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jueves, 1 de abril de 2010

Mercedes Martín es finalista en el Certamen Microrrelatos Abogados del mes de marzo

Visto para sentencia

Mercedes Martín Alfaya

(Finalista Certamen Microrrelatos de Abogados marzo 2010)
Después del sobreseimiento del caso, se han obtenido nuevas pruebas y fotografías de la catástrofe. Por tanto, se reanuda el juicio. ¡Silencio en la sala! El fiscal muestra un artilugio compuesto de un eje y un varillaje cubierto de tela bastante deteriorado. A continuación, expone sus argumentos: -Este que ven es mi tercer paraguas en un día; una ruina en tiempos de crisis. Como saben, llevamos soportando mojadas e inundaciones desde hace meses. Ignoramos la causa de tan desastroso cambio en el clima y nos hemos aferrado a todo tipo de ofrendas y plegarias que no dan fruto. Por tanto, ante la magnitud de los hechos y la probada ausencia del presunto culpable en el territorio nacional, con el debido respeto a los Académicos, solicito que, si seguimos así, al menos se elimine del Diccionario la palabra “Sol”.

sábado, 13 de marzo de 2010

Mercedes Martín Alfaya, finalista del III Certamen Algazara de Relato

Parches
Mercedes Martín Alfaya

Me han regalado un ratoncito que se llama “Parches”, y duerme conmigo.
Dice la tita Vero que los ratones se cogen por el rabo, se abre la otra manita y con mucho cuidado se colocan encima para no lastimarlos.
A Marcos le gusta mucho mi ratón. Y me ha dicho que si se lo presto me enseña a comerme las uñas. Las uñas se aprietan con los dientes y se tira así; pero luego te duelen los dedos y ya no las encuentras, porque las uñas se muerden y se escupen.

Mamá dice que los Reyes no le traen juguetes a los niños sin uñas y que, igual el mes que viene, en vez de un órgano con asiento, un tobogán bajito, un perrito con maletín, una casa de muñecas y los patines, me dejan un saco de carbón. Yo todavía no sé lo que es el carbón, aunque no me gusta la palabra; hay otras palabras que no me gustan, como por ejemplo “bigote”.
Ayer, me llevé a Parches al colegio y estuve jugando con él en el recreo. Lo lavé en la fuente y le hice una cama con las hojas que se caen de los árboles; había muchas en el patio. Cuando la profe sopló el silbato para irnos a la fila, no le hice caso, por eso me quitó el ratón, le sacó las pilas y se lo guardó en el bolsillo.
Le voy a decir a la profe que si me devuelve a Parches le enseño a comerse las uñas.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mercedes Martín Alfaya es finalista en el Certamen Microrrelatos del mes de febrero

Aunque somos distintas

Mercedes Martín Alfaya

(Seleccionado Certamen Microrrelatos de Abogados febrero 2010)

Aunque somos distintas, lo llevamos bien. Conocimos a un chico; alguien que nos mira sin repugnancia. Es abogado, trabaja en un bufete y gana todos los juicios. Nos invitó a dar un paseo, pero ella prefería quedarse en casa, cuidando de sus esponjas de mar; en conjunto, posee una buena colección. Al final, la convencí; aunque se dedicó a mirar por la ventanilla del coche, sin hablar. En cambio yo no paré: conversé con él sobre la vida, los clásicos, mis proyectos frustrados, la calidez del otoño… Pero, sobre todo, disfruté de la compañía de un ser humano especial. Cuando volvimos a casa, ella se había dormido, menos mal, porque es una tímida. Y fue cuando ocurrió: era la primera vez que un chico me besaba. Desde entonces, ya no me importa que nos llamen monstruo, ni compartir con ella un extraño cuerpo con dos cabezas.

sábado, 31 de octubre de 2009

Mercedes Martín Alfaya, finalista del Certamen Civilia 2009



Camarero, otra cerveza.



El vendedor negro ofrece collares en la playa. Tras su silueta de sombra aparecen las hamacas, el sol y los turistas. Un camarero atraviesa el chiringuito y deposita una paella en la mesa de la familia impaciente.
“Pobrecito”, comenta la hija al ver que un gato se les cuela entre las piernas. Le echan unos trozos de pan y unas gambas. “Complar, complar”, se acerca el negro sudoroso sin apartar la vista del felino devoramariscos. “No queremos nada”, protesta la mujer mientras se sacude una mosca del brazo. El marido se endereza en la silla:
-¡Camarero! Otra cerveza.
El negro ya se fue a otra mesa balanceando sus collares y sus tripas.
En el suelo, un puñado de gambas sin tocar y un gato rollizo que juega a morder zapatillas.
.
¡¡¡Enhorabuena, Mercedes!!!

miércoles, 5 de agosto de 2009

Aurora, de Mercedes Martín Alfaya



Aurora
Mercedes Martín Alfaya
(Finalista Certamen Amor en el Tiempo 2009)
Querido Daniel:
Me hace muy feliz saber que has encontrado una chica a la que unir tu vida. Seguro que es una persona inteligente, educada y con un atractivo especial; conozco bien tus gustos.Con respecto a lo que me preguntas en tu carta, te diré que no existe ningún secreto para eso, al menos yo no lo conozco. Sí te puedo asegurar que para construir un futuro juntos, más que deseo lo que se necesita es voluntad. Voluntad y esmero. Cualquier semilla que aspira a convertirse en árbol precisa cuidado, espacio en el que desarrollarse y cierta dosis de ingenio contra las plagas -que las habrá-, manteniendo intactas las raíces.
Cuando tu abuelo y yo nos conocimos, hace más de cincuenta años, ni siquiera sabíamos montar en bicicleta, así que mucho menos conducir una relación de pareja. Lo que sí tuvimos claro desde el principio fue que nos gustaba compartir cartucho de palomitas en el cine, despedir a los barcos desde el muelle y atravesar los arroyos cogidos de la mano.Con el tiempo, la senda se volvió cuesta arriba. Incluso, en algunos tramos, nos perdimos de vista. Fueron esos avatares los que más afianzaron nuestra relación de pareja, porque comprendimos que sólo cuando estás a punto de perder algo es cuando valoras lo que significa en tu vida. Y luchamos para seguir compartiendo bolsa de palomitas en el cine, aunque fuera rodeados de infantes llorones y desinquietos; si lo piensas bien, no hay nada en el mundo que nos proporcione mayor satisfacción que encontrar a alguien con quien compartir unas palomitas en el cine.
Ahora, tengo que dejarte. Nos vamos a dar una vuelta y el abuelo espera en el comedor; ya sabes que tiene un genio de trueno. Claro que sólo tengo que tirarle del pañuelo del bolsillo para que luzca guapo y pellizcarle la babilla para que se derrita en mis manos. Ya ves, todo consiste en eso: hacer la vista gorda a los gruñidos y acariciar barbillas.
Espero verte pronto por aquí.Recibe bendiciones de esta vieja que pretende dar clases de jardinería a un futuro experto en botánica.
Besos.
Aurora.

martes, 31 de marzo de 2009

La tecnología




Mercedes Martín Alfaya

(Relato seleccionado en el Certamen Algazara 2009)



El chico del mostrador me regaló una sonrisa de cine y resolvió eficiente todo el papeleo que le entregué, manejando el ordenador con destreza. En los tiempos que corren, se agradecen estos detalles ágiles que nos proporciona la tecnología y, sobre todo, el calorcito en el trato humano, pensé.
"Que tenga un buen día", añadió cortés el empleado al despedirme, con un encanto tan arrebatador que tropecé con un cable que no sé de dónde salió y se desconectaron todos los aparatos eléctricos. Al intentar pedir disculpas, me encontré que el chico yacía sin vida desparramado por la mesa, como un globo desinflado e inútil.

lunes, 2 de marzo de 2009

ACACIA Y EL VIENTO de Mercedes Martín



Mercedes Martín Alfaya

(2º Premio Certamen
"Contando en Igualdad" 2008)

Había una vez una arbolita a la que le gustaba el aire, el sol, las nubes y hablar con sus amigos. La arbolita era pequeña y se llamaba Acacia.
—Cuando sea mayor, llegaré hasta el cielo con mis ramas y daré sombrita y reposo a los niños y las niñas que se acerquen a mí —contaba Acacia a las libélulas y a los pájaros, mientras la lluvia limpiaba sus hojas.
Aquel invierno, las nubes trajeron copitos blancos para alfombrar el bosque.
—Señor gorrión, señora gorriona, aquí pueden instalarse —decía nuestra arbolita mostrándole algunas de sus ramas en las que no había nieve.
Al llegar la primavera, florecieron los campos y los pajarillos habían sobrevivido al frío gracias a la generosidad de Acacia.

Un día, a la hora de la siesta, cuando los pinos se miran en el río y los sapos duermen en las charcas, Acacia habló con un árbol que dijo llamarse Robledo. El árbol saludó a la arbolita y le preguntó si quería ser su amiga.
—Claro que sí —contestó ella risueña—. ¿Cuántos años tienes?
—Once —dijo Robledo —, ¿y tú?
—Yo tengo diez, pero sé contar historias.
—Ah, qué bien —contestó el árbol. Y jugaron a mover las ramas para saludar a los aviones.
Con el tiempo, Acacia y Robledo crecieron, se hicieron novios y se casaron. Pero ocurrió que, al poco tiempo, Robledo desplegó todas sus ramas sobre ella.
—¿Qué haces, Robledo? No veo nada.
Robledo le dijo que a partir de ese momento él cuidaría de ella y la protegería de los pájaros, de la nieve y de todo lo que pudiera molestarla.
—Pero..., yo no necesito que me protejas. Si me cubres con tus ramas, no podré ver el sol, ni me llegará el aire, ni podré conversar con las nubes; me quedaré triste y dejaré de florecer… —se quejó nuestra arbolita.
Sin embargo, Robledo no le hizo caso, incluso añadió:
—Yo te soplaré cuando quieras aire y te calentaré cuando necesites sol.
Y así fue como Acacia se quedó prisionera entre las enormes ramas con las que Robledo la envolvió.
De vez en cuando, entre las hojas, se colaba un rayito de sol y ella asomaba los ojillos para saludarlo. Robledo enseguida plegaba bien las hojas y todo volvía a la oscuridad.
Y ocurrió que como Acacia no podía crecer hacia arriba, comenzó a crecer hacia abajo. Extendió sus raíces en las profundidades y buscó aguas subterráneas y terrenos blanditos por los que moverse. Allí abajo no había sol, ni nubes, ni pájaros. Sin embargo, también existían lugares preciosos que descubrir y manantiales ocultos de agua fresquita y transparente que la ayudaron a sobrevivir.
El viento, que va recorriendo el bosque para limpiar las hojas secas de los árboles, enseguida se dio cuenta de lo que ocurría.
—Oye, Robledo, ¿por qué no te apartas un poco y dejas que Acacia disfrute y crezca igual que tú? —dijo el viento.
Pero Robledo no hizo caso y siguió tapando a su mujer sin dejarla apenas respirar.
El viento, entonces, se enfadó tanto que comenzó a soplar.
Fsssssssss. Fusssssssss. Uuuuuuuussss
Y sopló…
Y sopló…
Y sopló tan fuerte que todos los árboles que no estaban bien agarrados al suelo salieron volando; entre ellos Robledo, cuyas raíces apenas tocaban la tierra.

Acacia se había quedado tan pequeña y escuchimizada, que más que una arbolita parecía un arbusto. Sin embargo, sus raíces eran tan profundas que la mantuvieron en tierra a pesar del vendaval.
De Robledo, se sabe que fue dando tumbos por los campos hasta perder todas sus ramas, y que un leñador lo descubrió junto al río y se lo llevó a casa por si necesitaba leña para el fuego.
Aquel verano, Acacia volvió a ver el sol y sus ramas lucían tan fuertes que todos los pájaros querían colocar allí sus nidos. Y así fue como el viento liberó a nuestra arbolita de Robledo, un árbol cabezota, que no comprendía que los arbolitos y las arbolitas deben crecer juntos pero respetando el espacio y las necesidades de cada uno. Ahora, Acacia se ha convertido en una arbolita preciosa, que se pasa el día contando historias a las nubes, para que las guarden en sus maletas viajeras y las lleven a otros lugares donde haya niños y niñas a las que les gusten los cuentos.
Si alguna vez escuchas rugir al viento, no te asustes, seguro que está enfadado porque algún árbol, como Robledo, se empeña en adueñarse de otro y no le deja crecer.


***

Mira aquí el vídeo de la entrega de premios:

http://www.madrid.org/cs/Satellite?alias=1142531144766&c=Page&cid=1203409218998&language=es&op2=1203409068655&pagename=ComunidadMadrid%2FEstructura&pid=1109265463020&pv=Mujer&sc=6

José Borrego, Mercedes Martín y Daniel Blanco ganan el XI Concurso 'Contando en Igualdad'
La Consejería de Empleo y Mujer de la Comunidad de Madrid hizo público en su web el fallo del XI Concurso de Cuento Infantil 'Contando en Igualdad', que en esta edición de 2008 se convocaba bajo el título de "Emilia Pardo Bazán". Los cuentos premiados han sido los siguientes:· José Borrego Ojeda con 'Un día en las carreras' - Primer premio (7.000 euros).· Mercedes Martín Alfaya con 'Acacia y el viento' - Segundo premio (3.500 euros).· Daniel Blanco Parra con 'El Príncipe Horeb y el gran viaje' - Tercer premio (1.800 euros).El objetivo del certamen 'Contando en Igualdad' es promover la creación de una literatura para niños y niñas que contribuya a acelerar el cambio en la mentalidad social y ayudar a eliminar prejuicios y estereotipos de género, lo que permitirá consolidar valores culturales de igualdad.

Lee más sobre este premio:


martes, 2 de diciembre de 2008

Ya ha nacido... ¡Ha sido blog!


Quiero comenzar con unos versos de Rafael Guillén, que me han parecido muy apropiados para presentar este blog. Son estos:
“De inesperados ecos
están henchidos los espacios
por los que la palabra avanza”.

Aquí, los ecos somos todos; porque es con esfuerzo, trabajo e ilusión con lo que se hacen realidad los sueños y proyectos. Quizás esos mismos que un día dibujamos con el dedo en los cristales. Sin el "nosotros", nada de lo que hoy compartimos sería posible.

Espero que vuestro camino y el mío sigan siempre unidos en este mundillo extraño de las letras en el que tanto nos gusta navegar. A veces, a contracorriente; pero siempre sin perder de vista el horizonte.
Y termino con otro verso de uno de los maestros. Un verso sencillo y grande, que dice así:
“Hoy es siempre, todavía” (Antonio Machado)

Mercedes Martín
Madrina de la criatura
¡Que empiece la fiesta! ¡Queda inaugurado el blog!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Gloria, Pelayo y su tren




José Manzanares, Mercedes Martín, Ramón Alcaraz
(Mención Especial Certamen Cuentos Ilustrados para la Igualdad 2008)

Había una vez un tren de madera que vivía en el escaparate de una juguetería.
El tren estaba formado por la locomotora y tres vagones: uno azul, otro rojo y el tercero verde. Los vagones no tenían techo, pero la máquina que tiraba de ellos sí. Ésta era de color naranja, con ojitos redondos, una boquita de luna y una nariz de payaso muy chula. Todos los días, cuando el dueño de la tienda levantaba las persianas, el tren soñaba que alguna niña o algún niño entraba en la tienda y se lo llevaba a su casa. Pero no, allí lo que más se vendía eran patines, bicicletas y balones de fútbol. Qué pena, pensaba el tren, conmigo se lo pasarían estupendamente tirando de la cuerda y paseando a los viajeros. Y el tren se quedaba muy triste detrás del cristal, mientras imaginaba cómo sería el mundo ahí fuera y la de amigos a los que podría llevar de viaje en sus vagones. [...]
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domingo, 16 de noviembre de 2008

La vida de las cosas

Mercedes Martín Alfaya (2º Premio Onda Polígono 2008)

Recuerdo el día que llegamos a esta casa, hace ya unos meses. Nos colocaron sobre la alfombra, y allí pasamos la noche. Por la mañana, recorrimos el baño, la cocina y la terraza; donde estuvimos un ratito al sol. Ese día, conocimos al cartero, al repartidor de leche y el pisito del vecino de al lado; por cierto, vaya lujo de baldosas. Sin embargo, hoy estoy muy triste. He perdido a mi compañera. Salió disparada por la ventana en una noche de lujuria y desenfreno y no sé qué habrá sido de ella. Y, ahora, temo que se deshagan de mí, y lo comprendo: ¿para qué sirve una zapatilla solitaria del pie izquierdo?

sábado, 30 de agosto de 2008

Se me murió

Mercedes Martín Alfaya
(Finalista Certamen Alcobendas 2008)

Se me cayó la luna al alba,
se me escapó,
se derramó,
se me clavó en el alma.
Se me murió sin esperanza
como los sueñossobre la escarcha.
Que siga el Universo con su juego
y los cometas con su danza,
que yo me llevaré mi luna muerta
a enterrarla bajo el agua.

Doctor Lunch

Mercedes Martín Alfaya (Finalista Certamen Terror El niño del cuadro 2008)

Como cada día, el doctor Máximo Lunch vuelve a casa a eso de las nueve. Llega cansado por el exceso de trabajo que se acumula en las aldeas vecinas.
Al oírle entrar, Úrsula se precipita a explicarle...
—Doctor. Ha ocurrido algo. La sirvienta de los Morgan estuvo aquí, esperándole. No quería dejar sola a la señora, por eso se fue. La encontré muy alterada. Le dejó esta nota:

“Doctor Lunch, le he buscado en las aldeas durante todo el día. Tiene que venir a la casa lo antes posible. La señora le necesita. Está desesperada.
Atentamente:
Rosaura Delgado”

A Úrsula no le cae bien la señora Morgan, aunque no podría precisar por qué; quizás sea su mirada fría, diagonal, como de reptil, o esa risa de cascabel emplastecido; tal vez, la forma en que se acaricia el pelo cuando se acerca al doctor... Esa mujer tiene algo que no acaba de agradar a Úrsula. Además, está el hecho más conocido y criticado: ¿qué se puede esperar de una lagarta de treinta años casada con un viejo de casi ochenta? Ahora, piensa ¿qué ha podido ocurrir para enviar a la chica con esa precipitación? Siempre que la señora Morgan aparece por la casa es para embaucar al doctor; quizás ésta sea otra de sus estrategias... Úrsula se santigua tras el ventanal mientras observa cómo el coche de Máximo se pierde a toda prisa en la oscuridad.
El doctor Lunch conoce bien el camino, sin embargo, uno de sus faros no funciona y ha tardado más de tres cuartos de hora en llegar a la mansión de los Morgan. Rosaura, la sirvienta, ha salido a recibirle:
—Fue el medicamento, doctor —advierte la mujer mientras intenta seguir al hombre en su precipitación.
—¿Dónde está la señora? -Máximo parece perdido en la casa.
—Arriba, señor. En el dormitorio. Es horrible.
La señora Morgan yace en la cama, recostada hacia el lado izquierdo, el opuesto a la puerta. Su marido la abraza por la espalda como un calamar sobre su presa. La señora Morgan presiente que el doctor ya está allí y, aunque no puede volverse, le habla desde su estática posición:
—¿Por qué has tardado tanto, Max?
El doctor Lunch se aproxima al lecho, con cautela, intentando tranquilizar a la mujer.
—Lo siento, Berta. No te muevas, por favor.
Resulta espeluznante la forma en que el viejo aprisiona a su esposa, como si quisiera llevársela al otro mundo.
—Rigidez mortis —apunta él con la certeza que le confieren sus conocimientos y su profesión.
—¡Tienes que ayudarme!
—La rigidez cadavérica suele desaparecer a las 48 horas —apunta el doctor intentando inspeccionar los ojos del muerto.
—Había tomado mucho alcohol —prosigue ella desesperada y llorosa-, le inyecté la medicación como acordamos y dejé que me abrazara para tranquilizarle. Me desperté con sus asquerosos brazos encima. ¡Haz algo! ¡Por el amor de Dios!
El doctor busca una linterna en su maletín, ante los horrorizados ojos de la chica confinada en el rincón.
—Podría tratarse de espasmo cadavérico, en cuyo caso no existe fase de relajación muscular.
—Y eso ¿qué significa? -pregunta Berta aterrada.
El doctor Lunch pide ayuda a la muchacha para inspeccionar la fosa iliaca derecha del fallecido. Tiene las piernas encogidas y resulta difícil el acceso. Si encuentra signos de mancha verde podrá calcular el tiempo del que dispone antes de la emanación de gases.
Ahora, en el dormitorio reina un silencio expectante.
—Berta -añade el doctor solemne-, ha comenzado la fase de putrefacción.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que el cadáver empieza a hincharse y no queda otro remedio que amputarle los brazos o terminará asfixiándote.
El doctor se precipita al sótano de la casa. Necesita una sierra enseguida. En el camino piensa que lo mejor es llamar a la policía y que ellos se encarguen de todo. Aunque, ahora él tampoco se fía de la mujer. Si le duplicó la dosis saldrá en los análisis y se investigará la muerte por homicidio. Podría verse implicado. De todas formas, aunque consiga desprender el cuerpo, ¿qué ocurrirá después?, ¿qué hacer con el cadáver? La mente de Lunch empieza a desvariar.
La bombilla no enciende, suerte que lleva una pequeña linterna en el bolsillo. Acaba de encontrar la hoja de acero dentada y cuando se dispone a subir la escalera una especie de mancha viscosa y azulada se ha filtrado por debajo de la puerta. El doctor Lunch cree ser presa de una ensoñación. Un grito procedente del piso superior estremece su cuerpo. La mancha viscosa ha desaparecido. El doctor Lunch atraviesa el pasillo y observa que los candelabros están encendidos. En el reloj de péndulo acaban de dar las doce. Asciende la escalera pisando cada peldaño como si fuera a romperse y al llegar a la puerta del dormitorio de los Morgan se detiene. Esconde la sierra en la espalda y atraviesa el umbral como si temiera despertar a un niño. La luz del candelabro de la mesilla arroja una mutilada sombra sobre la pared. La chica de los Morgan no está en el cuarto. El doctor Lunch se acerca a la cama con cautela:
-¿Berta?- La llama casi en un susurro antes de descubrir que de la boca del viejo ha comenzado a brotar ese líquido azulado como una serpiente viscosa.

Cuando el doctor Lunch consigue abrir los ojos, una baba amarga le empapa el cuello y la barbilla. No puede moverse. Sobre el pecho unos brazos de mujer se adhieren a él como ventosas. Ahora lo recuerda. Úrsula le preparó un brebaje nuevo la noche anterior, un líquido azulado traído de su último viaje a China. Todo ha sido un sueño hecho realidad, sólo que ahora nadie podrá bajar al sótano a por una sierra con la que desprender de su cuerpo los tentáculos que hilvanó la muerte para cumplir el deseo de una mujer despechada.

miércoles, 30 de julio de 2008

Muñeco con cuerdas






Mercedes Martín Alfaya
(Finalista Certamen "Microrelatos 1808" 2008)



Cuando nací, en 1808, mi padre dijo: hola, chaval. Me sopló por todas partes, y como yo no hacía nada pasó unos hilos finitos por mi cuerpo y tiró de ellos. Luego, me pintó la boca, la nariz y una corbata muy chula.
Quiero ese, quiero ese, dijo el niño. Y mi padre me colocó en sus manitas. Desde entonces todo se ha vuelto oscuro. Creo que estoy en un armario, o en un baúl, o en un cajón. No me gustan los niños, se encaprichan con las cosas y luego se olvidan de ti, como si fueras una marioneta.

lunes, 30 de junio de 2008

La alemana


Mercedes Martín Alfaya
(Finalista Certamen Hispano-Alemán 2008)

Mamá anunció que la niña llegaría el martes. ¿Habla español? Preguntó mi hermana. Pues, claro; su padre es el tío Miguel, contestó mi madre. ¡Ah! El tío Miguel, el de Alemania, recordó mi hermana. Y todos reímos ante la ocurrencia de Carmichi, que protestó enfadada: pues que no se le ocurra tocar mis muñecas.
Mamá y papá fueron a recibir a los tíos, les acompañaron al hotel y nos quedamos con la niña para irla acostumbrando. Una semana después, sus padres volvieron a Dusseldorf. Está muy escuchimizada, dije yo, y mamá me aclaró que era el clima y que por eso la trajeron a España.
Al principio la niña no hablaba; pero enseguida se adaptó. Recuerdo que mamá la llamaba desde la ventana y ella contestaba con su coleta tiesa: estoy aquí, jugando con la Amparito. Y le pedía un pfennig para chuche (que mi madre no sabía lo que era, pero le tiraba un duro y ella tan contenta). La niña fue tomando color y lustre y su madre nos enviaba cartas diciendo que, por favor, no dejásemos que nos llamara hermanas, ni papá y mamá a mi padre y a mi madre. El caso es que le tomamos tanto cariño que ninguno la corregíamos por ello. Y ocurrió que un día, a eso de las seis de la mañana, sentimos unos golpes en la puerta y voces en la escalera. Yo me tapé la cabeza con la sábana sin saber qué ocurría. Y ocurría que a una vecina se le había metido fuego y el humo salía por todas partes. Mi madre nos levantó a todos y tomó a la niña en brazos mientras mi padre nos empujaba hacia la escalera. El incendio se controló pronto y fue más el susto que los daños. De todas formas, mamá ni siquiera lo comentó con “los alemanes”, como llamábamos a los tíos; temía que el incidente asustase a los padres y se la llevaran. A los pocos meses, ellos volvieron a España para ver a su hija y mi madre aleccionó a la pitusa para que no dijera nada del incendio. Los padres llegaron hablando a la niña en alemán, por aquello de que retomara sus hábitos, y la niña miró a mi madre con ojillos traviesos diciendo: ¿ves, mamá? No les cuento que se quemó la casa porque ellos ya no me entienden.

domingo, 30 de diciembre de 2007

El secreto del jefe indio



Mercedes Martín Alfaya (Ganador Certamen Canal-Literatura 2007)

Todo el mundo recuerda su primer viaje en tren, en particular cuando los trenes recreaban el paisaje y los largos trayectos daban para imaginar historias de indios y exploradores. Viajar es una buena forma de rastrear la superficie para nutrir las raíces. Con nueve años la aventura estaba garantizada.

"Cuida de tu madre y no te apartes de ella en ningún momento", fueron las palabras con las que mi padre me bautizó como jefe de la tribu en el exilio. De lo poco o mucho que logré atrapar al hilo de las puertas, me enteré de que en Madrid nos esperaba mi tía Clotilde; la que cuidaba desde hacía cinco años de una vieja loca con dinero. Una anciana que debía de estar muy chiflada, la pobre, porque mi tía nos contó que una tarde, mientras oían misa, sacó unas bragas del bolso y se las puso en la cabeza. Y es que, en Madrid, la gente anda majareta. El hermano de mi amigo Seba vino de allí con una enfermedad rara, soñaba sueños de muertos y no quería salir a la calle. También escuché que viviríamos en casa de la señora de un médico, que estaríamos muy bien y que íbamos a comprar un piso para que mi padre se viniera con nosotros. [...]

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