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miércoles, 26 de octubre de 2011

martes, 25 de octubre de 2011

Susana Corroto es finalista del Certamen de microrrelatos abogados de agosto de 2011

Novato


Susana Corroto Villacañas


Relato seleccionado Certamen Microrrelatos de Abogados agosto 2011


Al principio todo parecía una broma, un juego que apenas recordaríamos al día siguiente, sumidos en la consabida resaca. Colgado cabeza abajo agitaba los brazos mientras lanzaba una sarta de improperios y juramentos apenas inteligibles. La toga que le habíamos puesto se le había venido abajo por efecto de la gravedad y le cubría la cabeza, dejando sus calzoncillos y sus delgadas piernas al descubierto. Dejadle ya, se escuchó con timidez entre la muchedumbre. No hicimos caso. Continuamos con nuestro número, bailando a su alrededor, al son de la canción de cada año: “El novato ya ha llegado, y trae aspiraciones de abogado…”. Cada vez más y más alto… La facultad envuelta en ruido, risas, gritos y aplausos. Tantos, que nadie pudo oírle cuando pidió socorro. Tantos, que no sabríamos decir cuándo dejó de gritar.


Blog de Susana:

martes, 30 de marzo de 2010

Susana Corroto es finalista en el Certamen Microrrelatos Abogados del mes de marzo

La próxima vez

Susana Corroto Villacañas

(Finalista Certamen Microrrelatos de Abogados marzo 2010)

Dictó el sobreseimiento de la causa y el mundo se me vino encima. Contemplé cómo se levantaba y descendía con lentitud deliberada del estrado, mientras los pliegues de su larga toga se mecían, sugerentes, al compás de sus caderas. Pasó por mi lado, muy erguida, tan segura de sí misma, impregnando el aire de aquel aroma a lilas frescas. Sin mirarme siquiera. Allí permanecí, embobado, inmóvil, bloqueado y, como si de una vieja fotografía se tratase, volví a visualizarme mucho tiempo atrás, en la facultad de derecho, cuando tampoco lograba de ella ni las migajas de su mirada azul. Ahora, yo era abogado de oficio y ella, cómo no, jueza. Seguía sin tener ni un sólo argumento atractivo que pudiera despertar su interés, pero aún conservaba en el bolsillo aquel poema que le escribí un día y que pensaba entregarle, sí, quizás la próxima vez, como ofrenda de mi amor.

Blog de la autora: http://palabrasmagicasdesusana.blogspot.com/

sábado, 19 de diciembre de 2009

Susana Corroto ha sido semifinalista con tres relatos del certamen Fergutson de microrrelatos 2009


Relatos semifinalistas de Susana Corroto en el Certamen Fergutson de Microrrelato:


Perseguido

Le perseguían enloquecidas por calles, plazas y parques. Corrían tras él gritando, las bocas desencajadas, muy abiertas; los ojos fuera de las órbitas, las manos al frente, extendidas, en un intento desesperado y ansioso por atraparle y, quizás, engullirle. Casi tan veloces como él parecían no rendirse nunca, seguras de que era sólo cuestión de un poco más de tiempo. Y lo era. Doblaron una esquina y se adentraron en un callejón oscuro. Él resbaló y cayó de bruces sobre el adoquinado húmedo. Todo estaba ya perdido. Cuando le dieron alcance, se precipitaron sobre él. Le estrujaron y pisotearon. Le tiraron de los pelos. Le mordieron, golpearon, aplastaron su cabeza. Zarandearon su cuerpo y gritaron con todas sus fuerzas dentro de sus oídos. Cuando ya no se movía, una de ellas profirió indignada: -Pero, ¡¿qué es lo que le pasa?!Las demás, aún jadeantes, se separaron de él, le miraron con desprecio,desdeñosas, y antes de dar media vuelta, otra exclamó:-Bah… Menuda decepción…. Con lo simpático que parecía en la tele…


El veraneo de Kalim

Kalim pasa el verano en la playa. Camina hechizado por el abanico de sonrisas, chapoteos y juegos de niños que a su alrededor se despliega. Un plataforma azul flota sobre el mar inmenso. Tiene un tobogán y dos escalerillas. Sueña que se desprende de la camiseta que lleva pegada al cuerpo y se lanza al fresco azul para nadar libre hasta ella y que pasa la mañana subiendo y bajando feliz por esas escaleras, lanzándose al agua sin cesar, como el resto de chiquillería. Risas, zambullidas, sombrillas de colores, juguetes hinchables y castillos de arena… Kalim adora la playa. Sonríe y sigue soñando. “¡Chico! Aquí tienes”, exclama la señora del sombrerito de paja. “¡Chico!”, vuelve a gritar, y el sonido de su voz desgarra la burbuja que flota sobre su cabeza, rompiéndola en gotitas de ilusión que se estrellan en la arena. Kalim toma el billete que le tiende la señora y le entrega el vestidito elegido. Recoge del suelo el fardo, se lo vuelve a cargar a la espalda y continúa su caminar lento, gritando “¡Barato! ¡Vestido barato!”, mientras su mirada infantil se pierde, como cada año, en el veraneo ajeno y en la fantasía, quizás, de uno propio.


Los Monstruos sí existen

Mamá dice que no existen los monstruos, pero yo sé que es mentira porque hay uno viviendo en casa. Le escucho cada noche. Cómo ruge, furioso, al otro lado de la pared de mi cuarto. Golpea los muebles, rompe cristales y tira cosas al suelo. Sé que mamá me miente para que no tenga miedo. Yo lo intento, de veras, intento con todas mis fuerzas ser valiente. Dejar de temblar. Salir del rincón que hay entre el armario y mi cama para enfrentarme con él, como harían los súper héroes de mis tebeos, plantarle cara, derrotarle y echarle de nuestra casa. Pero cuando comienzan los gritos, los portazos y siento retumbar el suelo, soy incapaz de moverme. Me quedo paralizado, mis piernas no responden y me siento el más cobarde de los hombres. Porque yo ya soy un hombre, aunque mamá se empeñe en engañarme diciendo que no existen los monstruos y yo haga como que la creo y no hubiera visto sus ojos enrojecidos o los morados que por las mañanas tiene en los brazos o, a veces, en las mejillas. Yo sé toda la verdad. Sé que se lo ha hecho él: el monstruo que vive en casa.

Visita el blog de Susana: http://palabrasmagicasdesusana.blogspot.com/

Susana Corroto, semifinalista del certamen Fergutson de microrrelatos 2009

El veraneo de Kalim

Susana Corroto

(Relato semifinalista del Certamen Fergutson de Microrrelatos 2009)

Kalim pasa el verano en la playa. Camina hechizado por el abanico de sonrisas, chapoteos y juegos de niños que a su alrededor se despliega. Un plataforma azul flota sobre el mar inmenso. Tiene un tobogán y dos escalerillas. Sueña que se desprende de la camiseta que lleva pegada al cuerpo y se lanza al fresco azul para nadar libre hasta ella y que pasa la mañana subiendo y bajando feliz por esas escaleras, lanzándose al agua sin cesar, como el resto de chiquillería. Risas, zambullidas, sombrillas de colores, juguetes hinchables y castillos de arena… Kalim adora la playa. Sonríe y sigue soñando. “¡Chico! Aquí tienes”, exclama la señora del sombrerito de paja. “¡Chico!”, vuelve a gritar, y el sonido de su voz desgarra la burbuja que flota sobre su cabeza, rompiéndola en gotitas de ilusión que se estrellan en la arena. Kalim toma el billete que le tiende la señora y le entrega el vestidito elegido. Recoge del suelo el fardo, se lo vuelve a cargar a la espalda y continúa su caminar lento, gritando “¡Barato! ¡Vestido barato!”, mientras su mirada infantil se pierde, como cada año, en el veraneo ajeno y en la fantasía, quizás, de uno propio.

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Susana Corroto, semifinalista del certamen Fergutson de microrrelatos 2009

Los monstruos sí existen
Susana Corroto
(Relato semifinalista del Certamen Fergutson de Microrrelatos 2009)
Mamá dice que no existen los monstruos, pero yo sé que es mentira porque hay uno viviendo en casa. Le escucho cada noche. Cómo ruge, furioso, al otro lado de la pared de mi cuarto. Golpea los muebles, rompe cristales y tira cosas al suelo. Sé que mamá me miente para que no tenga miedo. Yo lo intento, de veras, intento con todas mis fuerzas ser valiente. Dejar de temblar. Salir del rincón que hay entre el armario y mi cama para enfrentarme con él, como harían los súper héroes de mis tebeos, plantarle cara, derrotarle y echarle de nuestra casa. Pero cuando comienzan los gritos, los portazos y siento retumbar el suelo, soy incapaz de moverme. Me quedo paralizado, mis piernas no responden y me siento el más cobarde de los hombres. Porque yo ya soy un hombre, aunque mamá se empeñe en engañarme diciendo que no existen los monstruos y yo haga como que la creo y no hubiera visto sus ojos enrojecidos o los morados que por las mañanas tiene en los brazos o, a veces, en las mejillas. Yo sé toda la verdad. Sé que se lo ha hecho él: el monstruo que vive en casa.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Susana Corroto gana el Certamen Algazara de relatos



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El fallo del II Premio Algazara de Microrrelatos, convocado por la Editorial Hipálage, se produjo el pasado 30 de septiembre de 2009. Se han recibido 906 textos, de los cuales, en aras de poder publicar un libro agradable e interesante, que aporte novedad para el gremio editorial y librero, han sido seleccionados 304 textos.
Dado el alto número y la alta calidad de los textos, ha sido muy difícil elegir los cuentos ganadores, y finalmente, el premio de 300 euros en metálico se ha repartido en tres partes iguales y se otorga a:
Susana Corroto Villacañas (de Madrid) y su microrrelato “El fabricante de lunes”.
Daniel Gutiérrez Pachés (de Santa Cruz de Tenerife) y su micorrelato “Teléfono”.
Esther Nieto Moreno de Diezmas (de Ciudad Real) y su microrrelato “El dedo y la luna”.
“Más cuentos para sonreír”, el libro que recopila los textos seleccionados, ya se encuentra en imprenta y estará listo en pocos días. Es un libro de 21,5x15, 320 páginas, impreso y encuadernado en rústica como el resto de los libros de la editorial Hipálage, y con ISBN: 978-84-96919-22-8.
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EL FABRICANTE DE LUNES

Mi padre era odiado por todos nuestros vecinos. Le despreciaban, le negaban el saludo, dirigían contra él sus miradas furibundas y era el blanco aborrecible de los tirachinas de los niños. Era "fabricante de lunes" y pasaba el tiempo encerrado en su pequeño taller, de martes a domingo, cosiendo minutos y horas que arrojaba al hirviente caldero. Añadía uno o dos atascos, un madrugón, los gritos de un jefe furioso y una pizca de pereza. Removía incansable la mezcla, y unos momentos antes de acabarse el fin de semana, un nuevo lunes estaba ya listo. A pesar de los comentarios dañinos de la gente y de la ausencia absoluta de vida social que su actividad le acarreaba, él adoraba su trabajo y disfrutaba inmensamente componiendo con paciencia y mimo el primer día laborable de cada semana del calendario.
Un día le pregunté cuál era motivo por el que amaba tanto su trabajo, si ello le suponía tantos otros inconvenientes, y levantándose triunfante de su viejo taburete de madera junto al fuego, mi padre me contestó:
—¡Porque así no he de trabajar el lunes, hijo mío! Es un día detestable...

lunes, 4 de mayo de 2009

Recuerdos en un cartel



Susana Corroto

(Carta finalista del VIII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor 2009)




Esta mañana me he dado cuenta de que no recordabas mi nombre. Lo he visto en tus ojos azules, mi princesa, cuando he entrado en la cocina, aún en pijama, adormilado, y te he has girado hacia mí con el paquete abierto de café en una mano y una cuchara en la otra, dándome los buenos días. Durante apenas un segundo se te ha congelado la sonrisa, pero enseguida has fingido reconocerme y has seguido con lo tuyo, como si tal cosa. Yo me he vuelto al dormitorio y he abierto el tercer cajón de la cómoda. He tomado el cartel de cartulina roja, el que lleva mi nombre dibujado en mayúsculas de trazo grueso, y me lo he colgado al cuello. Después, sentados a la mesa, cuando me has pasado el azúcar, has mirado mi cartel y he notado que te relajabas. “¿Te apetece una tostada, Miguel?”, has preguntado, haciendo hincapié en la pronunciación de mi nombre, para que yo viera que sí, que lo sabes, aunque algunos días no puedas recordarlo sola.
Los médicos dijeron que el desarrollo sería progresivo, muy lento y de hecho, hay días que aún son buenos, incluso parecen normales. Y en esos días soy yo el que se olvida de esta pesadilla en la que estamos inmersos los dos, desde hace casi tres años, envueltos en esta penumbra, en esta bruma que no te deja mirar atrás, mi princesa, que te esconde adrede nuestro pasado y nuestro presente, nuestros buenos y malos momentos, nuestros sentimientos y hasta nuestros sueños. Pero en medio de esta niebla, he de mostrarme tranquilo, sosegado, sereno. Ser metódico y mantener tu entorno claro y ordenado, exento de imprevistos y alteraciones que puedan perturbarte. Por eso, todo lo que hacemos cada día sigue una rutina y por eso, también, he marcado cada rincón de la casa con pequeñas etiquetas de colores que muestran mensajes diversos: “Azúcar”. “Armario para vasos”. “Sopa = cuchara”. “Calcetines”. “Te amo, Celia”, por todas partes, “Te amo”.
Acabas tu desayuno y te levantas sin decir nada. Cruzas el pasillo decidida y te veo desaparecer tras la puerta cerrada del baño. No debo atosigarte, así que pongo los vasos en el fregadero, recojo a toda prisa las migas de la mesa y te espero impaciente, sentado en el sofá de la sala. Hago como que leo el periódico, dejo que las gafas de cerca se escurran hasta la punta de mi nariz y permanezco atento a cualquier ruido extraño, a cualquier golpe o a cualquier llamada, para correr en tu busca, a rescatarte, mi princesa. Cuando sales, han transcurrido veinte minutos que a mí me han parecido eternos. Te has cardado el pelo como uno de esos punkis que tanta gracia te hacían. Has pintado de carmín rojo tus labios, y también las comisuras, y te has perfilado los ojos con lápiz negro, embadurnándote los bordes como un payaso que estuvo llorando antes de su gran espectáculo. Has confundido la laca de uñas con el frasco de perfume, y por tu cuello se deslizan dos hilillos plateados. “¿Estoy guapa?”, preguntas. Y yo sonrío, o trato de hacerlo, y te contesto que claro, que tú siempre estás guapa, y me vuelvo contigo al baño para convencerte de que es la hora de la ducha. “Ay no papá, papaíto, que aún no es domingo”, replicas lloriqueando y pataleas flojito en el suelo. “No quiero ducharme, no quiero”. Pero te dejas hacer y voy quitándote la ropa mientras canturreas una canción de cuna, aquélla que le cantabas cada noche a nuestra Ana para que por fin cogiera el sueño. Contemplas fascinada la espuma que resbala por tu cuerpo desnudo, tan frágil, y chapoteas y me salpicas y todo termina convertido en una gran piscina. Y yo termino empapado también. Empapado y agotado a las diez de esta mañana en la que no recuerdas mi nombre. Te envuelvo en una toalla y al momento la arrojas al suelo y sales corriendo hacia el cuarto. Abres el armario y lo revuelves todo hasta encontrar un vestido floreado, liviano, de vuelo y sin mangas. Recuerdo habértelo visto en alguna noche de verbena. “Es diciembre, mi cielo, hace frío”, te digo. Pero no hay forma. Te enfadas y me gritas. Me empujas con una fuerza que no sabía que tenías. “¡Suéltame! ¡Qué me sueltes!”, y tiras con fuerza del vestido, y la delicada tela se rasga, pero da lo mismo, te lo pones, con zapatos de tacón, muy altos, como siempre te gustaron. ”Ya estoy lista”. Me sonríes, coqueta, y te sonrojas, como la primera vez que te lancé un piropo a verte pasear con tus amigas por el Parque Grande. “Guapa”, te digo, y te guiño un ojo, como entones.En el grupo de apoyo nos explican siempre la importancia de ir en busca de recuerdos, así que hoy, como cada día, dedicamos horas a mirar fotos, los dos juntos, sentados sobre el sofá, rodeados de álbumes viejos y cajas de lata. Asientes y sonríes mientras traigo hacia ti, poco a poco, los momentos bellos que encierran esas imágenes inmóviles. Y de pronto empiezas a hablar, a relatar las historias que quedaron plasmadas en el papel fotográfico y hasta me cuentas detalles que yo ya había olvidado. Te miro y vuelves a ser mi Celia, mi amor, mi niña… mi princesa. Me abrazas y te abrazo. Y permanecemos así, arropados con tu manta favorita, apoyada tu cabeza en mi hombro, hasta que de pronto te incorporas y me contemplas muy seria. “No debe abrazarme así, caballero. Estoy casada”. Te separas de mí y me invitas a marcharme. Yo obedezco, sumiso, por no contrariarte, y te dejo viendo la tele, ensimismada, murmurando palabras que solamente tú comprendes, mientras voy a la cocina a preparar el almuerzo. Hoy, tu plato favorito. Lasaña de atún casera. “Vamos a comer, mi vida”, te digo al cabo del rato. Paso un brazo por encima de tus hombros, te ayudo a levantarte y dirijo tus pasos hacia la mesa, vestida con tu mantel preferido y las servilletas de hilo que bordabas por las tardes. “Te he preparado lasaña, ¿ves?”. Cruzas los brazos delante del pecho y pones morritos. “No me gusta la lasaña”. Y yo: “Claro que sí, mi amor. Si la adoras”. Pero te niegas a probarla, te tapas la boca con las dos manos y sacudes la cabeza. Intento convencerte y le das un manotazo al plato. La lasaña se desbarata y la mezcla de bechamel, atún y tomate cae sobre tu regazo y se esparce por el suelo. Me miras, horrorizada. “Lo siento, Miguel. Lo siento… ”. Tiemblas y se te llenan los ojos de lágrimas, y los míos se inundan también, porque esta vez no ha ocurrido, no has mirado mi cartel. Esta vez, mi princesa, has recordado mi nombre.

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