Mostrando entradas con la etiqueta _El Diletante_. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta _El Diletante_. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de enero de 2010

El Diletante. A voz en grito

La imposibilidad de escribir

La imposibilidad de escribir, de verter en papel blanco negras frases nuevas, capaces de transmitir un descubrimiento; de explicar un punto de vista radicalmente diferente a todo lo conocido; un complejo sentimiento, no estudiado hasta ahora; de narrar un maravilloso relato que quedara grabado eternamente en el subconsciente de la humanidad. Porque si no es para eso, no merece la pena escribir.
Legión de hombres y mujeres eyaculan o vomitan, diariamente, miles de palabras con el único afán de llenar su bolsa, de buscar notoriedad y gloria, o de ambas cosas; sólo un puñado lucha a muerte contra la imposibilidad de escribir y muy pocos de ellos salen victoriosos del combate.
Poetas sin inspiración, novelistas repitiendo una y mil veces las mismas historias, ensayistas irresponsables de neuronas resbaladizas destruyen la belleza del lenguaje como si de políticos, periodistas o internautas se tratase, que con su negligencia e ignorancia pisotean sin miramientos nuestro espléndido idioma.
Llevo años observando un abeto y todavía no me lo sé. ¿Cómo podré escribir sobre algo que desconozco? Únicamente el gran poeta aprehende el abeto en un acto de creación extrema. Y si debemos referirnos al ser humano, el asunto se complica algo más que con el árbol. Sería necesario crear nuevas palabras para designar conceptos originales creados por mentes lucidas. Sería necesario remontar el vuelo hasta convertirlo en una evolución de largo alcance; oh, pájaros de alas cortas.
Mientras tanto; continúe el espectáculo circense.

El Diletante


lunes, 4 de enero de 2010

El Diletante. A voz en grito




Envueltos


En la Baja Sajonia germana, en la Rochelle francesa y en el territorio patrio comemos, comen (yo no, y no por falta de ganas, que me chiflan, sino por falta de arrestos pecuniarios), con verdadero deleite unos alevínes de anguila, que no suelen pesar más de un gramo, conocidos con el nombre de angulas.

Todavía en la piel de toro muchos golosos disfrutan de quesos pletóricos de mohos, como los de Cabrales, y desplazándonos siempre hacia el sol naciente, en Cerdeña se regodean con el Casu Marzu, un queso infectado de larvas vivas de insectos. Los gusanos translúcidos tienen hasta ocho centímetros de largo y pueden saltar hasta quince centímetros, por lo que es conveniente protegerse los ojos mientras se degusta el manjar.
En Irak disfrutan con el Pacha, la cabeza hervida de una oveja de la que en poco tiempo los comensales sólo dejan el hueso mondo y lirondo, y en Filipinas se festejan con los envueltos. Envuelto, en filipino balut, es un huevo de pato ya fertilizado, con su embrión dentro, que se cuece en agua y se mastica como si de un huevo duro se tratase. Este plato nacional suele acompañarse de cerveza y es supuestamente afrodisíaco. A los extranjeros no acaba de entusiasmarnos el encontrar en la boca uñas y protohuesos del nonato, pero el éxito del bocado entre los muchachos indígenas es extraordinario. Las prostitutas aseguran que el balut les confiere más alegría y mejores prestaciones en su trabajo. Envueltos, o descubiertos, los humanos no tenemos punto de desperdicio.
El Diletante

lunes, 21 de diciembre de 2009

El Diletante. A voz en grito



El gato con botas


Los gatos somos como los cometas: tenemos cola y siempre hacemos lo que nos da la gana. Algunas personas dicen que los escaldados huimos del agua fría, estúpida contradicción propia de los humanos, porque en todo caso huiríamos del agua caliente. El agua en general, caliente o fría, no es santo de nuestra devoción.
El caso es que hace algún tiempo el Gato con Botas me solicitó encarecidamente que mintiese a mis paisanos y, en un día descuidado y perezoso, accedí por curiosidad. Nunca me perdonaré haber participado en semejante gatuperio; su solo recuerdo me hace sudar, y no precisamente como el gato de Algalia. Claro, ya saben aquello de que la curiosidad mató al gato. Propagué el bulo de que el Marqués de Carabás era el auténtico amo y señor de aquellas tierras y entoné loas a su profunda preparación, aguda inteligencia y sabios dictámenes, y así logré darles gato por liebre. Y luego lo que pasa, una mentira trae otra, un enredo engendra otro mayor, y al final la maraña es tan descomunal que nadie se aclara. Tanto es así que llegué al convencimiento de que el benjamín del rústico molinero era el auténtico Marqués de Carabás.
De resultas de tantas mentiras, bulos, y falsedades, el patán se llevó el gato al agua y se alzó con el poder. Durante largos años, los pobres campesinos debieron soportar la mala gobernanza del Marqués, del Gato con Botas y de las gentes de su cuerda. De todos ellos yo huía, arrepentido de mi culpa, como gato escaldado. Luego, los lugareños se vieron esquilmados y, empobrecidos, tuvieron que emigrar, y ya ni una raspa había que llevarse al gaznate.
Vamos, las mismísima caraba en bicicleta.

El Diletante

lunes, 14 de diciembre de 2009

El Diletante. A voz en grito

Los "regularhechores"

No existen los “regularhechores”.
Hay bienhechores, pocos, y malhechores, muchos; pero la mayoría de la gente somos “regularhechores”, esos que no existimos para la real academia de la lengua, y que en verdad no somos ni "pichí" ni “pichá”. Y si no hay palabra no hay vida.
Claro que a lo largo de la existencia, y según la música que nos toque bailar, podemos convertirnos circunstancialmente en bienhechores o malhechores; aunque volveremos a nuestro estado original de “regularhechores” en cuanto cesen las fuerzas causantes del cambio, debido a nuestra enorme resiliencia. Por todo ello, humildemente, y con el debido respeto, solicitamos la pronta aceptación del palabro por la academia de la lengua.

El Diletante

jueves, 10 de diciembre de 2009

El Diletante. A voz en grito



Aminatu Haidar o la dignidad


Cuando escribo estas líneas, la saharaui Aminatu Haidar lleva veintitrés días de huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote con el fin de obtener el permiso para volver a su casa en El Aaiún. No le permitieron regresar a su país y fue enviada, en contra de su voluntad, a España. Tuvo la “desfachatez” de atenerse a la legalidad internacional declarando, en un formulario, que su origen es el Sahara Occidental, territorio pendiente de descolonización según las Naciones Unidas, y no Marruecos, país usurpador del territorio desde la marcha verde en 1975 y la salida vergonzante de España. Y por ello se le retiró su pasaporte marroquí.
El gobierno de Marruecos incumple los pactos políticos y civiles firmados, incluyendo los derechos humanos, que el felón feudal se pasa por la entrepierna, y amenaza: “España debe elegir entre convivir con Marruecos, que demuestra su capacidad de controlar todo lo que sucede en su territorio, y luchar contra las plagas que le han afectado o convivir con una región con peligros que pueden tener consecuencias sobre su porvenir y el de Europa”.
El gobierno de España se acobarda, se encoge, mengua y mira hacia otra parte. Cumple la legalidad internacional sólo cuando le interesa, y en este caso no le interesa, y no tiene ni el valor ni la gallardía de enfrentarse a su vecino sureño.
Dos estados indignos, y en medio una pequeña, menuda, mujer revestida con la larga túnica de la dignidad.
—Conserve la vida por el bien de sus hijos —le dicen los españoles.
—Prefiero que vivan sin madre pero con dignidad —contesta Aminatu Haidar.
Ella es un grano en el culo del monarca alauita, dado el impacto internacional, tanto social como mediático, de su huelga de hambre, al asociarla a las tremendas injusticias que se cometen diariamente en el país vecino.
Ella es como un aldabonazo en la conciencia de muchos españoles que recuerdan nuestro torticero comportamiento con el pueblo saharaui.
Lastima que no dispongamos de un Colin Powell para exigir a Mohamed VI que resuelva la situación en diez minutos.
Nosotros sólo podemos unir nuestros corazones y esperar que Aminatu Haidar pronto pueda reunirse con sus hijos en El Aaiún; porque su muerte, como dijo Saramago, nos empobrecería a todos.

El Diletante



lunes, 7 de diciembre de 2009

El Diletante. A voz en grito


El depredador

El depredador devora, como si jamás lo hubiese hecho, tiernos tallos, pequeños pedúnculos, suculentos rizomas y engulle jugos y acuosidades al alcance de su lengua. Parece que, inusualmente, estuviese festejando; y digo inusualmente porque la normalidad en el depredador es el éxito, y por consiguiente la ausencia de celebraciones y alharacas. Los triunfos, debidos a la vehemencia y al ardor que utiliza durante la conquista, son tan numerosos que, una vez obtenidos, provocan en él un desinterés incluso mayor que el instigado por sus presas una vez cazadas. Esto sucedió hace muchos años; ahora el depredador, confundido en una maraña de situaciones, ni siquiera puede recordar. ¡Lo que no daría por un lance!

El diletante

lunes, 30 de noviembre de 2009

El Diletante. A voz en grito



El fuego

Contemplo el fuego. Es un extraño animal devorador. Su embrión son pequeñas partículas incandescentes, de color amarillo o rojo según su temperatura, de vida muy breve. La mayoría mueren convirtiéndose en humo negro. Algunas de las que logran sobrevivir se convierten en pequeñas llamitas que aletean fugazmente; otras, las menos, están bien constituidas y no se conforman con morir sin luchar. Cuando el fuego es pequeño se muestra tímido, cohibido, antojadizo, vulnerable. Según va creciendo, su carácter se fortalece. Aprende de sus errores. Primero ataca a todo por igual; pronto se da cuenta de que hay bocados demasiados duros de roer, por lo que opta por ir acariciando las piezas más débiles hasta lograr hincarles el diente. Luego se va envalentonando, artero y taimado prueba con enemigos más poderosos. Aprovecha las hendiduras para ir introduciéndose subrepticiamente hacia lugares más favorables. Su estrategia caótica logra convertir sus fracasos de aquí en triunfos allá. Poco a poco consigue hacerse dueño y señor de su territorio.
Agradece el alimento de un montón de cuartillas garabateadas. Cuando se han consumido, le ofrendo el manuscrito de mi primera novela, autobiográfica y calamitosa. Tal vez sea la única manera de que mis escritos den calor a los corazones; estupidez mayúscula, recapacito: el poder calorífico del papel es el mismo emborronado o no. Entonces comienza la danza orgiástica de sus lenguas, amarillas, rojas, azules. El núcleo compacto devora a la máxima velocidad, mientras la periferia va preparando el camino de su expansión. De vez en cuando una lengua puntiaguda, aislada, aparece fuera de la periferia, solitaria, estremecedora, previendo su muerte violenta. En su vejez se convierte en rojiza brasa, en negro carbón y luego mansamente en ceniza blanca.

El Diletante

lunes, 23 de noviembre de 2009

El Diletante. A voz en grito


Niebla


Amaneció con una niebla densa, masticable, cercana a una “nebbia” veneciana. Lenta y tenazmente fue introduciéndose en mi alma hasta transformarla en una sustancia gelatinosa. Sólo quedaba la cercanía, y poco a poco también se esfumaron los detalles. Interponiéndose al mundo exterior la niebla se fue trocando en mi límite, haciendo desaparecer el fenómeno; en un primer momento supuse que eso acrecentaría el noúmeno pero, una vez más me equivoqué, este también tendía a desaparecer. A mí me ocurría lo mismo, mi esencia adelgazaba hasta quedarse sin concentrado, convertida en puro lixiviado.
Gracias a Dios, Carmen también se había esfumado.

El Diletante


lunes, 16 de noviembre de 2009

El Diletante. A voz en grito


Pato a la pekinesa

Para festejar mi cumpleaños convide a comer a mi pareja a un restaurante asiático. El local era moderno, limpio y acogedor y el menú no llegaba a los diez euros, como en la mayoría de las grasientas tascas de los alrededores. Como a las mujeres nos encantan esos pequeños detalles como las toallitas calientes y las magnificas sonrisas de los sirvientes, todos asiáticos, comencé a relajarme y a disfrutar de mi buena elección aún a sabiendas que Roberto goza más con la contundente comida ibérica. Todo iba divinamente, en un crescendo que fue coronado por el pato a la pekinesa. El pato era suntuoso, exquisito, extraordinario, alcanzando en el paladar melosidades complejas, impensables en un modesto restaurante como aquel. Hacia tiempo que no disfrutaba tanto con un almuerzo; aunque Roberto no daba muestras de apreciar las bondades ni del local, ni de la comida.
A los postres me entregó un paquetito, que nerviosamente desenvolví; contenía un fular, al verlo sólo pensé en cómo deshacerme de el.
Finalizada la ceremonia solicité la cuenta, que como es mi costumbre repasé. Advertí a la camarera que habían cargado una bebida de más, lo que esta refutó en su media lengua. Aducía con vehemencia algo incomprensible y yo, ya nerviosa, repetía una vez más mi razonamiento. Poco a poco se fue organizando un galimatías horrible donde, excepto Roberto, todo el mundo se creía en el derecho de intervenir.Salí del local en el convencimiento de haber profundizado un grado más en el pozo de mi soledad.

El Diletante


lunes, 9 de noviembre de 2009

El diletante. A voz en grito




Ding-an-sich



El término Ding-an-sich kantiano, que no significa digan sí, que significa la cosa en sí, es escatológicamente escatológico. ¿Pendejada pedante?




El Diletante



lunes, 2 de noviembre de 2009

El diletante. A voz en grito

La primera elección


Aunque ya no llueve y ha salido el sol, siguen cayendo gotas de las hojas de los árboles. Huele a primavera, igual que aquella lejana mañana en la que me dirigía al colegio dándole vueltas en la cabeza al problema, parecía dos multiplicaciones y una división, cuya solución no era evidente. Debería entregar la solución, sin excusa, al llegar a clase.
Andaba rápido y cabizbajo, tenia el tiempo justo, cuando de repente todo mi campo de visión se llenó con medio cuerpo, desde la cintura hasta los pies, de una señora que marchaba delante de mí. Llevaba un amplio cinturón negro, una falda gris, ceñida al cuerpo, que le llegaba un palmo más abajo de la rodilla y unos zapatos negros de tacón alto. Caminaba con soltura, con un dulce balanceo sugestivo, hipnotizador. No sé por qué, pero casi me detuve en seco, tal vez para tomar perspectiva de mi visión.
Aunque solo la veía de espaldas, era alta, bien proporcionada, castaña, y tendría sobre los treinta años. Continué cinco metros detrás de ella, a su misma velocidad. Nunca había visto nada igual o por lo menos era la primera vez en mi vida que tomaba conciencia de cosas parecidas. Iba absorto en aquel contoneo; la preocupación con el problema había desaparecido.
Después de un par de minutos de marcha, comencé a notar un suceso inédito, desconocido por mí: una inflamación en los bajos. La sensación era doble: de una parte un cosquilleo agradable, como un sentimiento de fuerza y poderío y de otra una dolorida hinchazón preocupante, un problema, que tal vez, debería consultar con mi padre.
Así, seguimos bajando la calle; me olvidé de torcer a la izquierda para ir al colegio, y del tiempo, sí, del tiempo también me olvidé. La turgencia no cedía, pero a lo mejor las cosas eran así y yo lo ignoraba, cosas sin importancia, vaya usted a saber. Durante veinte minutos, más o menos, continué siguiéndola hasta que entró en una peluquería de señoras. Regresé sobre mis pasos y milagrosamente la prominencia desapareció.
A mi mente retornó el problema inconcluso, la tardanza en la llegada al aula, y la elección entre contarle el suceso a mi padre o no, no fuese a tratarse de una enfermedad. ¡A lo mejor era una tontería, poco más que dos multiplicaciones y una división!
En la puerta de la escuela una madre con un magnífico busto despedía a su hijo, y otra vez se me encabritó la cosa. Decidí no decirle nada a mi padre.

El Diletante

lunes, 26 de octubre de 2009

El Diletante. A voz en grito

Lucca

Cerca de la plaza del Anfiteatro de Lucca, en un pequeño restaurante exquisito, con recoleto jardín interior, entran un hombre y una mujer. Él de estatura mediana llama la atención por su noble apariencia; pelo blanco con grandes entradas en las sienes, frente despejada con breve mechón sobre ella, fino bigote y frondosa perilla níveos. Tez tostada por muchos soles, orejas pegadas a la cabeza y dos líneas por ojos que dejan entrever iris azules que sonríen continuamente enmarcando breves ojeras. Los labios acompañan a la sonrisa irónica de su mirada, vertiendo su picardía sobre la mujer. Ella es muy joven, rubia, extraordinariamente bella. Hierática, de ademanes pausados, solo contesta con la cabeza al discurso del hombre. Mira fijamente el menú como si su vida dependiese de ello. Se lleva las dos manos a la nuca, rectifica inmediatamente su posición acariciándose una uña. La niña no habla, la niña no ríe. Come despacio, con pequeños bocados. Su mirada se clava durante mucho tiempo en un punto del infinito.
Después de pagar la cuenta el hombre se levanta para ayudar a salir a la mujer. La dueña del establecimiento, el maître, y el camarero que les atendió, despiden la sonrisa segura y mordaz de él y la mirada inasequible y absorta de ella.

El Diletante

lunes, 19 de octubre de 2009

El diletante. A voz en grito



Cancaneo


Exceptuando la firme determinación de seguir en el poder, el señor presidente se dedica al cancaneo. Cancanear significa vagar sin objeto determinado, andar a lo que salga.
Si se trata del paro, se cocinan las estadísticas y manda al alcalde Celestino que nos informe que han logrado que disminuya, cuando la realidad es un doloroso notable aumento.

Si lo que toca es la financiación autonómica, aumentará y será mejor para todos, aunque luego haya que negociar con los catalanes bajo cuerda y le cueste un 1% del PIB al estado.

En declaraciones pomposas asegura que en el 2012 se llegará al equilibrio presupuestario, cuando el pobre no sabe lo que dice y en su mente simplista lo ve todo posible, siempre sin pegar un palo al agua, ni hacer los deberes. Bambi se ha convertido en Alicia en el país de las maravillas.
¡Que trabaje la diplomacia! Tenemos que estar invitados en todos los agasajos mundiales que se celebren y no como convidados de piedra, no, que se note nuestra presencia aunque sea como nuevos ricos. Quinientos millones en ayudas por aquí, cuarenta por allá, para reconstruir un fuerte italiano de pasado español, lo que se necesite, faltaría más. Creo que le han tomado la medida y los malvados del mundo se cachondean de él, y de paso de todos nosotros.. A cambio le dejan enseñar brevemente la dentadura junto a la del Amo.
Y todo esto sería muy divertido si no fuera por qué este triste personaje está contribuyendo de forma decidida a la pérdida de toda una generación, la generación de nuestros hijos.
Un país con un déficit del 10% del PIB y cuatro millones y medio de parados está en una situación extraordinariamente grave, tan grave como para olvidarse de financiaciones autonómicas, de fiestas y de fuegos fatuos.
Entérese de una vez por todas: no queremos contribuir a la gobernanza mundial, no deseamos que nos adjudiquen las olimpiadas, no queremos pertenecer a g-ochos, ni catorces, ni veintes, con nuestros puntos g ya nos las arreglamos. Solo nos queda barrer nuestra casa y ponernos a trabajar muy duro para mitigar el desaguisado. Y si no lo hacemos, pobres de nuestros nietos. Cancanear en lenguaje cheli significa montárselo con desconocidos, el afamado dogging.
Sr. presidente: si no hay otro remedio cancaneenos; pero sin la sonrisa, por favor.

El Diletante

lunes, 12 de octubre de 2009

El diletante. A voz en grito




Solaz



No sé por qué, pero el caso es que me preguntaban acerca de cuál debería ser el nuevo nombre de la estación de cercanías de Sol en Madrid. A sabiendas de su inutilidad propuse solaz. Solaz es una bella palabra, fresca, que significa descanso, recreo. Sol de la a a la z. Claro que sería más solaz si en lugar de la dureza actual de la plaza hubiesen plantado árboles de sombra. ¡Cráneos privilegiados!; en Madrid, la sombra es oro.
Llegué a la Plaza del Sol y por el gusanillo entré en la caverna más grande del mundo, según los políticos. Tanto técnica, como constructivamente, el trabajo ha sido excelentemente ejecutado. Arquitectónicamente, notable.
—Caballero, ¿podría indicarme donde están los baños, porque nadie lo sabe?
—No existen señora, se les han olvidado a los señores arquitectos o a los señores constructores.
—¡No me diga!, porque tengo un apretón.
—Salga corriendo a la calle. ¡Esto es una trampa mortal!
Como obra acabada merece un suspenso por desidia, algo habitual en el solar patrio.
Esperemos que cuando al Sr. Gallardón se le haya atenuado la pulsión freudiana del agujero, nos instale aire acondicionado en las calles de Madrid; que, de verdad, aunque falseen las temperaturas, hace mucho calor.Y salí de la caverna a ver de día el sol y lo que le es propio.

El Diletante

lunes, 5 de octubre de 2009

El Diletante. A voz en grito

Proctofantasmas


Un antiguo empleado de la Moncloa asegura que desde 1982 “una impresionante y poco normal cantidad de fantasmas visitaron los muros de este palacio”. También afirman los parapsicólogos la existencia de psicofonías que corroborarían la permanencia de espíritus en el palacio. Al parecer, en los últimos tiempos los espectros han ido tomado confianza, pasando de ocupar los pasillos del bunker subterráneo a las habitaciones privadas del prócer. Los politólogos conocen como “síndrome de la Moncloa” la nefanda influencia de los fantasmas en los ocupantes de la sede presidencial, cuyas principales características son: deslumbramiento, aturdimiento, pasmo, embobamiento, autismo; dejar pasar los días mirando a las musarañas.

Ante la marcha caótica del país, las fuerzas vivas se reunieron en busca de un remedio a tan aberrante situación. Congregaron a especialistas en todas las ciencias y, no encontrando
respuesta, decidieron dar a conocer el problema a todas las embajadas en el extranjero. Y miren por donde, un modesto historiador alemán dio con la solución: dos siglos antes, el filósofo Nicolai, en una comunicación a la Academia de Ciencias de Berlín, afirmó haberse liberado de las visiones fantasmales mediante la aplicación de sanguijuelas en el mismísimo ano.


Dado el lamentable malvivir de la ciudadanía nacional, y antes de ocupar la presidencia de turno de la Unión Europea, rogamos respetuosa pero enérgicamente le sean aplicadas al actual ocupante del palacio de la Moncloa dos veces diarias, mañana y tarde, el afamado sistema de Nicolai; con el único fin de liberarle de los proctofantasmas.

El Diletante


lunes, 28 de septiembre de 2009

El diletante. A voz en grito





Abluciones polares


El progreso es imparable. Primero compré una caldera que duró quince años, al cabo de los cuales fue sustituida por otra de igual modelo del mismo fabricante. Esta segunda aguantó nueve años; es decir, un cuarenta por ciento menos que la primera, lo que evidencia el imparable progreso crematístico de algunos. Como consecuencia del estropicio nos quedamos sin agua caliente durante varios días y me vi obligado a duchar a mi hijo con agua fría. Mi hijo adora el agua caliente, permanece bajo ella durante tiempos insospechados para el resto de los humanos y nunca sale escaldado.
El caso es que con el agua fría hemos pasado de una tortura a uno de los mejores cachondeos de los últimos tiempos. Le sacudo con la manguera en las piernas y grita y yo más. Luego le atizo en el culamen y organizamos un pandemónium del diablo, pero cuando el chorro de agua helada le golpea los mismísimos chilla como una rata y nos reímos como descosidos. La fiesta dura diez minutos diarios inolvidables.Visto lo visto, he decidido no colaborar con el progreso y seguir divirtiéndome con las abluciones polares.

El Diletante



lunes, 21 de septiembre de 2009

El diletante. A voz en grito


El punto muerto


Los hombres siempre creyeron en los dioses, hasta ahora. Primero fueron politeístas, luego monoteístas, y su religión, la que fuera, les proporcionó un cierto sentido a sus agobiadas vidas. Recientemente se ha declarado que en el estado actual de la ciencia puede afirmarse la no-existencia de dios. Y no es que vayamos a convertirnos en ateos por decreto; pero cuanto los países son más desarrollados, mayor el porcentaje de descreídos, de gentes que ya no saben o no pueden o no quieren usar las muletas religiosas, de personas que han perdido la fe. Tal vez se salvarían los budistas, adeptos a una religión sin dios. Si no hay Más Allá, si solo somos cenizas, aprovechemos mientras no lo seamos. Y la vida de todos los días se convierte en un espectacular y feroz combate por la supervivencia y la consecución de la máxima recompensa; nuestra moral se vuelve perruna y llegamos a un punto muerto de difícil escapatoria. ¡Oh, mentes preclaras del universo mundo, oh 'geveintes' planetarios: en lugar de buscar soluciones mercantiles a los actuales problemas, indagad, con perspicacia, en cielos y tierra los sustitutos de los viejos dioses!

El Diletante

lunes, 14 de septiembre de 2009

El Diletante. A voz en grito



¡Que suban el sueldo al borbón!


En la final de la copa del rey, el himno de la nación fue silbado y abucheado por la mayoría de los asistentes al estadio de Mestalla, algo nunca visto en ningún país del mundo mundial. Y no quiero ni pensar en algo parecido en los Estados Unidos de América. Y aquí todo esto sin consecuencias, mas que dejar sin trabajo a un empleado de televisión. Los medios de comunicación han corrido un tupido velo sobre el hecho y aquí no ha pasado nada. Pues sí ha pasado.
Ya sabíamos que nuestros alumnos están a la cola de los europeos, que lo nuestro no es la educación, pero de lo que no estábamos seguros era de tener el dudoso honor de ser el pueblo peor educado del planeta. Sí, maleducados. ¿Consecuencia de la educación para la ciudadanía o del hecho diferencial? El suceso muestra dos cosas: el alto porcentaje de energúmenos maleducados, y la paciencia cobarde de la buena gente que a pesar de todo sigue siendo mayoría. ¿Dónde está el límite de las tragaderas reales? ¿Hasta donde se debe soportar el insulto?
La mayoría del pueblo comienza a estar harta de las singularidades y sobre todo de las singularidades de los cafres. El hecho en sí es muy grave y no debería volver a repetirse. Por ello propongo, con carácter inmediato, que se adopten tres medidas:
1ª Se deberá desagraviar a millones de españoles que se han visto profundamente ofendidos. Si no hay desagravio se creará una deuda que algún día habrá que pagar.
2ª Que la copa del rey sea sustituida por la copa del energúmeno.
3ª Dada la temporada que lleva el borbón, entre caudillos bolivarianos y cafres domésticos, se le suba el sueldo al rey, coño.
El Diletante

lunes, 7 de septiembre de 2009

El Diletante. A voz en grito




Culo en pompa


A la hora de los señoritos, mediodía, quedan los padres de la patria para hablar del Estado de la Nación en el Parlamento. La gran depresión económica, el drama de cuatro millones de parados, el fiasco de la educación y las tensiones centrifugas de la periferia. Cada cual defiende lo suyo a cara de perro, pero solo frente a la galería; luego el compadreo continúa, ya se sabe, hoy por ti mañana por mí. Los mejores, intelectualmente hablando, conocedores de la inutilidad de sus esfuerzos tampoco se desmelenan. No hay nadie que se atreva a decir las verdades, todo el mundo espera que el temporal pase pronto y así volver cuanto antes a las prácticas habituales del engaño, la dentellada y el sálvese quien pueda. Atónito contemplaba por televisión el patético espectáculo de los robaperas de turno, cuando me quede dormido. Escandalizado y liberado soñaba con la búsqueda de verdades universales, soluciones al dolor y la miseria; pero ni siquiera era capaz de encontrar la puerta del laberinto. Luego, sin entrar en él, ya lo había atravesado y la verdad se impuso con luz propia. Mientras a su alrededor todo era palabrería, colores chillones, caos y confusión, la escueta verdad ocupaba el centro de la escena: el daguerrotipo en blanco y negro del culo en pompa de una mujer tamizado por un tul.

El Diletante



lunes, 31 de agosto de 2009

El Diletante. A voz en grito




KARAKORUM

La caída fue brutal. Trastabillé en nieve podrida y, sin saber cómo, me desplomé hasta una pequeña repisa cuarenta metros más abajo. El fuertísimo golpe me aturdió, aunque pronto pude tomar conciencia de la situación: la pierna y la muñeca izquierdas estaban rotas. Pretendí levantarme; un dolor agudísimo me lo impidió. Grité algo a mi compañero de escalada. Probé a girar con suavidad el cuerpo y tampoco pude. A la altura y en la situación en que me encontraba, el rescate sería muy difícil, la opción lógica consistía en bajar. ¿Pero el rescate por quiénes? Subimos al estilo alpino y existían pocos montañeros en el mundo capaces de repetir la pequeña hazaña, deberían fijar cuerda para bajarme. Llegó mi compañero y me abrazó con delicadeza y ternura, casi como una madre; él, un hombre fuerte y duro como un peñasco.
—Lo siento, la pierna y la muñeca están rotas —le dije, como no dando importancia a la cosa.
—Bueno, podía haber sido peor. Déjame ver las heridas para curarlas o al menos limpiarlas con suero y Betadine. Un antibiótico no te vendrá nada mal y así evitaremos que se infecten.
Busqué en el botiquín y encontré una caja de antibióticos.
—Hemos de bajar y para ello es preciso que te levantes —continuó.
Ambos sabíamos que estábamos por encima de los seis mil metros y que a esa altura ningún helicóptero osaría socorrernos. Debíamos descender.
Al ponerme en pie me desmayé.
Cuando abrí los ojos, la luz hirió con violencia mi retina. Estaba en una pequeña repisa, orientada al sur, cubierta de nieve inmaculada. El día era bueno, y un sol esplendido bruñía el mundo.
—Baja tú y organiza el rescate, no hay más alternativas. Sé que tardarás siete, diez días en volver. Te aseguro que seré buen chico y no me moveré de aquí. Permaneceré tranquilo esperándote.
—Sí, no hay otra opción. No trajimos el vivac. Te dejaré mi saco de dormir, comida y una carga de gas. Volveré lo antes posible, el pronóstico meteorológico es bueno, sé que eres fuerte y aguantarás.
—Antes de irte te ruego construyas una especie de semiiglú que me proteja del frío, y desde el que me sea fácil obtener agua calentando nieve.
En poco más de media hora excavó un confortable semiataúd, donde quedé instalado. Cuando desapareció de mi vista, no pude evitar un nudo en la garganta.
Lo primero, lo esencial, es controlar el pánico, no puedo permitirme entrar en pánico porque entre otras cosas no serviría de nada. ¿Miedo a morir aquí solo, tirado como un perro? Es algo que ya debería tener asumido, y en cualquier caso nunca he conocido a nadie que muriera acompañado. Siempre se muere solo. Ante mí el inconmensurable regalo de la belleza de estas montañas imposibles cubiertas de nieve impoluta, lo que más he amado en mi vida. Será el tributo a pagar a los dioses por la enorme felicidad de haber vivido siempre buscando los límites del ser humano. Pese a todo, yo debo ser el dueño de la situación, aunque pudiera ocurrir que en algún momento deje de serlo. De los cinco sentidos mi favorito ha sido la vista, de la que dicen siempre trabaja al encontrarse ante un mundo adverso. Para mí el mundo nunca fue hostil; duro y bello sí, pero nunca encontré en él a un enemigo. ¿Cómo me organizo? ¡Qué susto van a dar a mis padres en el pueblo, con lo viejos que ya están! Ahora debo organizarme, ya habrá tiempo de apenarme por mi mala suerte y recordar a la familia y a los amigos.
Lo primero es el dolor, si no me muevo prácticamente no existe; mas, amigo mío, si no me muevo estoy perdido porque a esta altura la sangre se garrapiña, se densifica, y el resultado es un edema. De forma y manera, como dicen algunos cursis de salón, que no sería malo si muevo todo lo posible la cabeza, y el brazo y la pierna buenas. Luego está el frío, soportar inmóvil los diez, tal vez quince, grados bajo cero. Dormir, mimir, mimir, estoy oyendo a mi abuela; es tal el agotamiento de mi cuerpo que unas horitas de sueño serán una bendición.
He dormido como una marmota, loado sea el altísimo, porque aquí de lo que se trata es de dar tiempo al tiempo, y hacer tiempo, y acortar el tiempo de espera. ¿De espera?
¿Creo en el fondo de mis entrañas que pueden venir a buscarme? Verdad que no, porque si asumo lo incuestionable todo será más fácil. No, no vendrán a buscarme a tiempo, porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. ¿Como diablos van a organizar un equipo de rescate? Descartado el helicóptero, nos queda la opción clásica. Para conseguir el éxito con esta posibilidad se necesitan tres factores: hombres, (un jefe absoluto del rescate, un coordinador, escaladores aclimatados a la altura, y porteadores), materiales suficientes (hombres y materiales juntos en un campamento base, digamos a unos cinco o cinco mil doscientos metros de altura) y climatología favorable. Y todo ello en una lucha titánica contra el reloj y la burocracia paquistaní. Además, para poder bajarme necesitaran al menos colocar cuerda fija en más de mil metros de pared, y disponer de poleas o algún artilugio que lo haga posible. Y no nos olvidemos del tiempo. Lleva mucho haciendo bueno; pero un mal día cambiará, entrará el marrón, que decimos los alpinistas, y estas montañas se cerrarán al hombre hasta dentro de un año. No podrá ser.
Sufro por mi compañero y los camaradas de mi club alpino que removerán cielos y tierra para el rescate; y organizarán, me juego el cuello (claro que en mi situación actual no vale gran cosa), un pandemónium del mismísimo carajo. Saturarán las centrales telefónicas de media España y parte del extranjero, colapsarán los correos electrónicos de medio mundo y parte de Celtiberia; irán, vendrán, subirán, bajarán, lo probarán todo, y todo será como un globo que después de hinchado explotará como una pequeña pompa de jabón. ¡Qué buena gente mis amigos, qué nobles, qué quijotes! ¡Qué suerte compartir con ellos estos años!
Aunque ya no por mucho tiempo, padezco congelaciones en los dedos, la fortuna ha sido benévola al conservar hábil mi mano derecha; me permite muchas cosas, entre otras poder escribir estas notas que clarifican mi pensamiento, lo descarga y lo entretiene. Dentro de cien años alguien encontrará estos papeles apretados contra mi corazón y les hará ver la luz.
Creo que la fiebre ya ha hecho acto de presencia, la herida estará infectada gracias a las defecaciones que no puedo expulsar del saco de dormir, el olor se me hace insoportable. De vez en cuando soporto alucinaciones, y sin embargo los ojos siguen llenos de una belleza grandiosa. Ahora mal pienso cuando pienso, me asaltan sueños tortuosos cuando duermo, hambre cuando como, sed cuando bebo y una gran e inconmensurable indiferencia.
La próxima vez fracasaré mejor, pero nadie podrá impedirme seguir tentando al límite, intentándolo.
La mano de nieve ya no arrancará notas, sólo mi melodía. Voy a morir aquí, embalsamado en jugos, mis jugos, cerca de las estrellas, tus estrellas.
El Diletante
.