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viernes, 16 de enero de 2009

Al ras




Luis Berastain Díez


(2º Premio Certamen Civilia 2008)


Su único ojo abierto está al ras del suelo. Sobre su pómulo se deslizan unas gotas rojas que todavía desprenden calor, bombeadas al ritmo del órgano con el que han perdido conexión.

Como si fuera el objetivo de una cámara de fotos el ojo enfoca, unos centímetros más allá, la suela de una bota con refuerzos plateados en los tacones y las puntas. Si pudiera girar su único ojo útil como si estuviera articulado, la vista ascendería por el caño de un tejano de un color indefiniblemente negruzco.

La vibración en el suelo le hizo comprender que la estaba insultando, pero le produjo más miedo pensar que no oía nada, ni una voz, ni un grito. Sólo el leve temblor. Intenta levantar la cabeza pero la leve descarga eléctrica que causa la tensión del cuello, produce un efecto similar en las piernas que tiene frente a sí, tensándolas, a la espera de un nuevo movimiento que justificara volver a ponerle la mano encima. Aguanta ese instante de rigidez mientras siente que una nueva gota roja recorre los centímetros que separan su ceja de la baldosa blanca de la cocina.

No puede recordar lo que pasó justo antes de ese momento, excepto que se encontraba frente al fregadero de la cocina, aclarando la espuma de unos vasos, cuando oyó un fuerte taconeo que se le acercaba por detrás. Al girarse se produjo una combinación de circunstancias por las cuales el dolor y el calor intenso y repentino de la mejilla se mezclan con el ruido del cristal roto al chocar contra el suelo, todo ello suspendido en el tiempo, al ralentí. Lo que le resultaba más familiar era el olor a grasa y humo de bar combinado con el de la cerveza que se escapa del cuerpo tras haber recorrido su interior; y de esa visión a la actual podría haber pasado un segundo o una eternidad, le resultaba imposible averiguarlo.

Desconocía las reglas de ese juego, pese a haberlo jugado muchas veces en lo últimos quince años. Ignoraba si debía seguir intentando alzar la cabeza, aunque el peso de la bota podía acabar presionando sobre ella. Movió las manos en busca de un extraño y misterioso sitio en el cual, al apoyarlas, sería capaz de ponerse en pie y seguir con lo suyo, pero no lo encontró. Sin embargo, a medida que las gotas seguían cayendo con la regularidad del segundero de un reloj, parte de la sangre siguió circulando por su cabeza y eso le ayudó a recordar. Y el recuerdo tensó todos sus músculos. Era necesario avisarle. Debía acercarse a su habitación e impedirle que saliera de allí. No podía verla en ese estado. Otra vez no.

El par de botas que remataban los tejanos se movieron un par de pasos como si pretendieran evitar que la luz y la esperanza cubriesen su cuerpo, y ese movimiento permitió alinearse la visión del único ojo útil con el espacio dejado entre ambas botas. Haciendo un esfuerzo por enfocar la vista, lo vió. Allí estaba.

Quince años de matrimonio, catorce años y seis meses de maternidad. Su peor error y su mayor triunfo. Infierno y cielo separados por esa fina línea, difusa e inasible, como la del horizonte cuando divide cielo y mar. Ambos ahora frente a ella, alineados, uno detrás del otro. El más próximo, con olor a humo, alcohol y sangre. El que estaba detrás, enmarcado por la uve invertida de las piernas separadas, inmóvil y rígido, mirando sin ver, o sin creer. El joven cerebro no ha juntado las fichas hasta hoy. Ruidos. Gritos. Golpes. Morados. Excusas. Piezas de un puzzle con poco sentido cuando están separadas, pero constituyen una foto fiel cuando las encajas una junto a la otra.

Quiso mover levemente la mano para decirle que se fuera de allí. Que no viera más. Sufría al pensar que esas otras lágrimas se mezclasen con las suyas, pero no podía permitir que sus gestos la delataran. Detestaba pensar en la posibilidad de que otra sangre se mezclase en el suelo con la propia. Sobre todo la sangre joven que un día fue suya y que ahora corre por otras venas, por otro cuerpo. Un cuerpo que inició un ligero movimiento, estirando el brazo despacio, en cuidadoso silencio, hasta asir el mango del cuchillo con tanta fuerza que parecía formar parte de su mano, como si fuera la misma extremidad. Las lágrimas salían del ojo útil, impidiendo que lo hiciera la voz por su garganta, en lo que hubiera sido un grito no para avisar al de las botas, sino para evitar que la joven mano se manchara también de sangre; inmóvil en el suelo vio el avance de su hijo hasta quedar prácticamente tapado por el hediondo cuerpo de su marido y, en ese momento, supo que todo había terminado para ella, para su hijo, y también para el cerdo.

domingo, 11 de enero de 2009

Al otro lado del espejo

Luis Berastain Díez

(Finalista Certamen Civilia 2008)

Ignacio Ayala se agitaba inquieto en su asiento. Hubiera pagado por no asistir pero era inevitable: se organizaba en su honor. Una música estridente aumentaba la sensación de caos que provocan quinientas personas buscando acomodo en sus butacas. Sí, definitivamente, hubiera pagado por no asistir.

—“Señoras y señores, buenas noches. Estamos aquí hoy, en este acto de entrega de premios, acompañados de las más destacadas personalidades del periodismo y la comunicación, para otorgar un premio galardón muy especial, el reconocimiento a la labor de un compañero que es un modelo a seguir para todos nosotros...”

Ignacio contemplaba la escena con el temor —y la certeza— de que en unos minutos todo el país estaría observándole.

—“... Pero los más audaces también sueñan con que su trabajo consiga cambiar las cosas, mejorar la vida de los demás.”

Silencio. Las miradas convergían en el escenario, aunque algunas de esas miradas buscaban contactar con la suya. Sus ojos se resguardaban de la curiosidad de los demás gracias a unas gafas de sol pasadas de moda, bastante grandes y oscuras como para que nadie penetrase a través de las ventanas de su alma.

—Esta noche vamos a entregar un galardón reconocimiento especial a alguien especial. Un compañero que ha conseguido que todos nosotros, desde nuestras casas, hayamos deseado ayudar a esos pequeños, los niños de la guerra; hayamos soñado con evitar que las niñas de muchos países de África sufran mutilaciones sexuales; hayamos reaccionado ante catástrofes de la humanidad como las de Darfur, Somalia, Haití...”.

Ignacio contenía el aliento como si se hubiera olvidado de respirar, sus manos agarraban los brazos de su butaca dejándole los nudillos blancos. Tal vez intentaba mantener su cuerpo presente, ya que su mente volaba lejos.

— “... El fotógrafo y periodista que ha aguijoneado nuestras conciencias y nos ha hecho pensar que lograremos cambiar las cosas. Con todos ustedes, el ganador del premio Atkins de comunicación visual, nuestro querido y admirado compañero, ¡Ignacio Ayala!”.

Una fuerte ovación arrancó de repente y mantuvo su intensidad mientras Ignacio luchaba por despegarse de su butaca, que ejercía sobre él un poder de atracción casi invencible, igual que el condenado a muerte se veía adherido al suelo imposibilitando que su cuerpo se moviera ni un milímetro camino del cadalso. Consiguió avanzar hacia el escenario,se levantó de la tercera fila y, alentado por las palmadas y apretones de manos que recibía a su paso de gente anónima para él. En lo alto de ese Olimpo le aguardaba avanzó hacia el escenario donde el Presidente de la Academia le espera con una pieza escultórica en cuya base figura el nombre del galardón.

La pantalla gigante bombardea con una selección de sus imágenes más impactantes y reconoce el repertorio de caras infantiles que le han hecho famoso. Él sube los pocos escalones que elevan la tarima donde recogerá el dichoso premio. Recordó fugazmente cuando, pocos años después de la facultad, fotografió los desórdenes producidos en Palestina con motivo de la visita de un Ministro. Bajo ese eufemismo se escondían el saldo de varias familias completas que fueron aniquiladas, incluidos los niños más pequeños. Sus fotos gustaron al director y pronto le encargó cubrir un conflicto en los barrios más duros de Sudáfrica, cuando Soweto y Apartheid eran términos que todo el mundo conocía. La foto del niño negro recibiendo latigazos por su patrón blanco fue su primer trabajo premiado y el pasaporte a los conflictos más importantes de África y Asia.

Desde el estrado Ignacio se dirigió a un público cuyos ojos chispearon de emoción al pensar que el esfuerzo de ese hombre había salvado vidas. Sus fotos llegaron a exhibirse en las Naciones Unidas como argumento para una intervención militar que, pocos meses y varios miles de vidas después, se produjo. Ignacio leyó un breve discurso, bastante formal, que contrastaba con la denuncia gráfica contenida en sus fotos. Parecía como si no quisiera colisionar cara a cara con nadie, como si prefiriera no ser objeto de atención.

La timidez de Ignacio no era fingida; era, aunque más bien se trataba de un retraimiento que le acompañaba al visitarcuando se encontraba en su país y al estar junto a los que decían ser los suyos. A lo largo de estos últimos años llegó a encontrarse más a gusto cuando estaba lejos, en alguno de esos remotos destinos que parecían de otro mundo. Su vida cambió al comprarse un riad en que compró en Marrakech.

Se divorció pocos años después de aceptar este trabajo. Las ausencias eran largas y frecuentes y los regresos se fueron convirtiendo en un trago amargo; Volvía mostrabacon un el humor cada vez más alterado, hablaba poco y parecía distante. Su familia veía como la mente de Ignacio se iba alejando más con cada viaje, con cada clic de su cámara, como si lLo atribuíanas imágenes que tenía que cacaptadasptar se imprimieran no sólo tanto o más en la película sino que también en su propia conciencia. Pero lLas ausencias de Ignacio continuaban incluso en su presencia, quedando cada vez menos restos que rescatar. La situación, sufrida por unos y percibida por el otro, se hizo insostenible, hasta que Ignacio no volvió a su casa. QuisoSe instalarseó en un país que siempre intentó fotografiar, pero que las autoridades no le permitieron nunca hacerlo a sus anchas. A cambio de respetar la prohibición, toleraronle permitieron que viviriera allí sin que nadie le molestara. Eso era exactamente lo que él esperaba del lugar donde residiera, de su mundo particular y privado, reservado sólo para sus sueños. Un refugio inaccesible para la vista y el juicio de los demás, un lugar donde guardar su tesoro más preciado.

Bajo una llamarada de flashes descendió del escenario y se dirigió a su asiento, repitiéndose los movimientos de aproximación de algunos que le conocían y otros muchos que no. Ignacio respiró: la atención ahora se centraría en otros personajes que deseaban obtenerla.

Al acabar la velada se despidió de todos y se fue al hotel. Ni siquiera quiso pasar la noche en casa de su madre, que vivía sola desde que enviudó pocos años atrás. Tampoco quiso quedarse en la ciudad más que hasta el día siguiente, cuando tomaría un vuelo de Air Maroc de vuelta a su nuevo hogar. Allí le esperaba alguienalguien.

Fue poco tiempo atrás. Él necesitaba a alguien que le ayudara en los trabajos domésticos y que cuidara de su casa en su ausencia. Un día, merodeando por los barrios próximos al suyo en su habitual búsqueda del rostro perfecto, se encontró con una familia que había sido desahuciada. Estuvo observando un rato el escándalo en la calle, con sus hatillos y enseres sobre la calzada, cuando se fijó en ella. Sus ojos brillaban en contraste con su piel morena, llenos de vida en aquella escena de tristeza y desesperación. Irradiaba un aura entre desvalido e ingenuo, ajena a lo que estaba ocurriendo. Leylah, que así se llamaba, parecía perfecta para lo que Ignacio necesitaba y gracias a la intercesión de un vecino que estaba al tanto de su status de protegido no tuvo que hablar mucho con su padre para que le permitiera a su hija instalarse en casa del extranjero, cambiando así la vida de ambos.

Al principio le fue explicando como pudo lo que tenía que hacersus obligaciones y ella, como si se tratara defuera un juego, cumplía con sus cometidos domésticos. Cada semana su padre, que había hubo detenido que instalarse en las afueras, iba a la casa para y recogería unos dirhams mientras echaba un vistazo de forma poco disimulada para irse a los pocos minutos. En las primeras visitas Ignacio le dejaba entrar y ver a Leylah, pero a las pocas semanas, la transacción se realizaba en la puerta del riad.

La gente del barrio cuchicheaba al observar los movimientos de la casa, y ban pero la policía local que vigilaba la zona estaba avisada de que no debían molestar al famoso fotógrafo español. Y de esa forma se fue cerrando una burbuja impenetrable sobre su hogar.

Ignacio pudo facturar con rapidez, ya que no llevaba más equipaje que el de mano. Su estancia no había durado más de cuarenta y ocho horas y no quiso alargarla pese a las ofertas recibidas. Deseaba regresar a su refugio tan pronto como le fuera posible. En los últimos meses las cosas habían cambiado. Leylah fue desenvolviéndose cada vez mejor y correteaba por la casa con naturalidad. Ignacio la observaba continuamente y le encargaba más cosas que pudiera hacer en su presencia, juntos. Muy pronto los roces se hicieron menos casuales, más buscados por Ignacio y consentidos por Leylah, que empezó a considerar ese trato como algo normal. Hasta que una noche Ignacio le pidió que le sirviera un té verde, y cuando ella se lo llevó Ignacio la agarró por las muñecas empujándola bruscamenteponiéndola contra la pared y la besó. Leylah se dejó hacer mientras él la desnudó y la condujo hasta la cama estirando de su brazo, mientras al tiempo que ella utilizaba su única mano libre para intentar esconder parte de su menudo cuerpo.

Ignacio estaba nervioso. En un par de horas volvería a estar con ella. Sabía Era consciente de que sula única opción era seguir viviendo en Marrakech. Allí le respetaban o, al menos, no se entrometían. Anhelaba llegar a casa aunque al mismo tiempo pensó que sus nervios no le estaban recorriendo el cuerpoeran sólo por impaciencia. Era consciente de que Een otros lugares, en otras circunstancias, Leylah no estaría con él. La vida le mostraba su cara más injusta pero y no podía evitar el deseo de que su mundo siguiera intacto, de que existiera un oasis al margen del horror tantas veces experimentado. Le vino a la mente la secuencia de fotos que se proyectó en la ceremonia, sólo que ahora la cara de Leylah se interpolaba como si fuera una más de las que consiguió publicar, la más importante.

Con su rostro como único habitante de su mente, entró en la tienda del aeropuerto para comprarle un jabón perfumado. Mañana era su cumpleaños y quería hacerle un regalo, algo que pudieran disfrutar juntos y tal vez distraer un poco el ambiente cada vez más enrarecido. El padre de Leylah, en sus últimas visitas, quiso hablar a solas con ella, pero Ignacio se lo impidió. IgnorabaNo sabía cuánto tiempo más lo conseguiría pero no aceptaba las intromisiones, las violaciones a su mundo privado. No podía consentir que los ojos de otros hombres horadasen las paredes de su casa como un puñal en un trozo de seda. Nadie volvería a entrometerse nunca más en su propiedad, en su vida.

Al llegar pensaba ofrecerle el obsequio y su importante premio para; haría que se sintiera orgullosa de él, para que fuera feliz como él había lo era a su lado, en su pequeño y hermético universo. Que se detuviera el tiempo como si se hubiesen trasladado al otro lado del espejo de Alicia en un mundo que Lewis Carroll hubiera deseado conocer. Que nadie más penetrara en su círculo mágico, secreto, exclusivo. Suyo. Conseguiría que no olvidara nunca ese cumpleaños. Su decimotercer cumpleaños.

jueves, 8 de enero de 2009

Café solo


Luis Berastain Díez


(Finalista Certamen Civilia 2008)


Como cada jueves, esperaba su visita semanal. Después de mucho tiempo por fin había regresado. Sus manos recorrían con una mezcla de soltura y una cierta cautela la encimera de su cocina, buscando una caja de galletas. Al tropezar con ella, la cogió con ambas manos y se la acercó mucho a la cara, casi hasta tocársela. Creyó reconocer los colores —mezclados y sin dibujar formas definidas—, la tanteó hasta abrirla y tomó algunas pastas para depositarlas en un plato. El olor del café se adelantó al borboteo del líquido ardiendo, ya listo para ser consumido. Un aroma que le recordó los días del pasado en que se lo preparaba a su hijo, de pequeño; a la misma edad que otros desayunaban leche o chocolate, él prefería manchar de café su tazón de leche o empapar sus galletas en el líquido oscuro de su madre. Hay quien decía que eran caprichos de hijo único, que criar sola a un niño lo convertía en un consentido… Qué sabrían ellos. Tuvo cuidado al verter el contenido de la cafetera en un termo, para que su hijo lo encontrase perfecto. Café solo, fuerte; su preferido. Las dos tazas, las cucharillas y el azúcar ya estaban preparados sobre una bandeja desconchada. Por suerte su cocina era pequeña y casi le bastaba con extender la mano para alcanzarlo todo.

Al principio, todo fue bien en el matrimonio. Tras los primeros meses juntos, su marido empezó a comportarse de forma cada vez más distante, como si fuera un espectador de su propia vida. La llegada del bebé trajo las primeras discusiones, hasta que él se largó. Sin explicaciones. Dijo que no quería arruinar su vida en aquel sitio. La paternidad no le ayudó a arreglar el ambiente podrido que respiraban en casa. Pocas palabras, muchos silencios, algunas escapadas… Casi sin darse cuenta se encontró criando al niño ella sola. De joven le enseñaron a coser y ahora le serviría para conseguir algún dinero y así ir tirando. Un tiempo después el cielo le envió una bendición envenenada al quitarle la vista y evitar así darse cuenta de que sus vecinos murmuraban al pasar, compadeciéndose de ella, una costurera sin vista, una madre sin marido. Cuando el chico acabó el colegio ella se empeñó en que siguiera estudiando; él rechazó la idea. Le dijo que ahora le tocaba a él cuidar de ella. El recuerdo de aquella conversación le provocó una sonrisa. Tan cabezota como ella misma, ahora se sentía responsable y quiso protegerla. Sólo de pensarlo le entraba un ataque de ternura. Como las cosas estaban difíciles y necesitaban dinero, se enroló en el ejército, creyendo que de esa forma conseguiría aprender un oficio y también cobrar un sueldo. Y así fue durante un tiempo. Él traía dinero a casa y ella se ocupaba de su ropa, de cocinar para él, de hacerle sentir en su hogar. La cara se le entristeció al recordar la noticia. Una misión humanitaria. El eufemismo no la confundió, no era tonta. La posibilidad de estar en territorios poblados por balas, bombas y minas era la pesadilla de cualquier madre en aquellos días. Poco tiempo después de salir su grupo, las noticias dejaron de llegar. La inquietud se instaló en su pequeña casa y se fue apoderando de cada rincón en el largo mes en que no recibió ningún mensaje ni carta de su hijo. Ella visitaba diariamente las oficinas de los jefes militares en busca de respuestas; no las hubo. Su cabeza hervía de especulaciones, de presagios, de preocupación, cuando finalmente recibió una carta con membrete del ejército. No quiso abrirla. Sostuvo el sobre cerrado entre sus manos varias horas, temerosa no tanto de no poder leerla con sus ojos agotados como de conseguir atisbar algunas palabras no deseadas. Por suerte aquello ya pasó. Ahora ya estaba de vuelta. Un día sonó el timbre de la puerta, al abrirla adivinó su contorno y no hubo preguntas. Le abrazó y estiró de él para que entrase en casa. Le preparó un café caliente, como a él le gustaba; las numerosas preguntas sobre la misión contrastaban con la brevedad de las respuestas; quedaba claro que no quería hablar de ello, así que se entretuvo en contarle chismes del barrio, de la gente que conocían hacía años, pensando que le ayudaría a sentirse como en casa. Al marcharse, le dijo que necesitaba su propio espacio pero que la volvería a ver a la semana siguiente y, desde entonces, lo hacía cada semana, sin falta, cada jueves.

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Desde hacía un tiempo la visitaba cada jueves.

Vagabundeaba por aquel barrio desde hacía tiempo, el suficiente para que los vecinos se hubiesen acostumbrado a verle por allí. Sabían que era inofensivo, que nunca molestaba a nadie. Incluso alguno se atrevió a preguntarle cosas para saber más de él; no había mucho que contar, así que prefería guardar silencio o contestar con monosílabos. Además era preferible que nadie supiese cómo había acabado allí. En un vecindario con chicos jóvenes, un historial de adicciones no te conseguía ninguna dosis de piedad, ningún bocadillo de misericordia ni un termo de sopa de lástima en las noches frías de invierno.

Conocía a la mayoría de habitantes de aquellas cuatro calles. El panadero, el del bar, las señoras que compraban cada mañana la leche, la niña a la que acompañaba aquel imbécil con su moto ruidosa, como si las calles fueran suyas. También tenía visto al muchacho que, un buen día, empezó a vestirse de uniforme. Notó que le miraba de reojo, como si comprobara que estaba en su esquina, sin juzgarle, sin temor. Le recordaba a él mismo; no les separaban muchos años, sino los caminos tortuosos que él recorrió y que le condujeron a ninguna parte… Abandonó su casa por la calle y las malas amistades. Al cabo de un tiempo supo que su madre había muerto. Su padre le dijo que era culpa suya, que los disgustos pudieron con ella, que la había matado. Al oirlo se produjo un cortocircuito en su cerebro. Nunca más pisó aquella casa. Nunca más su cabeza volvió a funcionar como la de los demás.

Un día la noticia vino flotando hasta él. Lo oía todo, se enteraba de todo. Aquel con aquella, aquella que se quedó sin esto o sin lo otro, el otro que lo perdió todo… Todo y nada giraba a su alrededor y formaba parte del escenario sonoro en el que deambulaba. Al enterarse de lo de aquel chico, un temblor propio de otras épocas le recorrió la columna. El recuerdo de su madre, muerta de pena y de soledad, fue como el chispazo eléctrico que te estremece, te lanza adelante, te conecta algunas neuronas que hasta ese momento habían estado aletargadas, en desuso. Sin pensarlo, como todo lo que hacía, se dirigió hacia aquella casa donde vivía el joven con la madre. Se quedó un rato largo frente a la entrada, mirando la ventana donde en alguna ocasión recordaba haberla visto a ella sacudiendo un mantel o regando las macetas, ahora mustias o vacías. No pudo saber si el tiempo transcurrido fueron minutos u horas, un instante o una eternidad. Tiempo en el que algunos recuerdos pugnaban por salir a flote sin acabar de encontrar la escotilla de salida, creando un collage extraño y desordenado en su desordenada cabeza. Como un autómata, cruzó la calle y entró en el portal. Subió por las escaleras oscuras hasta el primer piso y se detuvo otra vez frente a la puerta de la vivienda. Oyó pasos y tal vez unos sollozos, los mismos sollozos que a su propia madre se le escaparon al ver que perdía a su hijo, que se alejaba de ella sin poder evitarlo. Alargó la mano y tocó a la puerta, esperando que tras aquella lámina de madera apareciera su madre ausente, como si aún estuviera viva, como si nada hubiera pasado. Al abrirse la puerta percibió aquel olor que le transportaba al más allá, al pasado nunca vivido, al presente que no existe. Ella le estaba esperando con una taza de café; de café solo.

sábado, 30 de diciembre de 2006

No lo entiendo

Luis Berastain Díez (Finalista Certamen Carmen Martín Gaite 2006)

No entiendo muy bien qué hago aquí, tumbado; con un brazo y una pierna escayolados. Yo no suelo caerme ni desde un escalón. No me considero un torpe, como mucho tropiezo o se me resbalan algunas cosas entre los dedos; pero pienso que en una proporción normal al resto de los humanos.

Tampoco soy muy dado al bricolaje. La última vez que lo intenté, conseguí colgar un cuadro, de esos a los que sólo les pones un tornillo redondeado en el centro del marco; y quedó torcido, desafiando a las leyes de la física. Hasta mi mujer, que me anima a que utilice las manos (es decir, recibí una orden estricta y clara de clavar el dichoso cuadro, que estaba apoyado en el suelo de un pasillo, antes de que el perro lo orinase por cuarta vez), a partir de aquel momento empezó a llamar a un manitas con el fin de que viniera a hacernos las pequeñas chapuzas domésticas. Y lo que es peor, sin evitar comentarme que tomó esa decisión para no declarar la casa en ruinas. Exagerada.

Como marido no estoy mal del todo. Tengo un trabajo digno. Desde el mes pasado. Del anterior, fui despedido injustamente, cuando el encargo de organizar un viaje con clientes a Roma, para asistir a unos partidos de fútbol de un mundial, no produjo un resultado satisfactorio. Dicho sea de otra forma, esos malditos italianos se compincharon para arruinarnos la estancia y, de paso, mi papel de organizador.

En el autobús que nos recogió del aeropuerto, al ponerse en marcha camino del hotel, el guía nos comunicó un problema con las reservas de las habitaciones, y que nos reubicaban. A 200 kilómetros, en un hotel de segunda categoría. Como las desgracias nunca vienen solas, en la autopista, se rompió el aire acondicionado, y tanto mis jefes como los clientes y periodistas empezaron a sudar a mares, sin contención ni dignidad. Es evidente que fue mala suerte y no, como me censuró el director general, culpa de mi dejadez.

A mi mujer la trato con cariño y respeto, excepto ese pequeño problema en recordar fechas y, por qué no decirlo, mi escaso gusto al comprarle un regalo, en un intento de compensar el olvido de un aniversario, cumpleaños, santo y conmemoraciones varias. No era tanto una cuestión de gusto, si no más bien que cuando le compraba unos zapatos marrones, ella hubiera preferido unas sandalias verdes, o si elijo para la ocasión un libro de su autor favorito, esta vez no me equivoco, resulta que ya lo tenía, en edición de lujo, regalado por alguna amiga suya. No es que yo no viviera en ese mundo, como escuchaba con frecuencia, si no que iba un poco desacompasado con el resto.

Pero a quién no le pasan estas cosas. A ver, que levante la mano el que sea perfecto y sus decisiones se cuenten por aciertos, o el que la suerte le acompañe en todo momento.

Desde luego, mis amigos sí me entienden. Bueno, más que mis amigos, la peña de colegas con los que acostumbraba a salir un jueves al mes a tomar unas copas y a hablar de ésta o aquella, ya saben a qué me refiero. Por cierto, no entiendo por qué antes los encuentros tenían lugar todos los jueves, luego en semanas alternas, y ahora se organiza de forma esporádica, casi todos los primeros jueves del mes, que es cuando me llaman para convocarme. Dudo que tenga algo que ver con aquella vez que, en un bar, después de haber ingerido unos pocos gintonics, obsequié con una animada charla a una chica muy simpática –en realidad el conversador era yo, porque ella se limitaba a sonreir; bueno, un poco- hasta que de repente me encontré mal y no pude evitar vomitarle encima. Al minuto me enteré, qué casualidad, que esa chica era la mujer de uno de los colegas, que había salido con unas amigas (no he conseguido enterarme de si se trataba, a su vez, de las esposas del resto de mis amigotes, aunque algunos de ellos no me hablan desde esa noche) seguramente para localizar a su marido y ver en qué consistían esas inocentes salidas de los jueves. Y se hizo una idea. Pero eso no fue culpa mía, y la prueba es que me siguen llamando, aunque últimamente parece haberse interrumpido el ciclo de salidas. Tal vez porque es verano.

Sin embargo, donde estoy seguro de destacar es en el papel de acompañante de mi mujer a algún evento social. Ella es una alta directiva de una ONG, imagínense, trabajando por el prójimo y sin ánimo de lucro, ciencia-ficción hoy en día. Su cargo le obliga a asistir de vez en cuando a cenas o recepciones con personalidades a las que intenta convencer para apoyar una campaña a favor de su organización, y claro, tengo que estar a la altura. Me esfuerzo en ser simpático y dar conversación a todos y tengo la sensación de que se me da bien porque siempre me requieren para hacer compañía a las personas de mayor edad, lógico, los que merecen más respeto y un trato más amable. Claro que también son los que se sientan más apartados, con frecuencia en una sala distante donde, tras charlar un poco entre sí, finalmente se quedan medio dormidos. No por mi conversación, evidentemente. Yo aprovecho ese momento para salir a la sala principal, con el objetivo de repartir mi encanto entre los actores, escritores, políticos y otra fauna. Y normalmente logro entablar conversación con ellos, aunque en una ocasión se me ocurrió comentar un escándalo que fue publicado en un periódico nacional; sí hombre, uno muy famoso en el que unos dineros se vieron desplazados de una cuenta pública a una privada; cómo podía saber que aquella señora era la mujer del titular de la cuenta privada.

En resumen, no me explico la razón por la que mi mujer me dijo que estaba harta y que se iba a Costa Rica –la Suiza de Centroamérica, menudo sitio- como responsable de un macroproyecto de desarrollo. Y que no sólo se iba sin mí, si no que además le acompañaba un tipo que era algo así como el ganador del concurso de Mister Cooperantes. Y que regase las plantas.

Aquello fue demasiado. No sólo era inmerecido, sino que ella parecía disfrutar de su crueldad extrema. Pero a pesar de todo, cuando salió por la puerta con un par de maletas, hice un intento de ayudarla, quizás para tener unos minutos más e intentar convencerla de que se trataba de un malentendido, que era un buen marido, amante, compañero y todo eso. Y entonces ocurrió. Me caí escaleras abajo.

Ahora estoy aquí, en la cama del hospital, sin saber dónde está mi mujer en aquel momento, sin poder regar las plantas, sin contacto con nadie. Y lo que es peor: mañana es primer jueves de mes.

Las seis vidas de Ahmed

Luis Berastain Díez (Finalista Certamen Civilia 2006)

En el campo de refugiados de Janin, el ruido de las balas se confunde con los tubos de escape; o quizás sea al revés. A veces los gritos de los niños jugando se mezclan con los de aquellos que son heridos por disparos.

Ahora se oyen los llantos de las mujeres; golpean sus cuerpos en señal de dolor, mientras los hombres están imprecando al padre para que pase a la acción, para que busque venganza. Acompañan el cuerpo sin vida de Ahmed, el niño palestino que cayó abatido por dos balas que buscaban destruir un arma. De juguete. Un juguete que inspiró a la muerte a destrozar la inocencia y los sueños de un chaval de apenas doce años.

Un tiempo después, la venganza no se ha producido. Ningún inocente ha sido inmolado para equilibrar la pérdida. Al contrario, seis cuerpos, israelíes, disfrutan más allá de lo que el destino les tenía escrito. Seis personas respiran, piensan, sienten, viven con una parte de Ahmed en su interior. Sus órganos sin futuro y sin rabia funcionan ahora en otros seres, dándoles el soplo vital que le fue arrebatado al pequeño hijo. Sus padres han decidido enterrar el rencor con un regalo para los demás: esperanza, y ese halo de esperanza se extiende como una onda de círculos concéntricos, desde la tumba de Ahmed hacia el resto del mundo.

viernes, 30 de diciembre de 2005

Parpadeo

Luis Berastain Díez (Ganador Certamen El Basar 2005)
Su imagen se reflejaba en el escaparate de una conocida tienda y, mientras el viento movía los faldones de su gabardina, casi arrancándole el sombrero, parpadeó.
En ese instante su reflejo, dándose la vuelta, fue corriendo hacia la calzada, como si el tiempo transcurriera y simultáneamente, para él, estuviera detenido. Permaneció allí, inmóvil, paralizado, mientras su propia imagen cruzaba la calle, en el mismo momento en que un autobús, saltándose su parada, le arrolló.
Sintiendo la electricidad recorrer su espalda después de presenciar su propia muerte, al abrir los ojos pudo comprobar que nada de aquello era verdad.
Fue hacia el lugar donde tuvo lugar su propio atropello, pero allí no había nada, salvo su sombrero. Se encontraba agachado para recogerlo cuando oyó un bocinazo y un grito. Nada más.

jueves, 30 de diciembre de 2004

Fatima

Luis Berastain Díez (Seleccionado Certamen Acumán 2004)

Cada madrugada, la joven Fatima se levanta la primera, antes que sus padres y sus cuatro hermanos, para ir a buscar agua. Camina varios kilómetros en dirección a la fuente del pueblo y es allí donde llena su cubo metálico con todo el agua que puede cargar; se lo pone encima de la cabeza y desanda penosamente el camino de vuelta hacia su casa, al encuentro de su familia.
Anoche, Fatima y sus hermanos oyeron unas cuantas explosiones no muy lejos de allí. En el pueblo había oído que la guerra santa contra el infiel estaba a punto de empezar. A ellos siempre les gustaba hablar de esa forma.
Esta mañana, Fatima se levantó como cada día, antes del amanecer, para dirigirse al pequeño manantial. Pero al llegar, sólo pudo ver un montón de rocas y pedruscos desperdigados por allí, y ni rastro del agua. Sin saber qué hacer, miró alrededor y pudo distinguir unos papeles dispersos por el suelo como si un huracán los hubiera arrancado de la mesa de algún lejano despacho. Al coger uno pudo leer: "Hassan Munnein es un asesino. Si sabes dónde se esconde, dínoslo. La recompensa será de 1.000.000 $. te recordarán como el héroe de tu país".
Fatima no pudo entender que el mundo occidental iba a liberarla