–Oye, Fran, se gana mucha pasta ¿no?
–Sí, mucha pasta.
Y sin añadir una palabra más dio una voltereta hacia atrás y con el impulso, de un salto, se quedó en equilibrio sobre el alambre. Su amigo levantó la mano a modo de saludo y se fue. Su trabajo solo estaba a diez minutos. Mientras ascendía lentamente, sentado sobre una viga metálica, viendo como se alejaba el suelo y los objetos disminuían de tamaño, pensaba en su amigo Fran; todo un tipo, jugándose la vida en el circo para llevar el sustento a su familia. Se lo imaginaba haciendo piruetas en el cable: él nunca se jugaría la vida de aquel modo, aunque tuviera que pasar estrecheces. Seguro que su esposa vivía más tranquila, sin la zozobra de esperar en cualquier momento que el sufriera un fatídico accidente. Sonreía reflexionando en lo difícil que resulta ganarse la vida para algunos, mientras caminaba con soltura por la estructura metálica, a doscientos veinte metros del suelo.
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domingo, 30 de diciembre de 2007
El riesgo es un misterio
Jesús Muñiz González (Finalista Certamen El Basar 2007)
viernes, 30 de diciembre de 2005
Parpadeo
Luis Berastain Díez (Ganador Certamen El Basar 2005)
Su imagen se reflejaba en el escaparate de una conocida tienda y, mientras el viento movía los faldones de su gabardina, casi arrancándole el sombrero, parpadeó.
En ese instante su reflejo, dándose la vuelta, fue corriendo hacia la calzada, como si el tiempo transcurriera y simultáneamente, para él, estuviera detenido. Permaneció allí, inmóvil, paralizado, mientras su propia imagen cruzaba la calle, en el mismo momento en que un autobús, saltándose su parada, le arrolló.
Sintiendo la electricidad recorrer su espalda después de presenciar su propia muerte, al abrir los ojos pudo comprobar que nada de aquello era verdad.
Fue hacia el lugar donde tuvo lugar su propio atropello, pero allí no había nada, salvo su sombrero. Se encontraba agachado para recogerlo cuando oyó un bocinazo y un grito. Nada más.
En ese instante su reflejo, dándose la vuelta, fue corriendo hacia la calzada, como si el tiempo transcurriera y simultáneamente, para él, estuviera detenido. Permaneció allí, inmóvil, paralizado, mientras su propia imagen cruzaba la calle, en el mismo momento en que un autobús, saltándose su parada, le arrolló.
Sintiendo la electricidad recorrer su espalda después de presenciar su propia muerte, al abrir los ojos pudo comprobar que nada de aquello era verdad.
Fue hacia el lugar donde tuvo lugar su propio atropello, pero allí no había nada, salvo su sombrero. Se encontraba agachado para recogerlo cuando oyó un bocinazo y un grito. Nada más.
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