
Os invito a leer este relato que me han dedicado:
http://traepalomitas.blogspot.com/
¡Gracias!, Mercedes






Había una vez una arbolita a la que le gustaba el aire, el sol, las nubes y hablar con sus amigos. La arbolita era pequeña y se llamaba Acacia.
—Cuando sea mayor, llegaré hasta el cielo con mis ramas y daré sombrita y reposo a los niños y las niñas que se acerquen a mí —contaba Acacia a las libélulas y a los pájaros, mientras la lluvia limpiaba sus hojas.
Aquel invierno, las nubes trajeron copitos blancos para alfombrar el bosque.
—Señor gorrión, señora gorriona, aquí pueden instalarse —decía nuestra arbolita mostrándole algunas de sus ramas en las que no había nieve.
Al llegar la primavera, florecieron los campos y los pajarillos habían sobrevivido al frío gracias a la generosidad de Acacia.
Un día, a la hora de la siesta, cuando los pinos se miran en el río y los sapos duermen en las charcas, Acacia habló con un árbol que dijo llamarse Robledo. El árbol saludó a la arbolita y le preguntó si quería ser su amiga.
—Claro que sí —contestó ella risueña—. ¿Cuántos años tienes?
—Once —dijo Robledo —, ¿y tú?
—Yo tengo diez, pero sé contar historias.
—Ah, qué bien —contestó el árbol. Y jugaron a mover las ramas para saludar a los aviones.
Con el tiempo, Acacia y Robledo crecieron, se hicieron novios y se casaron. Pero ocurrió que, al poco tiempo, Robledo desplegó todas sus ramas sobre ella.
—¿Qué haces, Robledo? No veo nada.
Robledo le dijo que a partir de ese momento él cuidaría de ella y la protegería de los pájaros, de la nieve y de todo lo que pudiera molestarla.
—Pero..., yo no necesito que me protejas. Si me cubres con tus ramas, no podré ver el sol, ni me llegará el aire, ni podré conversar con las nubes; me quedaré triste y dejaré de florecer… —se quejó nuestra arbolita.
Sin embargo, Robledo no le hizo caso, incluso añadió:
—Yo te soplaré cuando quieras aire y te calentaré cuando necesites sol.
Y así fue como Acacia se quedó prisionera entre las enormes ramas con las que Robledo la envolvió.
De vez en cuando, entre las hojas, se colaba un rayito de sol y ella asomaba los ojillos para saludarlo. Robledo enseguida plegaba bien las hojas y todo volvía a la oscuridad.
Y ocurrió que como Acacia no podía crecer hacia arriba, comenzó a crecer hacia abajo. Extendió sus raíces en las profundidades y buscó aguas subterráneas y terrenos blanditos por los que moverse. Allí abajo no había sol, ni nubes, ni pájaros. Sin embargo, también existían lugares preciosos que descubrir y manantiales ocultos de agua fresquita y transparente que la ayudaron a sobrevivir.
El viento, que va recorriendo el bosque para limpiar las hojas secas de los árboles, enseguida se dio cuenta de lo que ocurría.
—Oye, Robledo, ¿por qué no te apartas un poco y dejas que Acacia disfrute y crezca igual que tú? —dijo el viento.
Pero Robledo no hizo caso y siguió tapando a su mujer sin dejarla apenas respirar.
El viento, entonces, se enfadó tanto que comenzó a soplar.
Fsssssssss. Fusssssssss. Uuuuuuuussss
Y sopló…
Y sopló…
Y sopló tan fuerte que todos los árboles que no estaban bien agarrados al suelo salieron volando; entre ellos Robledo, cuyas raíces apenas tocaban la tierra.
Acacia se había quedado tan pequeña y escuchimizada, que más que una arbolita parecía un arbusto. Sin embargo, sus raíces eran tan profundas que la mantuvieron en tierra a pesar del vendaval.
De Robledo, se sabe que fue dando tumbos por los campos hasta perder todas sus ramas, y que un leñador lo descubrió junto al río y se lo llevó a casa por si necesitaba leña para el fuego.
Aquel verano, Acacia volvió a ver el sol y sus ramas lucían tan fuertes que todos los pájaros querían colocar allí sus nidos. Y así fue como el viento liberó a nuestra arbolita de Robledo, un árbol cabezota, que no comprendía que los arbolitos y las arbolitas deben crecer juntos pero respetando el espacio y las necesidades de cada uno. Ahora, Acacia se ha convertido en una arbolita preciosa, que se pasa el día contando historias a las nubes, para que las guarden en sus maletas viajeras y las lleven a otros lugares donde haya niños y niñas a las que les gusten los cuentos.
Si alguna vez escuchas rugir al viento, no te asustes, seguro que está enfadado porque algún árbol, como Robledo, se empeña en adueñarse de otro y no le deja crecer.
***
Mira aquí el vídeo de la entrega de premios:

Recuerdo el día que llegamos a esta casa, hace ya unos meses. Nos colocaron sobre la alfombra, y allí pasamos la noche. Por la mañana, recorrimos el baño, la cocina y la terraza; donde estuvimos un ratito al sol. Ese día, conocimos al cartero, al repartidor de leche y el pisito del vecino de al lado; por cierto, vaya lujo de baldosas. Sin embargo, hoy estoy muy triste. He perdido a mi compañera. Salió disparada por la ventana en una noche de lujuria y desenfreno y no sé qué habrá sido de ella. Y, ahora, temo que se deshagan de mí, y lo comprendo: ¿para qué sirve una zapatilla solitaria del pie izquierdo?


Todo el mundo recuerda su primer viaje en tren, en particular cuando los trenes recreaban el paisaje y los largos trayectos daban para imaginar historias de indios y exploradores. Viajar es una buena forma de rastrear la superficie para nutrir las raíces. Con nueve años la aventura estaba garantizada.
"Cuida de tu madre y no te apartes de ella en ningún momento", fueron las palabras con las que mi padre me bautizó como jefe de la tribu en el exilio. De lo poco o mucho que logré atrapar al hilo de las puertas, me enteré de que en Madrid nos esperaba mi tía Clotilde; la que cuidaba desde hacía cinco años de una vieja loca con dinero. Una anciana que debía de estar muy chiflada, la pobre, porque mi tía nos contó que una tarde, mientras oían misa, sacó unas bragas del bolso y se las puso en la cabeza. Y es que, en Madrid, la gente anda majareta. El hermano de mi amigo Seba vino de allí con una enfermedad rara, soñaba sueños de muertos y no quería salir a la calle. También escuché que viviríamos en casa de la señora de un médico, que estaríamos muy bien y que íbamos a comprar un piso para que mi padre se viniera con nosotros. [...]
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