viernes, 15 de enero de 2010

María Isabel Peral del Valle ha sido finalista del Certamen Constantí "Historias de la Tierra"



Conducir al Paraíso

María Isabel Peral del Valle

(Finalista Certamen Constantí de relatos)

Aquella mañana amaneció despejada sobre la región de Hebei, al noreste de China. Un sol tímido templaba las llanuras áridas.

Shen, su mujer y su hijo viajaban desde su aldea a la ciudad. Les acompañaba Tiantang, el hermano de Shen, al que estaba muy unido. La familia tenía que realizar las compras para celebrar la Fiesta de Año Nuevo. Recorrieron el mercado con dificultad. Arrastrados por un río de gente, pasaban entre los puestos multicolores de verduras, de aletas secas de tiburón, de insectos. Después de horas de regateo compraron: tripas de ternera, ajos dulces, tofu, una víbora que nadaba en un recipiente de agua y el pescado FelicidadAl terminar cansados y contentos se detuvieron ante un hornillo encendido, donde en un perol freían grillos. Pidieron tres raciones para tomar. Shen aprovechó el momento de esparcimiento, para insistir a su hijo Yan-Shen en que debía de encontrar esposa para que les aliviara en las labores del campo. Los Shen tenían dos títulos sobre las tierras que cultivaban: en uno se adjudicaba la propiedad de la hacienda, al Estado; el otro título era el derecho de ocupación y explotación por 50 años. Sus antepasados no habían tenido nunca problemas en la renovación, pero con la ley de propiedad privada los campesinos podían comprar la granja al Gobierno.
El 23 de Enero la casa se preparaba para la celebración del Año Nuevo. Mientras la madre cocinaba, los dos hombres fijaban a ambos lados de la puerta postales y tiras de papel rojo con deseos de prosperidad. Al anochecer, llegaron el resto de familiares y amigos que como Shen tenían un solo descendiente varón: a todos les había afectado la ley del hijo único. A pesar de no manifestarlo públicamente todos los padres tenían las mismas interrogantes: ¿donde encontrarán esposas? ¿Cuándo formarán una familia?Shen y su mujer tuvieron una hija pero la abandonaron en un orfanato. Fue el fiel Tiantang quien se encargó de la triste misión. En estas fiestas siempre la recordaban: ¿qué sería de ella? Daba igual, tampoco estaría con ellos sentada a la mesa. Le habrían dado una dote. Hoy pertenecería a la familia del marido. Cuidaría a los suegros y ayudaría a otros en el cultivo de la tierra.Comenzaron a cenar, entre conversaciones cruzadas y risas dieron cuenta de todos los alimentos, menos del pescado Felicidad que presidía la mesa: así se aseguraban que el año próximo disfrutarían de sosiego. Animados por la comida y la bebida, se dispusieron a Velar la Víspera: esperar la entrada del Año Nuevo. Al dar las 12 tiraron cohetes, se desearon feliz 2006 y se intercambiaron regalos. Shen esa noche, como todos los años, miraría a los ojos de su hermano Tiantang y le entregaría unas monedas. Nunca hablarían sobre el destino de esas monedas ni harían referencia a ello, pero Shen soñaría esa noche con una hija sin rostro que sin embargo comía de un cuenco.
Aún sonaba el eco de las risas por la celebración de la Fiesta, cuando les llegó una notificación que cambiaría sus vidas: unos documentos en los que les comunicaban que su pequeña explotación agraria había sido comprada. Mas tarde supieron que el comprador era un chino enriquecido con la imitación de prendas de una marca europea.Dejaron las tierras y se trasladaron a la ciudad de X´ian: el padre encontró trabajo como limpia cristales en uno de los macro edificios que surgían como hongos alrededor del mausoleo de la dinastía Shi. No tenía contrato. No contaba con medios de seguridad: caminaba por el alfeizar sin tirantes de sujeción, procurando no resbalar ni mirar hacia abajo para evitar el vértigo. Su mujer ayudaba en un puesto de suvenir, en aquella feria en que se habían convertido las tumbas de los emperadores: vendía pequeñas reproducciones de los guerreros en terracota y también hierbas para la longevidad.Por su parte Yan-Shen intentó trabajar en una fábrica de ladrillos, gracias a la intercesión de Tiantang. No pudo ser: allí solo trabajaban niños que habían sido raptados y vendidos como esclavos. Sin otra salida acudió a las minas de carbón, donde nunca veía la luz y las condiciones laborales eran peor que las de su padre.

Aquella mañana amaneció borrascosa sobre la región de Shaanxi al noreste de China. La lluvia barría las llanuras áridas.
Yan-Shen dejó su capa pluvial de caucho a un compañero que temblaba por la fiebre. Al entrar en la mina los separaron; uno hacia el norte, el hijo hacia el sur: a una galería de un kilómetro de longitud a mil metros de profundidad. Hacía calor, mucho calor, porque la ventilación era deficiente; sin embargo nadie le concedía la menor importancia. Estaban todos acostumbrados a esa temperatura.Oprimieron el pulsador que puso en marcha la gran excavadora. Retumbó la tierra y la galería sur se llenó de polvo. Yan-Shen sintió que el suelo era el techo, esperó aprisionado pidiendo ayuda. La mayoría de los hombres que estaban en la galería no llegaron a enterarse de lo que ocurrió a continuación. Una formidable explosión estremeció las entrañas del mundo; el aire se incendió en el acto y un viento huracanado arrastró una gigantesca bola de fuego hacia la galería norte. Su cuerpo voló en mil pedazos.Cuando los padres fueron a reconocer el cadáver, entrevieron la familiar capa que se adhería a un cuerpo carbonizado. El entierro, mezcla de ritos budistas y taoístas, duró siete días. Tiantang por ser el de más edad, rezó la salmodia en mandarín: ‹‹adiós. Hasta dentro de siete años, en que se limpiarán tus huesos de podredumbre carnal y pasarás sin lacras al más allá››.
Los Shen no aplacaban la pena de haber perdido a su vástago, al contrario, se acrecentaba al pensar en la soledad que padecería en la tumba. Buscando remedio se dirigieron a una ‹‹Agencia Matrimonial para después de la Muerte››. Situada en un edificio moderno, donde les hicieron esperar frente a un grabado que representaba a Confucio, y a una foto de Mao She-Tun. Les entregaron unos folletos de propaganda en los que se podía leer: ‹‹ofrecemos variedad de regiones de origen y diversos apellidos de candidatas para acompañar al difunto a la otra vida […] Y así los dolientes podrán elegir la opción mas adecuada para los enamorados que han pasado a mejor vida››. El costo por registrar al fallecido era, al cambio, 6 euros. La comisión de la Agencia, en caso de encontrarles pareja: 200 euros. Además había que sumar la cantidad por el casamiento que comprendía un banquete con interminables brindis. Salieron tristes de la oficina: no tenían bastante dinero para el enlace de su hijo muerto.Tiantang les dijo que conocía a alguien que por un precio mas económico les podía resolver el problema, y se ofreció de intermediario. En el mayor sigilo convinieron la transacción. Shen no hizo preguntas sobre el origen del cuerpo que, amortajado con las galas nupciales de seda roja, les fue entregado a cambio de una cantidad equivalente a 350 euros. En la oscuridad de la noche, desplazaron la losa que cubría la sepultura del que creían su hijo y deslizaron en ella, sobre el manto pluvial, los restos de la desposada.

Aquella mañana amaneció glacial sobre la región de Shaanxi al noreste de China. La ventisca barría las llanuras áridas.

A los seis meses les llamó la policía. Después de muchas preguntas tuvieron que enfrentarse a la verdad. No podían creer lo que el comisario les decía: Tiantang llevaba años saqueando tumbas. Hacía su negocio en la región de Shaanxi, donde morían unos 13 jóvenes mineros al día. Últimamente había cambiado su profesión y se había convertido en asesino, porque le era más rentable vender cadáveres frescos. En el juicio declaró haber matado en un año a doce mujeres. Cuando le preguntaron su nombre dijo.− Mi nombre es Son-Tiantang: ‹‹Conducir al Paraíso›› y me siento orgulloso de haber hecho honor a él. Mi deseo es ayudar a las familias que quieren aliviar la soledad de sus muertos. Además… solo le quito la vida a las retrasadas mentales y a inmigrantes muy pobres. Las primeras tienen la cabeza hecha un lío y nunca se resisten demasiado. Unas y otras provienen de orfanatos, son muy desgraciadas y nadie las echa de menos. Y mirando a su hermano añadió− Ella estará ahora feliz con su hermano.
Blog de María Isabel:

5 comentarios:

Carmen Andújar dijo...

Enhorabuena MªIsabel, me ha gustado mucho tu relato, se nota que te has documentado bien.
Un abrazo

Maria Isabel dijo...

Gracias Carmen.
Un abrazo

MAR SOLANA dijo...

Hola, María Isabel:

¡Enhorabuena! es una historia dura pero extraordinaria y contada con mucho cariño y sencillez.

Contar historias orientales es complicado y tú lo has hecho muy bien.

Un saludo.

www.delostiempos.blog.com.es dijo...

Mar: te agradezco mucho tu comentario.
Encantada de ir leyendo a los desvaneros.
Abrazos

Susana dijo...

Que buen relato, Mª Isabel. Te felicito y te mando un beso.