domingo, 11 de enero de 2009

Al otro lado del espejo

Luis Berastain Díez

(Finalista Certamen Civilia 2008)

Ignacio Ayala se agitaba inquieto en su asiento. Hubiera pagado por no asistir pero era inevitable: se organizaba en su honor. Una música estridente aumentaba la sensación de caos que provocan quinientas personas buscando acomodo en sus butacas. Sí, definitivamente, hubiera pagado por no asistir.

—“Señoras y señores, buenas noches. Estamos aquí hoy, en este acto de entrega de premios, acompañados de las más destacadas personalidades del periodismo y la comunicación, para otorgar un premio galardón muy especial, el reconocimiento a la labor de un compañero que es un modelo a seguir para todos nosotros...”

Ignacio contemplaba la escena con el temor —y la certeza— de que en unos minutos todo el país estaría observándole.

—“... Pero los más audaces también sueñan con que su trabajo consiga cambiar las cosas, mejorar la vida de los demás.”

Silencio. Las miradas convergían en el escenario, aunque algunas de esas miradas buscaban contactar con la suya. Sus ojos se resguardaban de la curiosidad de los demás gracias a unas gafas de sol pasadas de moda, bastante grandes y oscuras como para que nadie penetrase a través de las ventanas de su alma.

—Esta noche vamos a entregar un galardón reconocimiento especial a alguien especial. Un compañero que ha conseguido que todos nosotros, desde nuestras casas, hayamos deseado ayudar a esos pequeños, los niños de la guerra; hayamos soñado con evitar que las niñas de muchos países de África sufran mutilaciones sexuales; hayamos reaccionado ante catástrofes de la humanidad como las de Darfur, Somalia, Haití...”.

Ignacio contenía el aliento como si se hubiera olvidado de respirar, sus manos agarraban los brazos de su butaca dejándole los nudillos blancos. Tal vez intentaba mantener su cuerpo presente, ya que su mente volaba lejos.

— “... El fotógrafo y periodista que ha aguijoneado nuestras conciencias y nos ha hecho pensar que lograremos cambiar las cosas. Con todos ustedes, el ganador del premio Atkins de comunicación visual, nuestro querido y admirado compañero, ¡Ignacio Ayala!”.

Una fuerte ovación arrancó de repente y mantuvo su intensidad mientras Ignacio luchaba por despegarse de su butaca, que ejercía sobre él un poder de atracción casi invencible, igual que el condenado a muerte se veía adherido al suelo imposibilitando que su cuerpo se moviera ni un milímetro camino del cadalso. Consiguió avanzar hacia el escenario,se levantó de la tercera fila y, alentado por las palmadas y apretones de manos que recibía a su paso de gente anónima para él. En lo alto de ese Olimpo le aguardaba avanzó hacia el escenario donde el Presidente de la Academia le espera con una pieza escultórica en cuya base figura el nombre del galardón.

La pantalla gigante bombardea con una selección de sus imágenes más impactantes y reconoce el repertorio de caras infantiles que le han hecho famoso. Él sube los pocos escalones que elevan la tarima donde recogerá el dichoso premio. Recordó fugazmente cuando, pocos años después de la facultad, fotografió los desórdenes producidos en Palestina con motivo de la visita de un Ministro. Bajo ese eufemismo se escondían el saldo de varias familias completas que fueron aniquiladas, incluidos los niños más pequeños. Sus fotos gustaron al director y pronto le encargó cubrir un conflicto en los barrios más duros de Sudáfrica, cuando Soweto y Apartheid eran términos que todo el mundo conocía. La foto del niño negro recibiendo latigazos por su patrón blanco fue su primer trabajo premiado y el pasaporte a los conflictos más importantes de África y Asia.

Desde el estrado Ignacio se dirigió a un público cuyos ojos chispearon de emoción al pensar que el esfuerzo de ese hombre había salvado vidas. Sus fotos llegaron a exhibirse en las Naciones Unidas como argumento para una intervención militar que, pocos meses y varios miles de vidas después, se produjo. Ignacio leyó un breve discurso, bastante formal, que contrastaba con la denuncia gráfica contenida en sus fotos. Parecía como si no quisiera colisionar cara a cara con nadie, como si prefiriera no ser objeto de atención.

La timidez de Ignacio no era fingida; era, aunque más bien se trataba de un retraimiento que le acompañaba al visitarcuando se encontraba en su país y al estar junto a los que decían ser los suyos. A lo largo de estos últimos años llegó a encontrarse más a gusto cuando estaba lejos, en alguno de esos remotos destinos que parecían de otro mundo. Su vida cambió al comprarse un riad en que compró en Marrakech.

Se divorció pocos años después de aceptar este trabajo. Las ausencias eran largas y frecuentes y los regresos se fueron convirtiendo en un trago amargo; Volvía mostrabacon un el humor cada vez más alterado, hablaba poco y parecía distante. Su familia veía como la mente de Ignacio se iba alejando más con cada viaje, con cada clic de su cámara, como si lLo atribuíanas imágenes que tenía que cacaptadasptar se imprimieran no sólo tanto o más en la película sino que también en su propia conciencia. Pero lLas ausencias de Ignacio continuaban incluso en su presencia, quedando cada vez menos restos que rescatar. La situación, sufrida por unos y percibida por el otro, se hizo insostenible, hasta que Ignacio no volvió a su casa. QuisoSe instalarseó en un país que siempre intentó fotografiar, pero que las autoridades no le permitieron nunca hacerlo a sus anchas. A cambio de respetar la prohibición, toleraronle permitieron que viviriera allí sin que nadie le molestara. Eso era exactamente lo que él esperaba del lugar donde residiera, de su mundo particular y privado, reservado sólo para sus sueños. Un refugio inaccesible para la vista y el juicio de los demás, un lugar donde guardar su tesoro más preciado.

Bajo una llamarada de flashes descendió del escenario y se dirigió a su asiento, repitiéndose los movimientos de aproximación de algunos que le conocían y otros muchos que no. Ignacio respiró: la atención ahora se centraría en otros personajes que deseaban obtenerla.

Al acabar la velada se despidió de todos y se fue al hotel. Ni siquiera quiso pasar la noche en casa de su madre, que vivía sola desde que enviudó pocos años atrás. Tampoco quiso quedarse en la ciudad más que hasta el día siguiente, cuando tomaría un vuelo de Air Maroc de vuelta a su nuevo hogar. Allí le esperaba alguienalguien.

Fue poco tiempo atrás. Él necesitaba a alguien que le ayudara en los trabajos domésticos y que cuidara de su casa en su ausencia. Un día, merodeando por los barrios próximos al suyo en su habitual búsqueda del rostro perfecto, se encontró con una familia que había sido desahuciada. Estuvo observando un rato el escándalo en la calle, con sus hatillos y enseres sobre la calzada, cuando se fijó en ella. Sus ojos brillaban en contraste con su piel morena, llenos de vida en aquella escena de tristeza y desesperación. Irradiaba un aura entre desvalido e ingenuo, ajena a lo que estaba ocurriendo. Leylah, que así se llamaba, parecía perfecta para lo que Ignacio necesitaba y gracias a la intercesión de un vecino que estaba al tanto de su status de protegido no tuvo que hablar mucho con su padre para que le permitiera a su hija instalarse en casa del extranjero, cambiando así la vida de ambos.

Al principio le fue explicando como pudo lo que tenía que hacersus obligaciones y ella, como si se tratara defuera un juego, cumplía con sus cometidos domésticos. Cada semana su padre, que había hubo detenido que instalarse en las afueras, iba a la casa para y recogería unos dirhams mientras echaba un vistazo de forma poco disimulada para irse a los pocos minutos. En las primeras visitas Ignacio le dejaba entrar y ver a Leylah, pero a las pocas semanas, la transacción se realizaba en la puerta del riad.

La gente del barrio cuchicheaba al observar los movimientos de la casa, y ban pero la policía local que vigilaba la zona estaba avisada de que no debían molestar al famoso fotógrafo español. Y de esa forma se fue cerrando una burbuja impenetrable sobre su hogar.

Ignacio pudo facturar con rapidez, ya que no llevaba más equipaje que el de mano. Su estancia no había durado más de cuarenta y ocho horas y no quiso alargarla pese a las ofertas recibidas. Deseaba regresar a su refugio tan pronto como le fuera posible. En los últimos meses las cosas habían cambiado. Leylah fue desenvolviéndose cada vez mejor y correteaba por la casa con naturalidad. Ignacio la observaba continuamente y le encargaba más cosas que pudiera hacer en su presencia, juntos. Muy pronto los roces se hicieron menos casuales, más buscados por Ignacio y consentidos por Leylah, que empezó a considerar ese trato como algo normal. Hasta que una noche Ignacio le pidió que le sirviera un té verde, y cuando ella se lo llevó Ignacio la agarró por las muñecas empujándola bruscamenteponiéndola contra la pared y la besó. Leylah se dejó hacer mientras él la desnudó y la condujo hasta la cama estirando de su brazo, mientras al tiempo que ella utilizaba su única mano libre para intentar esconder parte de su menudo cuerpo.

Ignacio estaba nervioso. En un par de horas volvería a estar con ella. Sabía Era consciente de que sula única opción era seguir viviendo en Marrakech. Allí le respetaban o, al menos, no se entrometían. Anhelaba llegar a casa aunque al mismo tiempo pensó que sus nervios no le estaban recorriendo el cuerpoeran sólo por impaciencia. Era consciente de que Een otros lugares, en otras circunstancias, Leylah no estaría con él. La vida le mostraba su cara más injusta pero y no podía evitar el deseo de que su mundo siguiera intacto, de que existiera un oasis al margen del horror tantas veces experimentado. Le vino a la mente la secuencia de fotos que se proyectó en la ceremonia, sólo que ahora la cara de Leylah se interpolaba como si fuera una más de las que consiguió publicar, la más importante.

Con su rostro como único habitante de su mente, entró en la tienda del aeropuerto para comprarle un jabón perfumado. Mañana era su cumpleaños y quería hacerle un regalo, algo que pudieran disfrutar juntos y tal vez distraer un poco el ambiente cada vez más enrarecido. El padre de Leylah, en sus últimas visitas, quiso hablar a solas con ella, pero Ignacio se lo impidió. IgnorabaNo sabía cuánto tiempo más lo conseguiría pero no aceptaba las intromisiones, las violaciones a su mundo privado. No podía consentir que los ojos de otros hombres horadasen las paredes de su casa como un puñal en un trozo de seda. Nadie volvería a entrometerse nunca más en su propiedad, en su vida.

Al llegar pensaba ofrecerle el obsequio y su importante premio para; haría que se sintiera orgullosa de él, para que fuera feliz como él había lo era a su lado, en su pequeño y hermético universo. Que se detuviera el tiempo como si se hubiesen trasladado al otro lado del espejo de Alicia en un mundo que Lewis Carroll hubiera deseado conocer. Que nadie más penetrara en su círculo mágico, secreto, exclusivo. Suyo. Conseguiría que no olvidara nunca ese cumpleaños. Su decimotercer cumpleaños.

sábado, 10 de enero de 2009

El desierto de las mariposas


Antonio Giménez González

(Finalista Certamen Civilia 2008)

Casi un mes esperaron mis abuelos para encontrar a una persona mayor y de confianza que viajara también a Madrid y me acompañara en el viaje. Una corpulenta y simpática señora marroquí, compañera del taller de confección en el que trabajaba mi abuela, se dirigía a España para reunirse con su marido después de seis años sin verse.
Yo vivía en casa de mis abuelos, en la buhardilla, desde que mis padres se marcharon a España. Al faltar pocos días para irme, aquel lugar se había convertido en el nuevo desván, rodeado de los mudos testigos que fueron las cajas llenas de herramientas que el abuelo traía de la vivienda del vecino y que no paraba de subir. Me iba lejos de mi ciudad…, pero es que tres años sin ver a mis padres eran muchos.
Gracias a la ayuda de varios españoles que trabajaban en El Aaiún saqué el billete de avión hasta Madrid sin problemas. Mi abuela me dijo que era personal humanitario; eso no lo entendía bien, ¿había personas que no eran humanas? Aunque esto fuera posible yo no lo comprendía, en fin… dos buenas personas me ayudaron.
La mañana que me fui los gallos no cantaban en la ciudad donde siempre brillaba el sol; según mi abuelo, la capital del Sahara Occidental, cosa con la que mi profesora no estaba muy de acuerdo.
Antes de irnos al aeropuerto me dio un parche con símbolos.
—Siempre me ha traído suerte en la parada del zoco, ahora es para ti, Mohammed, tómalo —me dijo—. El trozo de tela perteneció al traje de mi bisabuelo, quien militó en el Grupo Nómada Saguia el Hamra, el cual formó parte del Gobierno Militar Español antes de la invasión del Gobierno Marroquí.
Nos despedimos con afectuosos abrazos y con la promesa de volvernos a ver lo antes posible. Cuando entré en el avión olía igual que el interior del viejo coche de mi abuelo; eso hizo que el viaje, pese a ser la primera vez que volaba, fuera agradable.

***

Al bajar del avión la multitud rodeó al pequeño, que se concentraba sólo en que sus enormes y brillantes ojos no perdieran de vista el gran trasero de la señora que lo acompañaba. Una vez recogidas las maletas, salieron de la terminal. Entre el tumulto, dos movían los brazos hacia ellos; sin duda eran sus padres.
—¡Mohammed!, ¡Mohammed! —corrieron para abrazarlo mientras se les escapaba alguna lagrimilla a todos.
—¡Papá, mamá! —Un fuerte abrazo a los dos a la vez hizo que se olvidara todo.
—¡Qué alto estás! Diez años recién cumplidos y ya sobrepasas mi cintura —le dijo su padre. Ya eran tres los años en los que solo vio a su hijo en fotografías.
Después de unos conmovedores minutos se despidieron de la mujer que había acompañado al niño, agradeciéndole el servicio. A continuación se encaminaron hacia su nuevo hogar, en el humilde y trabajador barrio de Carabanchel Alto. Se había acabado compartir alquiler con seis personas, por fin las jornadas de doce horas de su padre en las obras de acceso a la capital, y el cuidado por parte de su madre de una pareja de ancianos, les permitieron mudarse a un sencillo pisito, trayendo por fin a su hijo junto a ellos.
—Seguro que te encanta el nuevo dormitorio, es pequeño pero no le falta detalle, dentro de unos días empezarás a ir a la escuela. Está todo preparado —le comentaba su madre mientras él seguía absorto contemplando los grandes edificios.
Mohammed entró en la que iba a ser su habitación. Pintada de un color ocre brillante, en ella le esperaba una cama, un escritorio bien iluminado al lado de un ventanal de sencillos cortinales blanco nácar, estanterías en exceso, libretas, pinturas, y una sencilla mochila azul. No podía estar más contento, ni pedir más. En medio de su alegría percibió que un niño rapado y mayor que él permanecía inmóvil observándole desde la ventana de enfrente; ambas habitaciones daban al patio interior del edificio, Mohammed se acercó a la ventana y lentamente levantó el brazo en señal de saludo, el otro niño hizo lo mismo, cuando en ese preciso instante la madre de nuestro amiguito le llamó desde la cocina, perdiéndose rápidamente en el interior de la casa.
Mientras comían le contó a su madre el encuentro con el vecino. Sus padres se miraron.
—Hijo, no es un niño —comentó la madre—. Es una niña, se llama Clara y tiene dos años más que tú, lo que pasa es que está malita y lleva un tiempo sin salir de su casa.
A Mohammed le sorprendió que fuera una niña, aunque la había visto de lejos.
—Además, resulta que vais al mismo colegio, ahora la mamá de Clara tiene que ir cada dos días a pedir los deberes a la maestra, y tú podrías recogerlos todos los días.
El corazón del niño enseguida entendió que haría bien con el encargo y acepto sin pensarlo.
Pasaron unos días y el mocito se enfrentó a su primer día de escuela, sus compañeros de clase le tenían reservada una mesa en la última fila de la clase. No habló demasiado, prefirió dedicarse a entender lo que decían los profesores; aunque con su abuelo practicara el español casia a diario, aquello era bien distinto. Al finalizar las clases subió a la planta donde estudian los mayores y entró al aula indicada por su madre, la de Clara. Una joven profesora estaba al tanto de la situación y le dio unas hojas.
Dejó la mochila en su casa y llamó a la puerta de su vecina. Una mujer alta de ojos verdosos y de pelo largo castaño abrió la puerta.
—Hola, guapo, tú debes de ser el hijo de Karin, pasa, pasa, Clara está en su habitación —la mujer trasmitía mucha simpatía y serenidad.
Clara veía una pequeña tele que tenía encima de su escritorio. Ahora sí, claramente era una chica. Su piel, blanca como la espuma de las olas, sus ropas dejaban intuir una pronunciada delgadez, sus ojos eran grandes y redondos como dos lunas verdes.
—Hola —saludó la niña con una sonrisa e los labios—. Me llamo Clara, me ha dicho mi mamá que tú me vas traer los deberes todos los días hasta que me ponga buena.
—Si —asintió él—, me llamo Mohammed y me parece que somos vecinos de ventana. —Unas sonrisas llenaron la habitación mientras él le daba las notas de la maestra—. Toma, esto es lo que me han dado para ti.
—Muchas gracias —Clara ojeaba la hoja de ejercicios—. Ufff, qué rollo, hoy me tocan “mates”. —Una cara de pucheros forzados por parte de clara y de nuevo saltaron las risas de los niños que se escucharon por todo el patio interior.
—Bueno, yo también tengo que irme a estudiar, mañana vendré a la misma hora. —Dijo él mientras se retiraba hacia la puerta.
—Vale, te estaré esperando… Muchas gracias, Adiós.
Mohammed se detuvo al borde de la puerta: —Adiós no… ¡Hasta luego! —Y desapareció junto a la última sonrisa del día.

***

El chico no falló a ninguna de sus citas en los siguientes días, hasta que una semana después Clara le invitó a quedarse para estudiar junto a ella, Mohammed aceptó alegre la propuesta, porque además ella se ofreció para ayudarle con las dificultades que le surgían con el idioma.
Las tardes fueron alargándose en casa de Clara, ya no solo estudiaban, jugaban y veían dibujos en la televisión mientras merendaban pan con chocolate, siempre con el pretexto de mejorar el español del amiguito. En ocasiones, incluso antes de acostarse, hacían el tonto en las ventanas, pero eso era un secreto.
Desde que la visitaba el chico, Clara había mejorado considerablemente su aspecto, consiguió dar algún paseo por la calle acompañada de su madre. En ocasiones, cuando la mamá de Mohammed podía permitírselo, quedaba con la de Clara para tomar algo mientras los niños permanecían en el cuarto.
—¿Mohammed, donde vivías volaban las mariposas? —preguntó su amiga mientras le enseñaba una foto del bello insecto.
—Sí, pero esas las he visto por primera vez aquí —respondió señalando la imagen—. En cambio, mi abuelo me habló en una ocasión de las mariposas del desierto.
—¿Mariposas del desierto? Qué bonito… Cuenta, cuenta —pidió Clara con interés.
—Mi abuelo me contó antiguas leyendas sobre las personas que viven en el gran desierto, que lo cruzan y lo conocen como la palma de su mano. Ellos dicen que las paredes de sus casas son las estrellas que sin sus únicas compañeras, además de los camellos. Se hacen llamar, allí por donde pasan, las mariposas del desierto.
Clara quedó pensativa imaginando las mil y una noches, cómo sería una de esas caravanas de alquimistas errantes en plena madrugada y en medio del solitario desierto, lejos de todo el sufrimiento de esos momentos.
—Mohammed... —Un expectante silencio, solo interrumpido por el eco de la lejana conversación de sus madres invadió el cuarto, mientras sus miradas se cruzaban sinceras—. Prométeme que un día iremos a buscar esas mariposas.
—¡Prometido! —dijo él sin mucho tiempo para pensarlo—. Yo también he querido verlos siempre. ¡Prepararemos una expedición junto a mi abuelo!.
—¡Muchas gracias! —exclamó ella con una gran sonrisa.

En ese momento empezaron a fantasear sobre la incursión en las dunas y las aventuras de piratas que vivirían en alguna misteriosa gruta perdida llena de tesoros. La hora de volver a su casa ese día llegó muy pronto y no porque se él fuera antes, sino porque no se hubiera ido nunca.
Pasaron las semanas y Mohammed aprendió más y más en clase, y las tardes con Clara eran esenciales para ayudarle a conocer partes de la cultura desconocida para él; de esta manera entendía mejor el porqué de las cosas que sucedían a su alrededor.
Pero un día todo cambió para la pareja de amigos. Clara ingresó de nuevo estaba en el hospital por a una recaída en su enfermedad. La madre de la niña tranquilizó a Mohammed asegurándole que, si todo iba bien, estaría de vuelta en unos días.
Todas las tardes Mohammed tocaba a la puerta de Clara con la esperanza de saber de ella o de su estado, las respuestas eran las mismas un día tras otro, en algunas ocasiones se encontraba con la casa vacía. Los interminables días fueron quince y gracias al contacto entre las dos madres supo que Clara volvería a su casa el que hacía dieciséis. Aquella tarde Mohammed corrió sin parar desde el colegio hasta el rellano de su escalera y, acelerado, tocó a la puerta de Clara. La madre abrió y le comunicó al niño que su hija estaba algo débil por el traslado, le prometió que al día siguiente sería el primer visitante. La mamá de Mohammed, que sintió la algarabía que formó su pequeño, abrió para que su hijo entrara en el momento en que el niño entregaba todas las hojas que la profesora le había dado a diario para Clara. Las dos mujeres coincidieron con sus miradas antes de cerrar al unísono las puertas…
Esa noche Mohammed se quedó un largo rato parado en su cuarto, estático, pensativo, pendiente de cualquier movimiento en la ventana de enfrente. Una tenue luz de flexo permaneció encendida hasta muy tarde. Llegó a percibir siluetas pensando que podía ser ella, pero la suave brisa, provocaba que el cortinaje deambulara más que él mismo, engañándolo en sus infinitas formas.
Al día siguiente se repitió la misma escena que el día anterior. En esta ocasión la madre de la niña, al abrir la puerta, le dio indicaciones.
—Amiguito, Clara está muy débil por el tratamiento que está siguiendo, así que te ruego contengas un poco esa euforia. —Él captó enseguida la preocupación con la que hablaba la madre.
Asintió con la cabeza, dejo la mochila en el comedor y se dirigió al cuarto de ella. La encontró acurrucada en la cama. No había duda, era ella, pero cambiada, más delgada si cabía, más pálida, sin ningún pelo en su cabeza; aquel rostro descubría, sin quererlo, el sufrimiento que albergaba en su interior. Mohammed tomó entonces conciencia de la gravedad de la situación. Ella, en lo que parecía una sonrisa, frunció el ceño. Hablaron mucho, toda la tarde y todo lo intensamente que nuestra amiga podía, de los deberes, de las cosas que a él le ocurrían en el colegio y de las que Clara le seguía aconsejando como una hermana mayor; por supuesto no faltaron los chismes de la hora del patio. Con todo esto llegó la despedida, que en esta ocasión llevó a la pareja más tiempo del habitual.
—Mohammed, me han dicho que estoy muy malita —dijo Clara, y él sintió como si le hubieran echado un jarro de agua fría. Unos segundos después reaccionó.
—¿Y puedo hacer algo para que te pongas buena? Lo que sea...
—El doctor me ha dicho que, dentro mis límites, tengo que hacer aquello que me haga feliz —dijo ella.
—Entonces podemos irnos a ver a mi abuelo para que nos lleve a buscar a esas personas del desierto —unas susurradas risas asaltaron a ambos.
—Eso creo que no va a poder ser, en este momento pretendo algo más sencillo —dijo ella—. Lo que ahora me hace feliz es estar aquí contigo… si no te molesta, claro. —Sobraron las palabras, un sincero abrazo entre ellos rubricó lo dicho por Clara. El niño salió emocionado de la habitación y se despidió de la madre hasta el día siguiente, ella ya conocía el deseo de Clara.


***

Un fuerte gemido despertó a Mohammed esa noche, la madrugada estaba muy avanzada y el ruido parecía proceder de la habitación de Cara. Se precipitó de la cama hacia la ventana, y apreció, entre luces y sombras, movimientos. La madre de Mohammed se asomó a la puerta de la habitación y encontró al niño asustado junto a los cristales
—¿Qué está pasando, mamá? —preguntó aterrado a su madre atravesándola con la mirada. Ella dio la vuela y él escuchó cómo salía al rellano y llamaba a la puerta de la vecina. Los latidos del niño se aceleraban, intuía lo que podía estar pasando sin querérselo creer.
Su madre apareció lentamente por la puerta del cuarto de Mohammed con lágrimas en los ojos.
—¡Nooooo!... —gritó el niño estremeciéndose de angustia. Miraba a su madre y no quería admitirlo. Ella se acercó y lo arropó con sus corpulentos brazos.
—¿Por qué…? —el llanto partió la noche en los mismos trozos en los que se deshacía su alma. Las lágrimas se derramaban por los surcos que sus tostadas mejillas dejaban a la tristeza. Se empañó su vista, como si esas gotas tristes supieran del dolor y le pedían que cerrara los ojos y huir hasta El Aaiún. Para secárselas agarró lo primero que vio en el escritorio; era el trozo de tela que le regaló su abuelo. Lo miró y pensó que a Clara le hubiera gustado conocer su ciudad, donde siempre brillaba el sol. Y a él… le hubiera gustado poder estar más tiempo a su lado, como ella deseaba.
—Llora, hijito, llora… Hoy es una noche triste para todos —musitaba la madre mientras intentaba arropar el cuerpecito del niño parado en la ventana. Su padre, asomado a la puerta de la habitación, sin el valor suficiente para acercarse a su hijo, permanecía en la oscuridad del pasillo orando en silencio...

Tiempo después, Mohammed tuvo un sueño, él y Clara volaban guiados por las estrellas al abrigo de la noche, hacia el encuentro de una caravana de mariposas del desierto. Al borde de una hoguera y rodeados por magos, astrólogos y alquimistas, crepitaban por cada centella numerosos cuentos y leyendas. En medio de la nada más absoluta, abrazados, tuvieron la oportunidad de despedirse cumpliendo felices su promesa… Clara se quedó con ellos para aprender sus secretos. Mohammed regresó para vivir entre nosotros.

http://www.myspace.com/atmanproject

jueves, 8 de enero de 2009

Café solo


Luis Berastain Díez


(Finalista Certamen Civilia 2008)


Como cada jueves, esperaba su visita semanal. Después de mucho tiempo por fin había regresado. Sus manos recorrían con una mezcla de soltura y una cierta cautela la encimera de su cocina, buscando una caja de galletas. Al tropezar con ella, la cogió con ambas manos y se la acercó mucho a la cara, casi hasta tocársela. Creyó reconocer los colores —mezclados y sin dibujar formas definidas—, la tanteó hasta abrirla y tomó algunas pastas para depositarlas en un plato. El olor del café se adelantó al borboteo del líquido ardiendo, ya listo para ser consumido. Un aroma que le recordó los días del pasado en que se lo preparaba a su hijo, de pequeño; a la misma edad que otros desayunaban leche o chocolate, él prefería manchar de café su tazón de leche o empapar sus galletas en el líquido oscuro de su madre. Hay quien decía que eran caprichos de hijo único, que criar sola a un niño lo convertía en un consentido… Qué sabrían ellos. Tuvo cuidado al verter el contenido de la cafetera en un termo, para que su hijo lo encontrase perfecto. Café solo, fuerte; su preferido. Las dos tazas, las cucharillas y el azúcar ya estaban preparados sobre una bandeja desconchada. Por suerte su cocina era pequeña y casi le bastaba con extender la mano para alcanzarlo todo.

Al principio, todo fue bien en el matrimonio. Tras los primeros meses juntos, su marido empezó a comportarse de forma cada vez más distante, como si fuera un espectador de su propia vida. La llegada del bebé trajo las primeras discusiones, hasta que él se largó. Sin explicaciones. Dijo que no quería arruinar su vida en aquel sitio. La paternidad no le ayudó a arreglar el ambiente podrido que respiraban en casa. Pocas palabras, muchos silencios, algunas escapadas… Casi sin darse cuenta se encontró criando al niño ella sola. De joven le enseñaron a coser y ahora le serviría para conseguir algún dinero y así ir tirando. Un tiempo después el cielo le envió una bendición envenenada al quitarle la vista y evitar así darse cuenta de que sus vecinos murmuraban al pasar, compadeciéndose de ella, una costurera sin vista, una madre sin marido. Cuando el chico acabó el colegio ella se empeñó en que siguiera estudiando; él rechazó la idea. Le dijo que ahora le tocaba a él cuidar de ella. El recuerdo de aquella conversación le provocó una sonrisa. Tan cabezota como ella misma, ahora se sentía responsable y quiso protegerla. Sólo de pensarlo le entraba un ataque de ternura. Como las cosas estaban difíciles y necesitaban dinero, se enroló en el ejército, creyendo que de esa forma conseguiría aprender un oficio y también cobrar un sueldo. Y así fue durante un tiempo. Él traía dinero a casa y ella se ocupaba de su ropa, de cocinar para él, de hacerle sentir en su hogar. La cara se le entristeció al recordar la noticia. Una misión humanitaria. El eufemismo no la confundió, no era tonta. La posibilidad de estar en territorios poblados por balas, bombas y minas era la pesadilla de cualquier madre en aquellos días. Poco tiempo después de salir su grupo, las noticias dejaron de llegar. La inquietud se instaló en su pequeña casa y se fue apoderando de cada rincón en el largo mes en que no recibió ningún mensaje ni carta de su hijo. Ella visitaba diariamente las oficinas de los jefes militares en busca de respuestas; no las hubo. Su cabeza hervía de especulaciones, de presagios, de preocupación, cuando finalmente recibió una carta con membrete del ejército. No quiso abrirla. Sostuvo el sobre cerrado entre sus manos varias horas, temerosa no tanto de no poder leerla con sus ojos agotados como de conseguir atisbar algunas palabras no deseadas. Por suerte aquello ya pasó. Ahora ya estaba de vuelta. Un día sonó el timbre de la puerta, al abrirla adivinó su contorno y no hubo preguntas. Le abrazó y estiró de él para que entrase en casa. Le preparó un café caliente, como a él le gustaba; las numerosas preguntas sobre la misión contrastaban con la brevedad de las respuestas; quedaba claro que no quería hablar de ello, así que se entretuvo en contarle chismes del barrio, de la gente que conocían hacía años, pensando que le ayudaría a sentirse como en casa. Al marcharse, le dijo que necesitaba su propio espacio pero que la volvería a ver a la semana siguiente y, desde entonces, lo hacía cada semana, sin falta, cada jueves.

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Desde hacía un tiempo la visitaba cada jueves.

Vagabundeaba por aquel barrio desde hacía tiempo, el suficiente para que los vecinos se hubiesen acostumbrado a verle por allí. Sabían que era inofensivo, que nunca molestaba a nadie. Incluso alguno se atrevió a preguntarle cosas para saber más de él; no había mucho que contar, así que prefería guardar silencio o contestar con monosílabos. Además era preferible que nadie supiese cómo había acabado allí. En un vecindario con chicos jóvenes, un historial de adicciones no te conseguía ninguna dosis de piedad, ningún bocadillo de misericordia ni un termo de sopa de lástima en las noches frías de invierno.

Conocía a la mayoría de habitantes de aquellas cuatro calles. El panadero, el del bar, las señoras que compraban cada mañana la leche, la niña a la que acompañaba aquel imbécil con su moto ruidosa, como si las calles fueran suyas. También tenía visto al muchacho que, un buen día, empezó a vestirse de uniforme. Notó que le miraba de reojo, como si comprobara que estaba en su esquina, sin juzgarle, sin temor. Le recordaba a él mismo; no les separaban muchos años, sino los caminos tortuosos que él recorrió y que le condujeron a ninguna parte… Abandonó su casa por la calle y las malas amistades. Al cabo de un tiempo supo que su madre había muerto. Su padre le dijo que era culpa suya, que los disgustos pudieron con ella, que la había matado. Al oirlo se produjo un cortocircuito en su cerebro. Nunca más pisó aquella casa. Nunca más su cabeza volvió a funcionar como la de los demás.

Un día la noticia vino flotando hasta él. Lo oía todo, se enteraba de todo. Aquel con aquella, aquella que se quedó sin esto o sin lo otro, el otro que lo perdió todo… Todo y nada giraba a su alrededor y formaba parte del escenario sonoro en el que deambulaba. Al enterarse de lo de aquel chico, un temblor propio de otras épocas le recorrió la columna. El recuerdo de su madre, muerta de pena y de soledad, fue como el chispazo eléctrico que te estremece, te lanza adelante, te conecta algunas neuronas que hasta ese momento habían estado aletargadas, en desuso. Sin pensarlo, como todo lo que hacía, se dirigió hacia aquella casa donde vivía el joven con la madre. Se quedó un rato largo frente a la entrada, mirando la ventana donde en alguna ocasión recordaba haberla visto a ella sacudiendo un mantel o regando las macetas, ahora mustias o vacías. No pudo saber si el tiempo transcurrido fueron minutos u horas, un instante o una eternidad. Tiempo en el que algunos recuerdos pugnaban por salir a flote sin acabar de encontrar la escotilla de salida, creando un collage extraño y desordenado en su desordenada cabeza. Como un autómata, cruzó la calle y entró en el portal. Subió por las escaleras oscuras hasta el primer piso y se detuvo otra vez frente a la puerta de la vivienda. Oyó pasos y tal vez unos sollozos, los mismos sollozos que a su propia madre se le escaparon al ver que perdía a su hijo, que se alejaba de ella sin poder evitarlo. Alargó la mano y tocó a la puerta, esperando que tras aquella lámina de madera apareciera su madre ausente, como si aún estuviera viva, como si nada hubiera pasado. Al abrirse la puerta percibió aquel olor que le transportaba al más allá, al pasado nunca vivido, al presente que no existe. Ella le estaba esperando con una taza de café; de café solo.

sábado, 3 de enero de 2009

Lola Buendía recibe una Mención Especial en el Certamen Diputación de Jaen de Narrativa


Yolanda Ortiz y Manuel Carlos Sáenz ganan ex-aequo el XVIII Premio para Escritores Noveles de Jaén. Lola Buendía recibe una Mención Especial.


Yolanda Ortiz, de Jaén, con 'El cordón umbilical', y Manuel Carlos Sáenz, de Torredonjimeno, con 'La Magia de Baobab', han obtenido ex aequo el XVIII Premio para Escritores Noveles que convoca la Diputación Provincial de Jaén para obras en poesía o narrativa de autores noveles de la provincia. Los dos ganadores se repartirán los 2.000 euros con los que está dotado este Premio que, además, incluye la edición de sus respectivas obras por parte de la Diputación Provincial de Jaén. Los dos libros ganadores son de poesía, pero el jurado ha decidido que otro de los libros presentados, en este caso de relatos y titulado 'Los valles olvidados', de la jiennense María Dolores Buendía, sea también editado. El jurado, que ha estado presidido por la diputada de Cultura y Deportes, María Angustias Velasco, e integrado por los escritores Antonio Carvajal, Manuel Urbano Pérez y Juan Manuel Molina Damiani, y las profesoras universitarias de Literatura, Elena Feliú y Genara Pulido, ha destacado el nivel de las obras presentadas a este certamen, "que ha dificultado en gran medida la elección de los ganadores, ya que todas se han distinguido por su calidad", ha subrayado María Angustias Velasco según la nota emitida por la Diputación en su página web.

El certamen de Escritores Noveles es una de las iniciativas anuales que pone en marcha la Diputación para cumplir el objetivo de "incentivar a los jiennenses interesados por la poesía y la narrativa para que escriban sus propias obras y fomentar la creación literaria en la provincia". Este Premio ha sido obtenido en sus ediciones anteriores por jóvenes escritores de la provincia que posteriormente se han consolidado como autores reconocidos, como es el caso de Jesús Tíscar, Tomás Afán o Javier Cano, entre otros. La ganadora de la edición anterior fue Felisa Moreno Ortega.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Cuentos del Desván






Este es el libro que algunos alumnos del taller editaron a finales de 2008 para regalarselo al "profe" en las fiestas navideñas.




En él incluyeron sus dedicatorias y relatos:








Clara García Baños
Dorotea Fulde Benke
Enrique Sánchez Elvira
Felisa Moreno Ortega
Jesús Muñiz González
Juan Manuel Rodríguez de Sousa
Lola Buendía López
Maribel Pont
Mercedes Martín Alfaya
Paola del Campo
Teresa Cameselle
Ysabel González Maroto

martes, 30 de diciembre de 2008

Libertad de Unión






Libertad de Unión

Paco Piquer


(Seleccionado y Publicado en El País Semanal verano 2008)





Un pastor se encuentra con un lobo.

-Tópica situación. La historia se repite -convinieron ambos.

-Deberíamos buscar un arreglo -propuso el lobo.

El pastor estuvo de acuerdo, y días después se inscribían en el registro de parejas de hecho.

Trescientos veintisiete testigos balaron de alegría

El ardor en la sangre

Felisa Moreno Ortega
(Primer Premio Certamen Mujeres Creadoras del Ayuntamiento de Baena 2008)

¿Te vas a llevar alguno?
- No, no, solo miraba -Salvadora, azorada-, cóbrame el Marca.
Aniceto observó cómo abandonaba la librería; todos los días igual, cogía el periódico deportivo, ojeaba algunos libros del expositor para luego dejarlos allí. Pagaba el importe justo del Marca y se deslizaba sobre sus zapatos de tacón bajo hacia la puerta. Salvadora no era ninguna belleza, su cara anodina y limpia de maquillaje pasaría inadvertida ante cualquiera. Las formas de su cuerpo permanecían escondidas bajo una ropa amplia, asexuada: camisetas de algodón, vaqueros anchos, blusas sueltas. Madre de dos hijos, ya mayorcitos, los dos varones a veces venían con ella a la papelería y correteaban entre los estantes provocando la ira de su progenitora. Se la veía cansada, cansada de regañarles y de luchar para que se portaran bien, pero a los diez y trece años la energía rebosa del cuerpo y se desborda en forma de travesuras y correrías.

No era atractiva, pero a Aniceto le llamaba la atención su forma de mirar los libros, de tocarlos, de pasar las hojas, de detenerse en alguna página y leer unos párrafos. Veía cómo le llameaban los ojos, cómo se le encendía el semblante; a veces pasaban largos minutos hasta que algún ruido la sacaba de su ensimismamiento y cerraba el libro con pesar. Para el librero constituía una incógnita por qué nunca compraba ninguno. Conocía a la familia, no eran ricos pero tampoco pasaban necesidades; su marido, maestro albañil, trabajaba todo el año, que ya era mucho decir en un pueblo como aquel en que se dependía tanto de la campaña de la aceituna o de la temporada de los dulces navideños, en la que de septiembre a diciembre también se empleaba Salvadora, más de una vez la había visto con el gorrito y la bata blanca y aquella cara de cansancio que nunca la abandonaba. Aniceto cerró la tienda y caminó despacio hasta su casa, quizá antes se pasara por el bar de Patricio, le gustaban las tapas y la compañía, siempre había alguien con quien hablar, eso es lo bueno y lo malo de los pueblos, el conocerse todo el mundo. De él dirían que era un viejo solterón; un extraño caso al no carecer de posibles y nunca fue feo —ni siquiera ahora con más de sesenta años sobre su espalda, aún conservaba su aire distinguido y culto, por el que suspiró más de una muchacha—. A él no lo preocupaban estos comentarios, se encontraba a gusto con su vida, con su soledad escogida. Su única compañía, los libros, sus más fieles amigos.

Salvadora llegó a su casa acalorada, se había entretenido de más en la librería y ahora le tocaba correr para preparar la comida, su marido apenas disponía de una hora para almorzar y los niños llegarían enseguida del colegio, peleándose y armando bulla como siempre. Cómo le hubiera gustado tener una niña, sensible y callada como ella, que pasara las tardes inventado historias, jugando a ser escritora u organizando un teatro con sus muñecas. Pero no, tenía aquellos salvajes que destrozaban todo cuanto encontraban a su paso, comenzando por los libros que ella les compró con tanto interés cuando eran más pequeños para iniciarlos en el goce de la lectura. Pero mejor no ahondar en la herida.

Aniceto pensó toda la tarde en Salvadora, sin duda aquella mujer tenía el virus de la lectura, infectada hasta el tuétano de esa pasión por la letra impresa. Él sabía reconocerlo, no en vano se había criado entre libros y lo padecía desde muy pequeño; la librería la heredó de su abuelo y de un vistazo distinguía a los que padecían su mismo mal, los observaba en su negocio, ojeando los ejemplares sin decidirse, sintiéndose mal por elegir a uno y despreciar a los demás; a veces los veía marcharse sin nada, pero sabía que volverían pronto y se llevarían dos o tres. Veía la avaricia en sus ojos, ansiosos de devorar las letras impresas que les rodeaban. ¿Por qué no Salvadora?, ¿qué le impedía comprar aquellos ejemplares que acariciaba cada día?, ¿por qué se conformaba con un periodicucho deportivo? Estaba decidido a dar un paso, a preguntarle el motivo de su actitud, en los pueblos no es tan extraña esa curiosidad, esa invasión de la intimidad de los demás.

Salvadora entró a la librería, como siempre cogió el Marca y con el periódico bajo el brazo se fue a toquetear los libros. Sus manos pequeñas, de dedos finos, abrazaban el lomo, mientras sus ojos miel acariciaban la contraportada. Uno tras otro los fue revisando, deteniéndose un poco más en las novedades. Hoy venía con tiempo, así que se fue al rincón de lo viejo, donde reposaban ediciones antiguas, muchos eran de segunda mano, le atraía aquel olor ennegrecido por el paso de los años.

Ya se marchaba después de pagar el periódico cuando Aniceto la llamó; había estado dudando hasta el último momento, pero al fin se decidió, no a preguntarle por sus motivos sino a regalarle un libro.
- Tome, es para usted ¾dijo con una sonrisa amable.
- ¿Para mí?, ¿por qué? ¾preguntó Salvadora, extrañada.
- Por ser una buena cliente, todos los días viene por aquí y me apetecía hacerle un regalo.
- No puedo aceptarlo.
- Claro que puede, es una promoción que estoy haciendo con mis mejores clientes; además es muy cortito, seguro que sacará tiempo para leerlo.

Salvadora se fue con el libro en las manos. Miró el título, El ardor en la sangre. La autora tenía un apellido ruso, difícil de pronunciar; atrajo su atención que se llamara Irene, el nombre que le habría puesto a la niña que nunca tuvo. Suspiró cansada y pensó que lo mejor sería que Paco no lo viera, quizás no se creyera que se trataba de un regalo y no le apetecía que le montara otra escena. Últimamente las peleas se sucedían, bebía demasiada cerveza y no encontraba forma de hablar con él sin acabar discutiendo.

Cuando se quedó sola abrió el libro, su marido estaba en el tajo y sus hijos acababan de marcharse a clases extraescolares de inglés. Lo leyó de un tirón y al terminarlo notó en la boca un sabor agridulce, le había gustado tanto que le dolió que fuera tan corto, que se acabara así, devolviéndola a la realidad en poco más de un par de horas. Reflexionó sobre el argumento: un hombre mayor que después de una vida intensa decide recluirse en su pueblo natal, un pueblo donde los secretos son a voces, donde la hipocresía rige los comportamientos, pero donde late la sangre con un ardor que todo lo trastoca. A Salvadora también le hervía la sangre, ¿por qué tenía que renunciar a lecturas como aquellas?, ¿por qué debía aparentar una felicidad que no sentía? Paco no era consciente del daño que le infligía, no notaba cómo se apagaba la luz de sus ojos, no veía cómo perdía la ilusión por vivir, no percibía el eterno cansancio que se adueñaba de su cuerpo nada más levantarse para empezar una nueva jornada sin ilusión alguna.

Guardó la novela cuidadosamente entre sus libros viejos, con la intención de releerlo al día siguiente. Sus colores brillantes destacaban mucho, así que lo escondió bajo El Quijote, obra que se conocía casi de memoria, tantas veces lo había leído.
¾¿Te ha gustado el librito de Nemirovsky?
Salvadora asintió con la cabeza y le ofreció una cálida sonrisa en agradecimiento. Como cada día, husmeó entre los libros; pero hoy se decidió a coger uno y acercarse con él al mostrador. El librero, emocionado, le cobró el importe; sabía que algo había cambiado, que de alguna forma la mujer empezaba a atravesar ciertos límites, tal vez autoimpuestos. Sabía que aquel libro no la dejaría indiferente, que despertaría sus ganas de leer. Era uno de sus favoritos, a veces se sentía identificado con su protagonista, un observador pasivo de la realidad.

La escena se repitió durante varias semanas, Salvadora además del Marca se llevaba a casa un librito cada día, solía escogerlos de ediciones baratas de bolsillo, pero los miraba como si fueran grandes joyas de edición cuidada. De vez en cuando Aniceto le regalaba algún ejemplar especial que ella aceptaba con cierta reserva, reparo que iba disminuyendo conforme aumentaba su amistad. A menudo charlaban sobre los libros, hasta que ella salía corriendo para tener a tiempo la comida.

Un día, al llegar Salvadora a casa vio las botas a de su marido en la entrada. No lo encontró en el comedor con la cerveza y tuvo un mal presentimiento; subió por las escaleras y aparecieron desparramados por el suelo los libros que había adquirido durante un mes y que ocultaba en su baúl.
-¿Qué esto, Salvi? -preguntó su marido, congestionado- ¿es que has olvidado las reglas, has olvidado lo que te dije aquella vez?

No, Salvadora no lo había olvidado, recordaba perfectamente el enfado de su marido por el dinero desperdiciado en las colecciones de libros que los niños destrozaron antes incluso de terminar de pagarlos. Nunca podría olvidar aquel día, desde entonces estaba prohibida la compra de libros, a excepción de los del colegio. Salvadora lloró mucho esa jornada, lloró a escondidas de su marido, sabía que no cambiaría de opinión con facilidad. Escondió sus libros en un baúl para que los niños no terminaran por destrozárselos, disfrutaban arrancando las hojas y arrojándolas al fuego de la chimenea. Entonces eran pequeños, apenas tres y seis años, pero a pesar del tiempo transcurrido su marido no había dado su brazo a torcer.
- Los libros son parte de mí, si no los quieres a ellos, a mí tampoco me quieres-dijo por fin con la voz ahogada en llanto, era la primera vez que se rebelaba contra su marido.
Él parecía no escucharla, seguía vociferando. Mientras, ella recogía los libros sin contestar a sus improperios. Algo se había roto para siempre, ahora lo veía con una claridad absoluta, como cuando limpias los cristales tras un día de lluvia.


Nada más verla aparecer en la librería, Aniceto supo que algo había cambiado. Después de días sin aparecer por allí, él empezaba a echarla de menos; el brillo fiero de aquellos ojos canela, los labios fruncidos, las mejillas encendidas y la forma de apretar el libro que llevaba entre sus manos le indicaron que Salvadora era otra mujer. La miró entre sorprendido y admirado, nunca la había visto tan bella, tan salvajemente seductora y se odió por ser tan viejo y odió a su marido por estar casado con ella.
- ¿No te llevas el Marca?
- No, he dejado a mi marido -dijo con decisión­- no volveré nunca más con él, no me quiere.

Las visitas de Salvadora a la librería se espaciaron, ahora vivía en casa de sus padres, trabajaba limpiando casas, cuidando niños o haciendo alguna que otra sustitución en comercios o bares. Su situación económica era precaria. Paco se negaba a pasarle la pensión para sus hijos; herido en su orgullo de macho no podía aceptar que la mosquita muerta de Salvadora, como la llamaba su madre, lo hubiera dejado plantado de aquella manera.

Aniceto pensó mucho durante aquellos días, echaba de menos la compañía de la mujer, las largas charlas sobre literatura. Ella era una esponja que absorbía todo, que quería saberlo todo, le daba pena verla pasar apresurada por allí, más delgada y ojerosa, aunque desprendida ya de aquel halo de eterno cansancio. Pensó y pensó, comprobó sus ahorros, sus planes de pensiones y tomó una decisión.

A través de los cristales la vio caminar decidida hacia la librería, con rapidez colgó el letrero al lado de la caja: “Se necesita dependienta, razón aquí”. Ella lo vio nada más entrar y le interrogó con la mirada.
- Necesito ayuda, me voy haciendo viejo, ya casi no puedo con las cajas ni subirme a las escaleras.

Salvadora, sonriendo, lo miró; a pesar de su edad se conservaba bien, aún mejor, como un roble, y sabía que aquel negocio no daba para un contrato.
- Gracias por el ofrecimiento, pero no puedo aceptarlo.
La vio alejarse y comprendió que ella ya no quería depender de nadie, que la flor frágil se había petrificado adquiriendo la fuerza y el empuje necesario para sobrevivir. Se alegró por ella, aunque no pudo evitar que las lágrimas se asomaran a sus ojos, por primera vez en su vida deseó tener veinte años menos, volvía a sentir el ardor en la sangre.

Blog de la autora: http://felisamorenoortega.blogspot.com

El Camino del Sueño





Yolanda Sáenz de Tejada y Eduard Estivill


(Editorial Ara Llibres)



http://www.yolandasaenzdetejada.com/

Pablo de Aguilar ha sido finalista del Certamen Carmen Martin Gaite

Pablo de Aguilar González

Finalista del Certamen Carmen Martin Gaite 2008