miércoles, 29 de julio de 2009

Poetas suicidas. Nuevo libro de Ricardo Fernández Moyano




Acaba de ser publicado un nuevo libro de Ricardo Fernández Moyano:
POETAS SUICIDAS:
sensibilidad o supervivencia

Un interesante trabajo sobre la relación entre la poesía y el suicidio.

Es posible adquirirlo en librerías especializadas de poesía y a través de la editorial Olifante:
http://www.olifante.com/index.php


Blog del autor: http://lavozenlamemoria.blogspot.com/

Lee la noticia en El Heraldo de Aragón: http://www.heraldo.es/noticias/0f939_por_que_suicidan_los_poetas.html?p=409767536

lunes, 27 de julio de 2009

El Diletante. A voz en grito




El Campeón

—¡Eh, papá!
—Dime, hijo.
—¿Por qué soy diferente?
—Todos somos diferentes.
—¿Por qué?
—Tú eres un campeón.
—¿Como los de las pelis?
—Aún mejor, aunque la gente todavía no lo sabe.
—¿Y cuando lo sabrá?
—Cuando hayas muerto.
—¿Y luego?

El Diletante

viernes, 24 de julio de 2009

¡Bragas, cuatro euros! Mimi conduce este Sábado Literario



Mimi nos propone tema esta semana y conduce el blog-bus del sábado.

Puedes leer aquí los relatos:

http://xqsabes.spaces.live.com/blog/cns!202B4EDE27472E09!11365.entry

Lola Sánchez Lázaro, seleccionada en el Certamen Microrrelatos Abogados mes de junio



Cambios

Lola Sánchez Lázaro-Carrasco

(Seleccionada Certamen Microrrelatos de Abogados -junio 2009-)

Inmerso en mi mundo, entre códigos, citaciones y sentencias, recordé la cita. Corrí, compitiendo contra el tiempo, al bar donde habíamos quedado. Al verla, un rayo nostálgico me fulminó y quedé sumido en una tristeza infinita, como un payaso sin sonrisa. -Hola, Marta.- Como respuesta, una mirada glacial. Por inercia pedí dos vodkas con limón. -Al grano, Juan. Por tu mudanza no te agobies, está todo en el portal. Y como no quiero liarme contigo en un contencioso, me quedo con los niños, casa y pensión compensatoria. -Sí, guapa, ¿y qué más? -¿Cómo se llamaba tu última conquista? ¿Joanna? Menor, inmigrante ilegal,...Una criatura inocente, ¿verdad? ¡Qué rápido aprenden los niños! Fíjate, por 3.000 euros tengo un tesoro. Sé que tuviste una noche emocionante.- Sonrió mostrándome un CD. -Es un farol. -Te veo muy pálido. En fin, tú mismo...- dijo alejándose con mi futuro en sus manos.

jueves, 23 de julio de 2009

La infancia y los adultos. Francisca Alcover

La infancia y los adultos
Francisca Alcover
Publicado en Diario de Mallorca el 1 de julio de 2009

La lectura del manifiesto en el Día del Orgullo Gay por parte de dos menores: un niño de seis años y una niña de catorce años, hecho éste ocurrido en Palma el pasado sábado día 27 de junio, es un acto totalmente reprobable. A estas edades, los niños aún no tienen su propio criterio crítico formado y pretender imbuirles con la manera de pensar de los adultos es ni más ni menos un acto de adoctrinamiento. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra "adoctrinar" del siguiente modo: "Instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias". Y esto es lo que se ha hecho con estos niños, inculcarles, por parte de un colectivo de adultos, un planteamiento muy particular, acerca de la sexualidad adulta. Los niños son niños y por ello, dejémosles disfrutar de su infancia, no pretendamos los adultos meterlos en el mundo de los mayores de un modo anticipado; ya irán descubriendo el acontecer de la vida a su debido tiempo pero es inaceptable robarles un solo momento de su infancia mediante el adoctrinamiento. El Instituto de Política Familiar de Balears (IPFB) al no estar conforme con este manifiesto, parece que presentó una denuncia ante la Fiscalía de Menores en la mañana del viernes día 26 de junio; si esto es así, ¿por qué la Fiscalía de Menores no tomó cartas en el asunto a su debido tiempo evitando así la celebración de este acto? Si este colectivo de adultos que organizó este acto el pasado sábado quiere hacerse oír por la sociedad, háganlo -si lo desean- pero usen su propia voz, nunca la de los niños.

miércoles, 22 de julio de 2009

Toda una vida, de Lola Sánchez Lázaro



Toda una vida

Lola Sánchez Lázaro

(Finalista Certamen Amor en el Tiempo 2009)


Tú y yo solos, como tantas otras veces. Sentada en el borde de la cama donde descansas, mientras coges mi mano con ternura, vuelo hacia atrás en el tiempo.Yo llevaba trenzas y aún iba al colegio, ¿recuerdas? Tú me llevabas muchos años y tenías fama de ser un mujeriego empedernido. Una preciosa niña criada al vacío frente a un asiduo de la noche; la noticia se propagó como un incendio avivado por el viento.Mis padres, aterrorizados, te vieron como a un depredador al acecho. Y con tan sólo 16 años pasé de ser la niña mimada al objeto frágil que debían esconder. Así, fui dando tumbos de un internado a otro. El intento por separarnos no sirvió de mucho; tú me seguías la pista como un buen sabueso, sin cejar en el empeño.Dos años de lucha, intentando que te aceptaran, finalizaron el día en que pudimos ver cumplido nuestro sueño. De nada sirvieron, afortunadamente, las advertencias de mi padre sobre tus aficiones o los inconvenientes de una gran diferencia de edad que, según él, me llevarían a convertirme en tu enfermera. Celebramos nuestra boda en la intimidad; sólo tu familia y la mía.Y desde aquel día nuestra vidas se alinearon en una. Nos hemos querido más allá de todo lo razonable, con ansia, como si la vida fuera a acabarse al día siguiente. A veces da hasta vértigo comprobar la intensidad de nuestros sentimientos. Discutimos, claro. Con la misma fuerza con la que amamos. Pero respetándonos, sin hacer daño.El ruido de la puerta al abrirse me devuelve al presente. Ahora, un torbellino de recuerdos se agolpa oscilando entre mi impotencia y tu resignación, entre mi desesperación y tu consuelo.Inquieta, clavo la mirada en los médicos, que entran con semblantes cadavéricos. Sus caras reflejan la preocupación que confirma nuestro temor: el cáncer se ha extendido por todo tu cuerpo. Dos o tres meses a lo sumo, dicen. Las palabras se pierden, me resultan vagas y confusas.Un error. Sí, tiene que ser eso, mi amor. En más de cuarenta años nunca hemos ido a ningún sitio el uno sin el otro. Y no vamos a empezar a hacerlo ahora.





martes, 21 de julio de 2009

Jesús Muñiz, finalista del Certamen Canal-Literatura 2009



El infarto

Jesús Muñiz González

(Finalista Certamen Canal-Literatura 2009)

Anoche mi madre sufrió un infarto.
Mi madre es diabética y de vez en cuando nos da algún susto. La doctora siempre ha dicho que su corazón es como el de una joven; por eso no te esperas un infarto. Todos pensamos que se trataba de un problema de glucosa y llamamos al hospital. A los quince minutos llegó la ambulancia y se la llevaron. Dos horas más tarde, el cardiólogo dijo muy serio:
-Se trata de una oclusión de la parte terminal de la rama interventricular anterior de la coronaria izquierda; es decir, un infarto apical.
Parecía grave; después afablemente nos explicó que el corazón de mi madre se había hecho vulnerable, que necesitaba mimos. Lo ocurrido era un aviso, cualquier contratiempo podía ser fatal. Quedó ingresada. Tras una noche a presión, a las seis de la mañana me fui a casa.
Es jueves, once de abril, un día muy largo. Son las cinco de la tarde y vuelvo a su lado, caminando: el hospital está a cinco minutos de casa. Todo está patas arriba en mi cabeza, ha sucedido mucho en poco tiempo, aunque las horas de angustia se desplazaron insoportablemente lentas. Creemos que la vida es un bien inquebrantable y apenas en un segundo se destruye nuestra fe. Recuerdo un cuadro que pinté hace años, que tardé semanas en acabar; trabajé mucho en él porque era un regalo. Al entregarlo, la destinataria no mostró demasiado entusiasmo, y lo destruí en segundos.
Parece que no ha cambiado nada, no es verdad, mientras camino pienso en otra madre distinta. No sé cómo explicarlo, es como si algo dentro me pinzara el estómago. En la calle la primavera lo engalana todo, soberbia de luz y belleza. Las flores de las macetas en balcones y ventanas coquetean con los parterres del paseo, se mandan besos de colores bajo el cielo. ¡Como si yo pudiera disfrutar de eso ahora! La vida es frágil, se marchitan pronto los pétalos quemados por el sol, los árboles al desnudarse se tornan agresivos, el cielo azul se vuelve gris en un momento. Caminas y la naturaleza indiferente te escupe su fiesta. Uno debe atiborrarse de optimismo cuando va de visita a un hospital, contrarrestar el olor irrespirable con el masaje fresco después del afeitado, impregnarse de todo lo que nace y disipar el vaho de lo que se pierde. Me pregunto a qué voy al hospital arrastrándome cargado a mis espaldas como un fardo. Estoy dislocado, mi pensamiento es irracional, los sentimientos están como aturdidos; no comprendía el dolor de los demás cuando lo razonaba con mi lógica aplastante, y ahora tengo que soportar un vacío inaguantable. Mi cerebro pone en fuga todas las palabras que no puede soportar.
Llego con la fatiga que fabrica mi ansiedad. En la entrada el tráfico de gente agobia; vienen, van, mezclados sudores y perfumes, el rebaño de visitantes fluye atropellado, conducido por gigantescos celadores. Tras las puertas de acceso se esparce el río humano por múltiples cauces, salpicado de médicos y enfermeras. Me sumerjo en aquella corriente de tribus y gremios, en aquella amalgama de cuerpos que circulan como hormigas, con una carga más sutil pero no menos pesada. Subo a pie, retardando la llegada, busco una sonrisa que no imagino. ¿Qué tengo que hacer cuando la vea? ¿Abrazarla, besarla? ¿Cómo hago si las lágrimas me brotan aunque no quiera? ¿Qué le digo? Es la primera vez que visito a mi madre después de un infarto. Siempre eran las madres de los otros, ahora es la mía. Intentas pensar que es un mal sueño y no consigues despertar.
La habitación de mi madre está a la izquierda, al fondo de un pasillo que termina en una ventana por donde el sol transmite su energía. No puedo detenerme, entro a pesar de no saber qué hacer ni qué decir, salto al vacío porque no queda otro remedio. Hay dos camas, mi madre está a la derecha, al verme abre los ojos en su carita de rosa.
-Hola, hijo.
Su semblante es encantador, me contagia, me da suficiente presencia de ánimo y seguridad para interpretar el papel de hijo simpático. A pesar de la confusión que padezco, la parte positiva de mi ser sonríe alegremente y habla con soltura y afecto.
-Hola, mami. Hay que ver cómo te sientan los infartos, tienes carita de fresa. ¿Para tener vacaciones has tenido que montar todo esto?
-Estoy muy bien, hijo, muy bien y en buena compañía. ¿Has visto qué bien acompañada estoy? Se llama Leonor y es un sol…
En la cama de al lado yace una chica extremadamente delgada que nos mira desde el azul intenso de unos ojos que le llenan la cara.
-¿Un sol? A mí me parece un cielo.
Leonor tuerce su boca en una mueca, se le enciende el rostro, sonríe con los ojos. Intenta hablar, apenas se le entiende; emite unos sonidos gangosos y entrecortados, como si su garganta fuera gelatina y por lengua tuviese una hoja de afeitar.
Mi madre se embala; increíblemente recuperada, habla y habla sin parar. Me lo cuenta todo, como si se le escapara el tiempo; me detalla las pruebas que le hicieron, cómo le dolía el pecho, lo bien que la atendió el médico, joven y guapo, las enfermeras saladísimas, y Leonor, bueno, Leonor algo especial…
-Está casada, tiene treinta y seis años, una hija muy linda y un marido guapísimo que está muy enamorado, y cuando tú te fuiste vino Ruth y estuvo mucho tiempo conmigo y…
No para, no para, es un torrente de palabras. Exhibe una energía envidiable. ¿Cómo me pude angustiar tanto? Es indestructible y disuelve todas mis angustias. La miro mientras me habla, la estoy queriendo y deseo abrazarla, sentir sus brazos. Me siento bien ahora, mi respiración se ha normalizado.
Entran dos enfermeras y me piden que salga un momento. Mientras espero llega Ruth y me cuenta. Ruth es mi hija, una enfermerita recién titulada.
-Pues nada, que hay que estar al loro, pero no hay peligro. Con que vaguee un poco y se de mimos, ya vale. Que después de este aviso, tiene que desacelerar la marcha, que la abuela iba como una moto y ochenta y cuatro tacos no son para tomarlos a cachondeo. Es una pasada como se recuperó. El médico flipa con ella.
-¿Qué le pasa a la chica que está al lado?
-¿A Leonor? Esclerosis múltiple, un alucine.
Me quedo mirándola con cara de bobo; y me explica, con ese lenguaje tan directo que tienen los jóvenes…
-La esclerosis múltiple se produce cuando se pierde mielina. La mielina es una cubierta protectora de los nervios. Al perderse, las comunicaciones entre el cerebro y el resto del organismo van chungas y se monta un lío del copón. Eso repercute en todo: los sentidos, los músculos, no puedes controlar nada. La de ella es una esclerosis progresiva que te cagas, la trajeron porque tuvo un brote muy violento y están probando un nuevo fármaco para intentar que no avance; la tratan con Interferón y mitoxantrona, combinándolos creen que se puede detener el desarrollo de la desmielinización. ¿Lo agarras?
-Es decir, que su cerebro y el resto del cuerpo están bien, pero la comunicación funciona peor que el tráfico en hora punta.
-¡Ay!, qué papi más listo tengo.
-Es que te explicas como un libro abierto, cariño.
Cuando entramos de nuevo en la habitación, están hablando de mí, una madre que presume de hijo.
-Es muy listo.
Y Leonor, una mujer coqueta al fin y al cabo.
-Y es guapo.
No tengo que esforzarme en sonreír, me contagia la mirada de esta chica. Apenas controla los movimientos de manos y brazos, y Ruth la ayuda con la merienda. Parece que hoy su marido se retrasa un poco. Qué fácil es tomarle cariño, llevo allí unos minutos y estoy encandilado mirándola. Me sorprende y se lo digo:
-Te miro porque eres muy guapa, Leonor. Tu mamá robó un poco de cielo para hacer tus ojos. ¿Sabes que tu nombre significa “bella aurora”?
Se relame de gusto, disfruta con los piropos. Parece increíble el bienestar que transmite. ¡Qué curioso!, creí que la primavera estaba fuera y que me lastimaba con su belleza, pero en realidad está aquí. Mi madre está un poco cansada pero feliz, como si llegara de un largo viaje del país de las hadas, y a su lado un ángel con el cielo en sus ojos.
Un poco más tarde entra en la habitación un joven, rubio, atlético, bien parecido, de esos que mi hija dice: “Qué tío más bueno”. Saluda amable y se va al otro lado de la cama. Leonor se transforma al verle, sus ojos deslumbran como lagos que reflejan el sol y su mirada es pura miel. Como un gentil caballero se acerca el guapo mozo a su dama, es mágico el encuentro de los jóvenes esposos. Quedo absorto, contemplando la escena de amor más real que haya visto, nunca creí que un ser humano fuese capaz de expresar tanta delicadeza y ternura. La acaricia, besa, todo a la vez, la envuelve en un abrazo con el mimo y cuidado que se pone en un bebé. Leonor, vibra y goza, es feliz. Con sencillez y armonía inventan nuevas formas de arrullarse, el tiempo se detiene para ellos y me doy cuenta de que soy un ser privilegiado, testigo de algo tan espléndido. Él, sentado en la cama, habla en susurros, ella escucha embelesada; tengo la impresión de que la luz que inunda la estancia viene de ellos. Todas mis angustias anteriores, mis dudas, son tan pequeñas… La vida es sorprendente, nada es previsible.
Más tarde me lo cuentan todo. Llevan casados seis años, Leonor ha sufrido varios brotes y en los últimos meses la enfermedad se agravó, aunque los médicos esperan detenerla. Mientras asean a Leonor y esperamos fuera, Moisés me cuenta entusiasmado cómo lo prepara todo para recibirla. Tienen una casita en las afueras, la hizo él mismo, ahora le añadió una piscina climatizada y un pequeño gimnasio para que Leonor pueda realizar sus ejercicios de rehabilitación en cuanto sea posible. Él me hace confidente de lo duro que fue asimilar un trago tan amargo. Lo pasó muy mal, le costó mucho reaccionar. Ella había sido la fuerte, era extraordinaria su fortaleza. Su entereza había sido ejemplar y él pudo sobreponerse. Hoy era feliz. Con los puños y los dientes apretados, luchando sin parar, pero feliz. No se podía explicar con palabras. Le di un golpecito cariñoso en el hombro; yo lo entendía, no sé cómo, pero lo entendía.
Llega el momento de marchar, me despido de Leonor con un beso, le doy la mano a Moisés, un beso a mi madre y me voy con Ruth.
-En unos días estará de vuelta en casa -dice mi hija-, no te comas el coco.
Yo me vuelvo por donde vine. Anochece, el sol es ahora un pincel impresionista mezclando vivos colores en los que prevalece el oro. Todo lo que a la ida no podía aceptar, que consideraba una ofensa, es ahora cálido abrazo. Los temores no se han desvanecido, pero mi corazón se fortalece. He aprendido algo en el hospital; y es que por encima del cielo gris siempre luce el sol, que si los árboles están desnudos es por reírse a carcajadas con el viento y los pétalos marchitos son el inicio del camino en una nueva vida. Ahora me arrepiento, no debí romper aquel cuadro.

lunes, 20 de julio de 2009

A voz en grito



Mi cuerpo desnudo calienta...
Mi cuerpo desnudo calienta el hueco entre las sábanas de la cama, encajado entre ellas, formando un amnios del que solo saco la cabeza. Cabeza que debe mantenerse debidamente elevada para evitar el reflujo provocado por la hernia de hiato. Sensación de placentero bienestar. Debería sacar una mano, o las dos, para plasmar el interesante sueño del que acabo de despertar, pero soy incapaz de realizar el más mínimo movimiento. A cambio intento fijarlo en la memoria para su posterior explotación, pero se deshilacha como una vieja venda. Recupero algunas hebras carentes de sentido real o soñado. ¡Qué le vamos a hacer!, pero yo de aquí no me muevo.
El Diletante

sábado, 18 de julio de 2009

Sábados literarios: Mi aspecto, mis costumbres



Mi aspecto, mis costumbres
Paola del Campo
Para saber cómo soy, cuál es mi aspecto y el porqué de mis costumbres, he abierto la puerta de mi vida. He intentado discernir el milagro de la vida…, de mi vida.
Las brasas de mi pasado aún arden en ese lugar llamado recuerdo. ¿Puedo pasar?, le pregunto al tiempo; y éste me deja traspasar de nuevo aquel umbral.
Apoyada en el quicio de la puerta, dejo que desfilen todos los momentos que hicieron de mí lo que soy, con todo lo bueno y malo que tengo, y permito que la luz de las brasas tomen forma, que sean mi voz…, la voz de mis recuerdos.
Mis pies se tronaron alas y emprendí mi vuelo… Ortuella, el pueblo de mi niñez, las campanas tocan a misa, colonia en el pelo y una sonrisa en la puerta:
—Recuerda, hija, no puedes comer nada hasta que comulgues; ni siquiera chicle, ya sabes que es pecado.
Pero el puesto de chuches camino de la iglesia te salía al paso, los chicles eran la tentación del diablo y tú luchas el chicle o el pecado. Y si alguna vez pudo el primero, recuerdo que lo tiraba antes de entrar en la iglesia y me frotaba las manos fuertemente contra la ropa como queriendo borrar la culpa..., aquella culpa que me inculcaron.
Acuden a mí palabras, miradas tiernas…, hurañas, frases detenidas en el tiempo, bailes… Y me doy cuenta de que los recuerdos han crecido conmigo, me ayudaron a formarme como persona; las costumbres, mis costumbres, los mayores dejaron en mi una semilla…
Mi ama me peina con dos coletas, me pone la ropa de los domingos y los zapatos de charol...
—Hoy te hacen una foto en el cole. —Y yo muestro la mejor de mis sonrisas. Mis dientes son de leche y algunos brillan por su ausencia.
Todos los niños del pueblo tenemos la foto, la misma estampa con distinta cara. Un boli en la mano, una sonrisa y gran mapa de España a la espalda.
Entornos, momentos, instantes que hacen mella se establecen en nuestro ser, se adhieren a nuestro cerebro y logran hacer lo bello más bello o trastocar nuestros sentimientos…
Los recuerdos, las costumbres se repiten una y otra vez… a lo largo de mi vida:
Es de buena educación tratar de Usted a nuestros mayores; un coche fúnebre desfila por el pueblo, debemos detenernos y santiguarnos; el Cara al Sol en el patio del colegio, te guste o no… Y al fondo las canciones de nuestros juegos luchan por salir, por hacerse un hueco…
Cantinerita, niña bonita,
si y o pudiera logra tu amor…
Emociones, imágenes que nos asaltan... Nos perturban y nos dejan sin aire, nos rompen el aliento y frenan nuestro corazón.
El Dios te Salve, el Padre Nuestro, el Yo Pecador se mezclaban con el juego del hinque, los campos quemados, tres navíos en el mar…, los chicos en un lado las chicas en el otro, miradas furtivas, caras rojas, risas a escondidas…
—Qué guapo es tu hermano, fulanita.
— Qué va, si es tonto el pobre.
—Pues tú dirás lo que quieras, pero yo le veo muy guapo.
Y la cara de tu amiga es un poema… ¿Guapo mi hermano?

Ahí está… mi ser late, permanece conmigo, porque de lo que me enseñaron aprendí a quedarme con lo bueno, con aquello que no hace daño, me educaron para saber escuchar, respetar y ayudar. Me inculcaron que mis actos debían de ser buenos nunca fugaces y perdidos en el tiempo, que aquel que da es más rico que el que recibe.
Guiaron mi vida por dos máximas que siempre me acompañan:
Si quieres que te respeten, respeta.
Y nunca olvides: Que allá donde fueres haz lo que vieres.
Las palabras de los míos me llegan como susurros, conviven y comparten mis momentos de vigilia y de sueño. Maduraron conmigo; no han muerto y a veces parecen dormidas en el baúl de mis recuerdos, pero siempre despiertan a tiempo.
Repito: Allá donde fueres haz lo que vieres.
En ese pequeño refrán se resume quién soy yo y cuáles son mis costumbres.
***
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