miércoles, 14 de enero de 2009

El espíritu de Avelino



Enrique Sánchez Elvira

(Finalista Certamen Civilia 2008)


Avelino fue un magnífico maestro de escuela, lo que ahora llamaríamos profesor de Enseñanza Básica. Yo le tuve el último año antes de jubilarse, entonces (que todavía no había llegado la democracia) teníamos una asignatura que ningún profesor quería impartir: humanidades; los otros enseñantes decían que Avelino era el único capaz de darle algún sentido a esta materia; ellos sólo te obligaban a leer el catecismo o a cantar canciones religiosas. Para mí siempre fue una clase que me parecía un recreo: no necesitaba tomar apuntes porque lo recordaba todo, no temía salir a la pizarra porque cualquier pregunta no era un aprieto. Avelino nos dejaba reír en clase y hasta algún grito si es que salía espontáneo: enseguida nos pedía calma; después teníamos el recreo y, sin embargo, nadie se movía del asiento hasta que Avelino decía su frase favorita: “¡Andad, id a desgastar la leche en polvo!”. Hacía años que a los niños no nos daban en el colegio leche en polvo, pero él llevaba tantos dando clase que se le había quedado la cantinela.
El primer día que fui a clase con él iba preparado; mis compañeros ya le conocían de otros años y me advirtieron de que era un poco tonto pero muy bueno, pues no castigaba a nadie. Digo: que el primer día nos preguntó algo que a un niño de 11 años, como yo, le dejaba estupefacto: “¿Sabríais decirme cuál es la diferencia entre lo que vale una cosa y el valor que tiene?”… pongo puntos suspensivos porque fue como nos quedamos todos en clase: suspendidos de algún alero de nuestro cerebro. El empollón de clase, ya sabéis, el que luego se dedica a escribir estas chorradas, es decir: yo, que fui el único que reaccionó, le conteste: “Esa cosa puede valer 5 pts, sin embargo, costar 10”, “Muy bien”, dijo Avelino para mi regocijo, “Y también puede ocurrir al revés, que tenga un valor de 10 y cueste 5” añadí ya lanzado, “Vale, vale”, me calmó.
Aquellos días, cuando también empezaba la liga de Futbol, había un partido de máxima rivalidad regional, el Real Madrid jugaba contra el Atlético de Madrid. Avelino utilizó esto para seguir su clase: “A ver ¿cuántos sois del Madrid?” y levantaron la mano la mayoría, “¿Y cuántos sois del Atlético?” y levantamos la mano menos pero no pocos. Avelino se acercó a Pablito, el único que no había levantado la mano para ninguno de los dos equipos, queriendo saber: “¿Y tú de qué equipo eres?”, un poco tímido, dijo: “del Barça”; se formó un alboroto de protesta que duró un segundo, lo que tardó Avelino en girarse y mirarnos: “Muy bien Pablo”, y dirigiéndose a todos: “Lo que importa no es lo que uno escoge sino lo que respeta las decisiones de los otros. Y él no ha protestado ni ha puesto mala cara cuando habéis dicho vuestra preferencia”. Y continuó: “Bueno sigamos. Los del Madrid que se pongan a un lado y los del Atlético a otro, y tú Pablo ven conmigo”. Nos separamos como dijo, y Pablo en el centro de la clase con él. “Imaginaros que la entrada de futbol cuesta mucho dinero, por ejemplo 1000 pts”, de verdad era una exageración ese precio y el murmullo de desaprobación que expresamos lógico. “Vale, sólo es un ejemplo. ¿Cuántos comprarían la entrada para ir a ver a su equipo?” y muchas manos se levantaron, y unas pocas se quedaron abajo. “Que se separen los que sí comprarían la entrada de los que no, sin juntarse con los del equipo contrario. Así tendremos cuatro grupos, sin contar a Pablo, claro”. Lo hicimos, y nos permitió que corriéramos las sillas-mesas (que ya no había pupitres), para que tuviéramos sitio. “Bien. Ahora sin mezclaros de los dos equipos, separarse los que penséis que queréis la entrada a cualquier precio, de los que penséis que tampoco es tan importante un equipo de futbol como para pagar tanto dinero”. Realmente nos estábamos divirtiendo, ya que algunos se cambiaban de grupo sin saber a dónde iban, y hasta alguno se cambiaba de equipo. Pero ahí no acababa la cosa: “De los que sí compraríais la entrada a cualquier precio; imaginaros que sois pobres…”, risa general porque todos éramos pobres, “y tenéis que decidir si compráis la entrada a pesar de que vuestra familia no coma y os falte dinero para vivir, de los que por ésta no pasarían”. El follón fue colosal, porque si las cuentas no me fallan ya éramos ocho grupos, aparte de Pablo y el maestro. “Un poco de tranquilidad. Ahora quiero que miréis a los otros grupos, que miréis a vuestro propio grupo. Ya sé que todos os conocéis, pero ¿os imaginabais que vuestros amigos y compañeros estarían en el grupo que están?”. Claro, nos hizo pensar. Y miramos, por supuesto que miramos, y nos llevamos sorpresas desagradables y agradables. Consiguió que miráramos a nuestros amigos de otra forma. “Pues ahora sólo tenéis que imaginar que podríamos dividir estos grupos, todavía más, incluso hasta el infinito: ¿pediríamos un préstamo en un banco para comprar la entrada? o ¿nunca jamás haríamos un sacrificio tan grande por nuestro equipo? o ¿y si fuerais invitados… por una mala persona, cuán mala debería ser esa persona para rechazarla? o ¿y si pretendieran compraros con esa entrada, en una causa poco justa, dónde pondríais el límite?”. Después de dejar un tiempo para que las palabras llegaran a nuestros oídos… internos, su cabeza se agachó como si se mirara los zapatos; este gesto, que lo aprendí después, significaba que iba a decir algo importante para él. “Podéis sentaros”. Recuerdo que a Pablo lo sujetó por el hombro y lo dejó a su lado. “Acabáis de comprobar la diferencia entre lo que vale una cosa (1000 Pts. por ejemplo) y el valor que tiene para vosotros. Hemos hecho ocho grupos y podríamos haber hecho tantos grupos como cada uno de vosotros”. Se podría decir que aquel día comprendí la sutileza de la vida, aunque tardara 20 años en asumirla en mis escritos. “Y además, habéis visto que en los grupos contrarios al vuestro estaban vuestros amigos, vuestros compañeros con los que os lleváis bien, y que a lo mejor en vuestro mismo grupo teníais a alguno que no os gusta demasiado. Porque después de todo, cuando creáis que habéis visto todo, que habéis comprendido todo, que conocéis todas las respuestas, surgirá alguien o algo que os hará replantearos vuestra verdad. Como Pablo, que es de otro equipo distinto al vuestro, pero que no se diferencia en nada de vuestras decisiones, sería el noveno de nuestros grupos, y sin embargo es amigo de algunos, compañero de otros y no se lleva muy bien con varios; igual que todos vosotros.”. El maestro lo miró y él se emocionó y se puso colorado porque todos le mirábamos. “Puedes sentarte Pau”. No creo que nadie se diera cuenta que le llamó Pau, en catalán, pero él sí y lloró por dentro con los ojos vidriosos, que por fuera era de poco hombre.
Recuerdo que algunos padres, al final de curso, vinieron a protestar porque su hijo había suspendido aquella “estúpida” asignatura. Avelino les contestaba que él enseñaba, no aprobaba, y que si no había aprendido, cuando otros alumnos sí, no podía “visarles” la misma. Eran carcas del régimen, exhibiendo sus carnés de la Guardia de Franco, o despechados inconscientes que argumentaban: “si no aprueba el curso, lo tendré que llevar a uno privado o a un internado para que apruebe”, como si la educación se comprara igual que una entrada de fútbol.

7 comentarios:

Mercedes dijo...

Uno de los escritos más entrañables que he leído.
Enhorabuena, Enrique.
Un beso,
Mercedes.

Jaime Trujillo Escobedo dijo...

Hola, soy Jaime, del blog el balcón de Jaime, quería decirte que tu blog me ha gustado mucho y me pareció bastante bueno y bastante completo, además este a sido uno de los escritos más bonitos que he leido, te felicitoooooo!! ;-) por si quieres ver mi blog:

http://elbalcondejaime.blogspot.com

es de trucos blogger, ayuda blogger, descargas, perros, gatos, agapornis (inseparables), ninfas, canarios, plantas, cocina y recetas y algunas cosillas más. Espero que te guste, un gran saludo!! J

Gary Rivera dijo...

Que agradable leer tu blog!! seguire las nuevas entradas! un gran abrazo!!

Balovega dijo...

Que bella entrada la que nos traes hoy amigo profesor. Un abrazo

Amig@mi@ dijo...

Añoranza y recuerdos se mezclan en el tiempo...
Un abrazo

Carmen Andújar dijo...

¡Qué tiempos aquellos!. Me ha hecho recordar muchas cosas que ya creía olvidadas. Un maestro que te hacía reflexionar era lo mejor que podías esperar de la escuela.
Un abrazo

Teresa Cameselle dijo...

Qué lección y qué profesor. De esos había pocos, por desgracia, en mi colegio: eran más los de "a callar que aquí mando yo" y eso que a mí ya me pilló en democracia.
Enhorabuena, Enrique, por el relato y por el premio.