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domingo, 10 de julio de 2011
Lola Sanchéz Lázaro gana el 3er Premio del Certamen Alcaudete de cartas de amor 2011
Lola Sanchéz Lázaro gana el 3er Premio del Certamen Cartas de Amor de Alcaudete 2011
jueves, 29 de abril de 2010
Lola Sánchez Lázaro-Carrasco ha sido finalista del Certamen Cartas de Amor de Alcaudete
Lola Sánchez Lázaro-Carrasco
Finalista Certamen de Cartas de Amor de Alcaudete 2010
Mi muy querido amante y amigo:
Una y mil veces quise enviarte esta carta.
Una y mil veces el temor se adueñó de mi haciendo que volviera a dormir en un cajón. Pero hoy es diferente, sé que llegará a tus manos.
Ambos sabemos que ni la distancia es el olvido, ni el tiempo lo cura todo; sólo nos protegemos, endurecemos nuestra coraza para atenuar el dolor.
A pesar de que nuestras vidas han transcurrido paralelas, a cientos de kilómetros, y nunca más llegamos a cruzarnos, no conseguí olvidarte. Tampoco puse mucho empeño en ello. No podía alejarme de la persona que me hizo aprender a disfrutar, con la que reí, con la que lloré, con la que amé intensamente, y con la que también sufrí. Adoré la vida por ti, aunque también la odié.
Y desde la experiencia de los años aún me vuelvo loca al recordar cómo permitimos a nuestros padres mezclarse en nuestra historia de amor: que si no te conviene, que si le gustan demasiado las mujeres, que no tiene donde caerse muerto...
Ahora, avanzado ya el otoño de mi vida, siento ese dolor agudo que me perfora, igual que entonces. Te anhelo en el alma, vida mía. Vuelve el desgarro a mi yermo corazón. Con toda su fuerza me paraliza internamente y me deja expuesta al vaivén de un destino caprichoso.
Y duele.
Duele en el alma saber que nuestras miradas se perdieron confundidas, que no volvieron a cruzarse. No supieron encontrar el camino de vuelta, absortas en espejismos incitadores. Esas miradas cómplices y ardientes que conformaban nuestro universo.
Duele en alma saber que tus labios no encontraron el camino para unirse de nuevo con los míos, bañando otros.
Duele en el alma saber que tus palabras habrán acariciado otros oídos durante esta eternidad. Pensar que el tiempo se agota mientras nuestras vidas corren paralelas corroe mis quebradas entrañas.
Treinta años de separación con el dolor como compañero de viaje, con la incertidumbre de sentirme todavía amada, me convirtieron en lo que he sido durante todo este tiempo: sólo dolor envuelto en piel.
Y ahora, al saber que siempre me esperaste, mis sentimientos afloran desbordados en su verdadera esencia. Sólo quisiera, amor mío, estar frente a ti, dar la espalda a todo, cogerte de la mano e implorar al tiempo que nos deje completar lo inacabado.
Tuya siempre, Ana.
Una y mil veces quise enviarte esta carta.
Una y mil veces el temor se adueñó de mi haciendo que volviera a dormir en un cajón. Pero hoy es diferente, sé que llegará a tus manos.
Ambos sabemos que ni la distancia es el olvido, ni el tiempo lo cura todo; sólo nos protegemos, endurecemos nuestra coraza para atenuar el dolor.
A pesar de que nuestras vidas han transcurrido paralelas, a cientos de kilómetros, y nunca más llegamos a cruzarnos, no conseguí olvidarte. Tampoco puse mucho empeño en ello. No podía alejarme de la persona que me hizo aprender a disfrutar, con la que reí, con la que lloré, con la que amé intensamente, y con la que también sufrí. Adoré la vida por ti, aunque también la odié.
Y desde la experiencia de los años aún me vuelvo loca al recordar cómo permitimos a nuestros padres mezclarse en nuestra historia de amor: que si no te conviene, que si le gustan demasiado las mujeres, que no tiene donde caerse muerto...
Ahora, avanzado ya el otoño de mi vida, siento ese dolor agudo que me perfora, igual que entonces. Te anhelo en el alma, vida mía. Vuelve el desgarro a mi yermo corazón. Con toda su fuerza me paraliza internamente y me deja expuesta al vaivén de un destino caprichoso.
Y duele.
Duele en el alma saber que nuestras miradas se perdieron confundidas, que no volvieron a cruzarse. No supieron encontrar el camino de vuelta, absortas en espejismos incitadores. Esas miradas cómplices y ardientes que conformaban nuestro universo.
Duele en alma saber que tus labios no encontraron el camino para unirse de nuevo con los míos, bañando otros.
Duele en el alma saber que tus palabras habrán acariciado otros oídos durante esta eternidad. Pensar que el tiempo se agota mientras nuestras vidas corren paralelas corroe mis quebradas entrañas.
Treinta años de separación con el dolor como compañero de viaje, con la incertidumbre de sentirme todavía amada, me convirtieron en lo que he sido durante todo este tiempo: sólo dolor envuelto en piel.
Y ahora, al saber que siempre me esperaste, mis sentimientos afloran desbordados en su verdadera esencia. Sólo quisiera, amor mío, estar frente a ti, dar la espalda a todo, cogerte de la mano e implorar al tiempo que nos deje completar lo inacabado.
Tuya siempre, Ana.
Felisa Moreno Ortega ha sido finalista del Certamen Cartas de Amor de Alcaudete
Cuando se acaba la magia
Felisa Moreno Ortega
Finalista Certamen de Cartas de Amor de Alcaudete 2010
Mira en tu bolsillo, me dijiste, y saqué una rosa. Desde entonces supe que no podría vivir sin ti, sin tu magia. Me revelaste tus tretas de ilusionista, pero yo estaba convencida de que eras un mago de verdad y de que, algún día, me llevarías a dar un paseo por las estrellas. Nunca faltaron rosas, ni pañuelos de seda de mil colores en mis bolsillos de niña ilusa. Surgían de la nada y me ponía colorada cuando alguien descubría que habían nacido flores en el forro de mi chaqueta.
Me crecieron alas en los pies. No andaba, flotaba sobre una ciudad distinta, cuajada de luces y expectativas, una flor abierta a mis ojos, que ocultaba la suciedad y el ruido cotidianos. Si algo enturbiaba mi alegría, al más mínimo contratiempo, sólo tenía que acordarme de ti, de tu sonrisa. Entonces metía la mano en algún hueco de mi ropa y hallaba una flor que me recordaba que siempre estarías a mi lado, para comerte, con tus labios siempre ávidos de besos, mis dudas y mi incertidumbre.
Viajamos en el tiempo, tú fuiste Romeo y yo Julieta, Adán y Eva miraron envidiosos nuestro amor y quisieron salir del paraíso para sentir la llama que nos incendiaba cada noche. Que fluía de mi cuerpo al tuyo y viceversa, para nunca apagarse, manteniendo inflamada nuestra pasión. ¿Cómo podía yo reparar, en medio de ese fuego, en los pequeños detalles, en los breves indicios de tu posterior transformación? Acortar los escotes y alargar las faldas apenas era una ridícula muestra de mi amor, lo mínimo que podía ofrecerte a cambio de tus atenciones.
No recuerdo cuando se acabaron las rosas, los sonetos y las palabras dulces. No sé. Se me rompió la memoria y no consigo recomponer los pedazos. No sé donde se fue el mago que me hacía volar cada noche, tan cerca de las estrellas mientras devoraba las flores de mis pezones, aderezadas de locura y pasión.
Se lo comió el otro, el que no tiene alma, el que viste de negro y no saca conejos de la chistera, sino golpes y humillaciones. oco a poco, te fue desplazando, hasta dejarte confinado en uno de tus trucos, te hizo invisible para apropiarse de tus tretas, y de mí.
Nunca pensé que tendría que decirte esto, presento mi dimisión como ayudante de mago, ya no puedo encogerme más para que salga bien el número de “somos felices”. No puedo comerme tus ofensas, ni aderezadas con los pétalos de las rosas que me regalaste porque se han podrido en mi alma. No me quedan fuerzas para sonreír cada día, ni para disimular, tras unas gafas de sol, las flores moradas que siembras en mis ojos.
Nunca más tuya
Amanda.
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