particular, como cuando encuentras a tu mejor amiga del brazo del chico que te gusta.
Me intrigaba qué pasaría con las perlas. En breve lo descubriría, ya que en el momento que el astro comenzara a menguar… Me asusté de mis propios y extraviados pensamientos… ¿Cómo podía ser tan surrealista de llegar a creer que un satélite pudiera haberme robado mi tesoro y además tuviera la cara dura de usarlo delante de todo del mundo? Cientos de preguntas aparecían en tropel, unas exigiendo justicia, otras invalidando mi cordura. ¿Cómo pudo la reina del inconsciente y de las emociones atravesar mi ventana y, sin darme ni cuenta, usurparme mi talismán?
Esa primera noche, en mis sueños me sentí invadida por premonitorias señales; aparecía desnuda y bella, y como único vestido: el collar. Exuberantes, en todo nuestro esplendor, las perlas rodeaban mi cuello, con la misma suavidad que el roce de los labios de un apasionado amante. Alrededor de mi cuerpo iba surgiendo un halo de luces arco iris, humanamente inexplicable; me veía viajando a través de inmensas montañas en las que se perfilaban, labrados sobre las piedras graníticas, esculturales falos que penetraban en la tierra, sin afán de dominio, en auténtica búsqueda de comunión con la naturaleza. Transcurrían las noches, descifrando incógnitas, desvelándoseme jeroglíficos, las más profundas dudas humanas y divinas que jamás alcanzara a plantearme. Y… la luna cedía sin lucha ante sus propias cambios, sin resistirse, aceptando los diferentes ritmos de plenitud y silencios. Así fue como aprendí de los míos propios, ella me invitaba a la soledad, a la escucha interna; escribía como una posesa y sin vergüenza lloraba y reía; sin perder de vista la luna emperlada.
Me consolaba disfrutando del curioso espectáculo, de lo bella que estaba con mis perlas, y me oscurecía cuando la deseaba que muriera en su negrura, con el riesgo que ello podría suponer para mi reliquia. A veces sentía rabia, envidia e impotencia. Salía de noche a la calle y preguntaba a la gente, como si estuviera haciendo una estadística para el manicomio, si podían observar el halo que rodeaba al decadente cuerpo celeste, y nadie llegaba a contestarme con firmeza. Me miraban, unos con desprecio; otros con pena, e incluso hubo quien me dio algo de dinero para que visitara al oculista. Se había juntado el sentimiento de verme estafada por mi fiel amiga, incondicional de mis fluidos y reina de mis mareas, y la chulería con la que se paseaba ante todo el universo y ante mi persona. Lo más frustrante, si cabe, era el sentimiento de haberle confiado mis más intrincados secretos y ver como ella, la luminaria nocturna, mi confesora particular, se exhibía así de descarada con mis perlas. La observaba con cierta obsesión, de día cuando se dejaba ver; en la noche oscura cuando ejercía de lámpara de la tierra. La admiraba y la amaba. Y ahí fue cuando decidí subir a la montaña y ponerme frente a ella. Tenía miedo, sí, lo reconozco; había jabalíes, culebras, escorpiones y no sé cuantos más bichos que provocaban en mi un pánico atroz; pero sobre todo había soledad, una creciente, deseada y odiada soledad, de vérmelas por fin a solas con ella, conmigo misma y saber de una vez por todas quién era yo en realidad. A fin de cuentas, el collar, la luna y todos los misterios se reducían al miedo de sentirme vulnerable y sola.
Subí en el funicular y después anduve cerca de dos horas adentrándome en el bosque de pinos. Ascendí hasta el pico más alto, en un collado en donde busqué refugio en un observatorio abandonado. A pesar de ser verano, iba abrigada, la brisa del mar se quedó atrás y el viento de poniente se me echaba encima de forma cada vez más virulenta. La vi salir, con profunda emoción y respeto, la saludé y sentí que ella me sonreía, serena y segura de saberse en su lugar. La respiré hasta llenarme de su inocencia; llegó un momento en que me dolía el cuello y me recosté sin perderla de vista. Desde esa posición parecía como si las perlas fueran aún más bellas. Me convertí en el sueño de ella misma; en sus tres fases, siendo Artemisa, la diosa valiente y certera, poseedora de un arco en forma de la luna nueva; me expandí en Selene, amplia, madura y rebosante de vida; y cayeron sobre mí las tinieblas de la muerte en forma de Hécate. Me sentí Cleopatra, Madame Pompadour y llegué a ser en los sueños la Reina de Saba. Me paseé en una carroza de plata, guiada por siete hermosos caballos blancos y me desperté con la suave caricia de los primeros rayos de sol. Al oeste se despedía la luna satisfecha de su trabajo; en mí, la libertad de saber que era capaz de cualquier cosa que me propusiera y, rodeando mi cuello, el collar se regocijaba del encuentro.

2 comentarios:

Juan Manuel Rodríguez de Sousa dijo...

Yo tuve el honor de saber ya en "las épocas eróticas" de quién era este relato, tan bonito.
Te doy mi enhorabuena,
Un beso,
Juanam

Mimí dijo...

¡Qué imaginación!
Felicidades por este relato tan ilustrativo.

Desde los mares de Extremadura...
Mimí