
Relatos semifinalistas de Lola Sánchez Lázaro en el Certamen Fergutson de Microrrelato:
Viaje sin retorno
Desde el dolor. Ese que se cuela sin permiso. Que te coge por sorpresa y te vacía en un momento, anulándote.
Desde la rabia. Que aparece después, con preguntas sin respuesta.
Y desde la tranquilidad que me recorre al enterarme de su muerte.”Asesinan a tiros a un joven de veintisiete años”, rezan los titulares.
Y mienten. Su vida acabó mucho antes, cuando esa intrusa, de nombre droga, vestida de sofisticación y encanto entró en su vida. Le encandiló, le hizo sentirse eufórico, para después encadenarle y guardar la llave, atrapándole entre sus redes, como a un pequeño pez.
Sus escasos ingresos no le permitían acceder a ella, y fue endeudándose con personajes poco recomendables.
Hasta hoy, que mirando el cuerpo tendido de mi hijo en una camilla del depósito, de esas tan acostumbradas al dolor ajeno, respiro pensando que se ha liberado.
Los tres disparos recibidos por el cuerpo ya agujereado de mi hijo, le regalaron un viaje sin retorno. A mí, me han convertido en un alma enlutada.
Como tantas otras veces
La comida transcurría en un hosco silencio, sólo roto por nerviosas risas infantiles. El padre, envuelto en una creciente agresividad, miraba a los niños sin verles, concentrándose en la madre. Ésta, que barruntaba la tormenta, se levantó para recoger la mesa tan rápido, que dos copas acabaron estrelladas contra el suelo. Sus manos temblorosas fueron esa vez la disculpa para el inicio de la violencia. Cualquier excusa era válida.Como tantas otras veces.Dio un puñetazo en la mesa y se acercó amenazante hacia ella. La mujer, ya sin lágrimas hacía tiempo, agachó la cabeza.Como tantas otras veces.Suplicante le rogó que bajara la voz, los niños estaban delante. Arropado por el calor del vino ingerido, la abofeteó. Por primera vez.Hoy, cinco años después, dos niños velan el cadáver de su madre.Como tantas otras veces.
Desde entonces
Hace ya dos años que se fue. Después de treinta de convivencia, se marchó sin despedirse.
Desde entonces, paseo por el ayer anhelando su presencia. Siento su risa flotar; veo su rostro, tallado por la edad, suspendido en el aire.
Me invade el olor del tiempo pasado, ese que no regresara. Ese que se rompió en la cuneta de una carretera.