miércoles, 26 de octubre de 2011
Susana Corroto gana el segundo Premio del I Concurso de Relato Breve Pepita López
Puedes visitar en este enlace el blog de la autora:
http://palabrasmagicasdesusana.blogspot.com
martes, 25 de octubre de 2011
Susana Corroto es finalista del Certamen de microrrelatos abogados de agosto de 2011
jueves, 31 de marzo de 2011
Susana Corroto ha sido finalista del Certamen Carmen Posadas de relato
martes, 30 de marzo de 2010
Susana Corroto es finalista en el Certamen Microrrelatos Abogados del mes de marzo
Susana Corroto Villacañas
(Finalista Certamen Microrrelatos de Abogados marzo 2010)
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sábado, 19 de diciembre de 2009
Susana Corroto ha sido semifinalista con tres relatos del certamen Fergutson de microrrelatos 2009

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Susana Corroto, semifinalista del certamen Fergutson de microrrelatos 2009
Susana Corroto
(Relato semifinalista del Certamen Fergutson de Microrrelatos 2009)
Kalim pasa el verano en la playa. Camina hechizado por el abanico de sonrisas, chapoteos y juegos de niños que a su alrededor se despliega. Un plataforma azul flota sobre el mar inmenso. Tiene un tobogán y dos escalerillas. Sueña que se desprende de la camiseta que lleva pegada al cuerpo y se lanza al fresco azul para nadar libre hasta ella y que pasa la mañana subiendo y bajando feliz por esas escaleras, lanzándose al agua sin cesar, como el resto de chiquillería. Risas, zambullidas, sombrillas de colores, juguetes hinchables y castillos de arena… Kalim adora la playa. Sonríe y sigue soñando. “¡Chico! Aquí tienes”, exclama la señora del sombrerito de paja. “¡Chico!”, vuelve a gritar, y el sonido de su voz desgarra la burbuja que flota sobre su cabeza, rompiéndola en gotitas de ilusión que se estrellan en la arena. Kalim toma el billete que le tiende la señora y le entrega el vestidito elegido. Recoge del suelo el fardo, se lo vuelve a cargar a la espalda y continúa su caminar lento, gritando “¡Barato! ¡Vestido barato!”, mientras su mirada infantil se pierde, como cada año, en el veraneo ajeno y en la fantasía, quizás, de uno propio.
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Susana Corroto, semifinalista del certamen Fergutson de microrrelatos 2009
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miércoles, 7 de octubre de 2009
Susana Corroto gana el Certamen Algazara de relatos
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Un día le pregunté cuál era motivo por el que amaba tanto su trabajo, si ello le suponía tantos otros inconvenientes, y levantándose triunfante de su viejo taburete de madera junto al fuego, mi padre me contestó:
—¡Porque así no he de trabajar el lunes, hijo mío! Es un día detestable...
lunes, 4 de mayo de 2009
Recuerdos en un cartel

(Carta finalista del VIII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor 2009)
Esta mañana me he dado cuenta de que no recordabas mi nombre. Lo he visto en tus ojos azules, mi princesa, cuando he entrado en la cocina, aún en pijama, adormilado, y te he has girado hacia mí con el paquete abierto de café en una mano y una cuchara en la otra, dándome los buenos días. Durante apenas un segundo se te ha congelado la sonrisa, pero enseguida has fingido reconocerme y has seguido con lo tuyo, como si tal cosa. Yo me he vuelto al dormitorio y he abierto el tercer cajón de la cómoda. He tomado el cartel de cartulina roja, el que lleva mi nombre dibujado en mayúsculas de trazo grueso, y me lo he colgado al cuello. Después, sentados a la mesa, cuando me has pasado el azúcar, has mirado mi cartel y he notado que te relajabas. “¿Te apetece una tostada, Miguel?”, has preguntado, haciendo hincapié en la pronunciación de mi nombre, para que yo viera que sí, que lo sabes, aunque algunos días no puedas recordarlo sola.
Los médicos dijeron que el desarrollo sería progresivo, muy lento y de hecho, hay días que aún son buenos, incluso parecen normales. Y en esos días soy yo el que se olvida de esta pesadilla en la que estamos inmersos los dos, desde hace casi tres años, envueltos en esta penumbra, en esta bruma que no te deja mirar atrás, mi princesa, que te esconde adrede nuestro pasado y nuestro presente, nuestros buenos y malos momentos, nuestros sentimientos y hasta nuestros sueños. Pero en medio de esta niebla, he de mostrarme tranquilo, sosegado, sereno. Ser metódico y mantener tu entorno claro y ordenado, exento de imprevistos y alteraciones que puedan perturbarte. Por eso, todo lo que hacemos cada día sigue una rutina y por eso, también, he marcado cada rincón de la casa con pequeñas etiquetas de colores que muestran mensajes diversos: “Azúcar”. “Armario para vasos”. “Sopa = cuchara”. “Calcetines”. “Te amo, Celia”, por todas partes, “Te amo”.
Acabas tu desayuno y te levantas sin decir nada. Cruzas el pasillo decidida y te veo desaparecer tras la puerta cerrada del baño. No debo atosigarte, así que pongo los vasos en el fregadero, recojo a toda prisa las migas de la mesa y te espero impaciente, sentado en el sofá de la sala. Hago como que leo el periódico, dejo que las gafas de cerca se escurran hasta la punta de mi nariz y permanezco atento a cualquier ruido extraño, a cualquier golpe o a cualquier llamada, para correr en tu busca, a rescatarte, mi princesa. Cuando sales, han transcurrido veinte minutos que a mí me han parecido eternos. Te has cardado el pelo como uno de esos punkis que tanta gracia te hacían. Has pintado de carmín rojo tus labios, y también las comisuras, y te has perfilado los ojos con lápiz negro, embadurnándote los bordes como un payaso que estuvo llorando antes de su gran espectáculo. Has confundido la laca de uñas con el frasco de perfume, y por tu cuello se deslizan dos hilillos plateados. “¿Estoy guapa?”, preguntas. Y yo sonrío, o trato de hacerlo, y te contesto que claro, que tú siempre estás guapa, y me vuelvo contigo al baño para convencerte de que es la hora de la ducha. “Ay no papá, papaíto, que aún no es domingo”, replicas lloriqueando y pataleas flojito en el suelo. “No quiero ducharme, no quiero”. Pero te dejas hacer y voy quitándote la ropa mientras canturreas una canción de cuna, aquélla que le cantabas cada noche a nuestra Ana para que por fin cogiera el sueño. Contemplas fascinada la espuma que resbala por tu cuerpo desnudo, tan frágil, y chapoteas y me salpicas y todo termina convertido en una gran piscina. Y yo termino empapado también. Empapado y agotado a las diez de esta mañana en la que no recuerdas mi nombre. Te envuelvo en una toalla y al momento la arrojas al suelo y sales corriendo hacia el cuarto. Abres el armario y lo revuelves todo hasta encontrar un vestido floreado, liviano, de vuelo y sin mangas. Recuerdo habértelo visto en alguna noche de verbena. “Es diciembre, mi cielo, hace frío”, te digo. Pero no hay forma. Te enfadas y me gritas. Me empujas con una fuerza que no sabía que tenías. “¡Suéltame! ¡Qué me sueltes!”, y tiras con fuerza del vestido, y la delicada tela se rasga, pero da lo mismo, te lo pones, con zapatos de tacón, muy altos, como siempre te gustaron. ”Ya estoy lista”. Me sonríes, coqueta, y te sonrojas, como la primera vez que te lancé un piropo a verte pasear con tus amigas por el Parque Grande. “Guapa”, te digo, y te guiño un ojo, como entones.En el grupo de apoyo nos explican siempre la importancia de ir en busca de recuerdos, así que hoy, como cada día, dedicamos horas a mirar fotos, los dos juntos, sentados sobre el sofá, rodeados de álbumes viejos y cajas de lata. Asientes y sonríes mientras traigo hacia ti, poco a poco, los momentos bellos que encierran esas imágenes inmóviles. Y de pronto empiezas a hablar, a relatar las historias que quedaron plasmadas en el papel fotográfico y hasta me cuentas detalles que yo ya había olvidado. Te miro y vuelves a ser mi Celia, mi amor, mi niña… mi princesa. Me abrazas y te abrazo. Y permanecemos así, arropados con tu manta favorita, apoyada tu cabeza en mi hombro, hasta que de pronto te incorporas y me contemplas muy seria. “No debe abrazarme así, caballero. Estoy casada”. Te separas de mí y me invitas a marcharme. Yo obedezco, sumiso, por no contrariarte, y te dejo viendo la tele, ensimismada, murmurando palabras que solamente tú comprendes, mientras voy a la cocina a preparar el almuerzo. Hoy, tu plato favorito. Lasaña de atún casera. “Vamos a comer, mi vida”, te digo al cabo del rato. Paso un brazo por encima de tus hombros, te ayudo a levantarte y dirijo tus pasos hacia la mesa, vestida con tu mantel preferido y las servilletas de hilo que bordabas por las tardes. “Te he preparado lasaña, ¿ves?”. Cruzas los brazos delante del pecho y pones morritos. “No me gusta la lasaña”. Y yo: “Claro que sí, mi amor. Si la adoras”. Pero te niegas a probarla, te tapas la boca con las dos manos y sacudes la cabeza. Intento convencerte y le das un manotazo al plato. La lasaña se desbarata y la mezcla de bechamel, atún y tomate cae sobre tu regazo y se esparce por el suelo. Me miras, horrorizada. “Lo siento, Miguel. Lo siento… ”. Tiemblas y se te llenan los ojos de lágrimas, y los míos se inundan también, porque esta vez no ha ocurrido, no has mirado mi cartel. Esta vez, mi princesa, has recordado mi nombre.
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