jueves, 10 de diciembre de 2009

El Diletante. A voz en grito



Aminatu Haidar o la dignidad


Cuando escribo estas líneas, la saharaui Aminatu Haidar lleva veintitrés días de huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote con el fin de obtener el permiso para volver a su casa en El Aaiún. No le permitieron regresar a su país y fue enviada, en contra de su voluntad, a España. Tuvo la “desfachatez” de atenerse a la legalidad internacional declarando, en un formulario, que su origen es el Sahara Occidental, territorio pendiente de descolonización según las Naciones Unidas, y no Marruecos, país usurpador del territorio desde la marcha verde en 1975 y la salida vergonzante de España. Y por ello se le retiró su pasaporte marroquí.
El gobierno de Marruecos incumple los pactos políticos y civiles firmados, incluyendo los derechos humanos, que el felón feudal se pasa por la entrepierna, y amenaza: “España debe elegir entre convivir con Marruecos, que demuestra su capacidad de controlar todo lo que sucede en su territorio, y luchar contra las plagas que le han afectado o convivir con una región con peligros que pueden tener consecuencias sobre su porvenir y el de Europa”.
El gobierno de España se acobarda, se encoge, mengua y mira hacia otra parte. Cumple la legalidad internacional sólo cuando le interesa, y en este caso no le interesa, y no tiene ni el valor ni la gallardía de enfrentarse a su vecino sureño.
Dos estados indignos, y en medio una pequeña, menuda, mujer revestida con la larga túnica de la dignidad.
—Conserve la vida por el bien de sus hijos —le dicen los españoles.
—Prefiero que vivan sin madre pero con dignidad —contesta Aminatu Haidar.
Ella es un grano en el culo del monarca alauita, dado el impacto internacional, tanto social como mediático, de su huelga de hambre, al asociarla a las tremendas injusticias que se cometen diariamente en el país vecino.
Ella es como un aldabonazo en la conciencia de muchos españoles que recuerdan nuestro torticero comportamiento con el pueblo saharaui.
Lastima que no dispongamos de un Colin Powell para exigir a Mohamed VI que resuelva la situación en diez minutos.
Nosotros sólo podemos unir nuestros corazones y esperar que Aminatu Haidar pronto pueda reunirse con sus hijos en El Aaiún; porque su muerte, como dijo Saramago, nos empobrecería a todos.

El Diletante