En los días soleados, los muebles de roble de mi abuela resplandecían de una luz otoñal, y toda la casa se impregnaba de una fragancia que olía a fruta y a madera fresca. Ella solía decirme: "No toques esto, querida; no toques esto", y es que no le gustaba que husmearan en sus muebles, en los que guardaba celosamente, y con llave, todos sus secretos.
Al morir, mamá los vendió todos y se compró un costoso y finísimo tapado de piel. En vano saltaron mis lágrimas rabiosas o mis continuados y múltiples lamentos: al entrar en la casa, el comedor me recibió solo y vacío, únicamente la luz que entraba del balcón como un bostezo mágico de sueño era la misma, y me recordaba un poco la presencia de Abuela.
La habitación se llenó muy pronto de otra gente, unos niños se arañaron y rieron justo en el mismo sitio donde antes reñíamos nosotros. Y era natural y esperanzador descubrir que habíamos crecido.
Pero eso fue después, después de la noche larga en que conocí a Abuela
Abuela no era Abuela, Abuela estaba adentro de sus muebles, cerrada con llave y en la sombra; porque abuela se me presentó en toda su maldad y en toda su magnificencia.
Ayer volví a la habitación y encontré pelos en el cajón de su cómoda. Fue todo un detalle y una sorpresa para mí. Gracias, Abuela (me hacía ilusión tocar la aspereza de su pelo; pero… ¿cómo podía ella saberlo?, ¿adivinaba mis palabras antes de que fueran pronunciadas?). En el segundo cajón, y escondido entre la ropa, hallé un álbum; en el tercero, nada: basura, papeles rotos, galletitas empapadas de perfume, una botella medio vacía de colonia y una cajita de fósforos.
Hojeé el álbum con detención. Se trataba de fotos viejas, blanco y negro, en las que varias jóvenes, de aspecto alegre y distendido, se tomaban de la mano y reían, con una inocencia inusitada. No reconocí a Abuela, aunque podría haber sido cualquiera de las mujeres allí presentes, con sombrero París y pollera hasta el tobillo.
Cuando me decidí a guardar el álbum, una foto se soltó rebelde de entre las muchas que había sueltas, y cayó al piso. Me llamó la atención porque en ella aparecía una mujer de negro, sentada y con mirada hirsuta, albergando en sus brazos una extraña muñeca. La muñeca llevaba un vestido blanco como de gasa o tul fruncido al talle, era de pelo oscuro y su piel lucía fina y frágil como la suave piel de un bebé.
Al abrir la cajita de fósforos, encontré allí mismo la muñeca novia. Tenía unos ojos amplios y brillantes como dos espejos constelados. Me incliné un poco más sobre el féretro para captar el secreto de aquella desnudez, pero la muñeca continuó muda e intacta reflejando las estrellas y no se movió, no pestañeó siquiera. Sin embargo algo cedió cuando toqué su rostro pálido y genuino como una luna, algo se ablandó al contacto de mis gemas, algo que se abrió paso en mi interior como un beso o como la necesidad de besar, que viene a ser lo mismo. La cogí en brazos y me fui corriendo. Fueron los días más felices de mi vida. La quería como a una hija, la quería tanto que fundé una clínica de muñecas.
Al principio estábamos siempre solas, pero luego comenzó a venir tal gentío que no daba abasto con tanto trabajo y muy pronto la boutique se revistió de vida y color cuando comenzaron a acudir los pacientes: osos tuertos de peluche; muñecos de pasta, de goma, de cartón, de celuloide; muñecas amputadas, calvas o con el pelo apelmazado; nenucos tatuados con bolígrafo… Todos demandaban mi cariño y atención y esperaban ser restaurados, claro.
Lo más difícil era la restauración del pelo, usaba unas agujas largas y finísimas de metal y debía tener mucho cuidado en no pincharme. Algunas muñecas necesitaban sólo un retoque de pintura y eso no me demandaba mucho tiempo. Otras en cambio requerían costura y otras que se les restauraran las pestañas o los ojos.
A fin de hacer más ordenado mi trabajo, lo mantenía todo cuidadosamente limpio y a disposición: en un estante, las cabezas -que daban gracia y colorido a la sala-, en otro más abajo los cuerpitos, en otro solo piernas, brazos, pies y manos. Las piezas más pequeñas como ojos, narices y bocas, las guardaba en los cajones de la cómoda; y en las cajas más grandes del sótano depositaba los rellenos y el vestuario.
Un día vino una muñeca quemada a la que su propietaria había metido en el horno creyendo que era un hospital. Tuvimos que cambiarle la cabeza. Tuvimos, sí, digo bien: Elda y yo.
Elda era mi ayudanta, mi mano derecha. Fue menester contratarla ya que, como mencioné anteriormente, no daba abasto con todo el trabajo yo sola y había noches en las que no dormía. Y si lo hacía, era porque me quedaba dormida; aunque en cualquier caso continuaba mi trabajo en el sueño, lo cual resultaba agotador y desesperante. Elda tenía ojos de pájaro, unos ojos rasgados y sin iris, no me inspiraba confianza; además siempre se aparecía por atrás, de improviso, con las dos manos juntas y en actitud suplicante, y esa falsa modestia me repugnaba. ¡Si hubiera hecho caso de mi instinto! ¿Por qué las personas nunca creemos en la intuición? Creemos en el dinero como en Dios y en lo que dicen los astros y las leyes, cuando sólo con el instinto y en un segundo se pueden conseguir ¡tantas cosas!: si sólo confiáramos en nosotros, seríamos nuestro propio oráculo y nuestra más certera predicción.
Pero confié en ella, es cierto. Y todo porque me trajo una carta en la que presumía, entre otras muchas experiencias, de haber sido la cuidadora oficial y restauradora maestra de todas las muñecas y juguetes de la reina. ¡Esa pájara! Y hacía tan bien su trabajo, con tanta eficiencia y dedicación, que me tragaba mis antipatías y me callaba la boca porque en realidad no había nada que reprochar. Ella llegaba todos los días a las siete y media, colgaba su abrigo negro de piel de cordero, se ponía la bata gris de tarea y eso era todo. Se ponía a trabajar. Entre las dos sólo había gestos y miradas de reprobación o desprecio que iban y venían de un lado a otro como cuchillos sangrantes. No necesitábamos hablar. Luego de hacer la caja y anotar cuidadosamente los pedidos, se marchaba justa y medida, siempre de negro, tan silenciosa y misteriosa como había venido.
Y yo me quedaba sola nuevamente con mi muñeca-novia ¿o debería decir muñeca- hija?…, porque las demás no eran hijas para mí, no existían, eran sólo muñecas. Y al final siempre estaba sola…; yo y mi hija, yo y mi muñeca. Pero era un poco más que la soledad porque uno nunca está solo cuando está con sus recuerdos. Y eso lo sabía Abuela mejor que nadie, que se llevó el juguete a la tumba y luego me lo trajo de consuelo.
Pero es cierto… Elda... Elda… Siempre Elda. Elda la perfecta. Elda de aquí, Elda de allá… Elda la admirada, la reverenciada, la verdadera dueña de todo. ¡Y cómo la querían las clientas de la casa con su trato siempre cordial y distinguido!… se notaba que había tratado con la realeza: nunca una palabra de más, siempre una solución para todo. ¿No es cierto Elda?, ¿no es cierto que no existen los problemas, qué sólo hay soluciones?
Recuerdo que ella la miraba con inquina (inquina que en el fondo eran celos), y por ejemplo, exclamaba: "¡qué hermosa muñeca la que trajeron hoy!" ó "¡qué simpática aquella la de los rizos plateados!", pero nunca nada sobre la mía… era una forma sutil de desprecio. Y, si yo envalentonada esgrimía algún comentario halagador sobre mi alma, se limitaba a acotar en un tono muy bajo y despacioso, que a su parecer lucía un poco vieja y también algo sucia y desgastada. Entonces yo la frotaba con el trapo amarillo de limpieza, le ponía el perfume de la abuela y le arreglaba el pelo con el peine de madera; pero nunca quedaba bien del todo y, es cierto, ya estaba un poco ajada mi niña. Pero tenía ese encanto de las muñecas viejas que, uno no sabe muy bien por qué, te sobrecogen el alma como si estuvieran siempre diciendo adiós y despidiéndose desde un lugar que se nos quedó allá lejos.
Un día sucedió lo inesperado. Luego de tomar el desayuno y mientras Elda se afanaba en la cocina con la limpieza de unos vasos, la levanté en brazos para volver a sentir la suavidad de su cara y el aroma a caramelo derretido que emanaba de su pelo. Recordé entonces cuando hacía eructar a mi bebé. Un impulso incontrolado me sobrevino al alma y me .llevó a golpearle dos veces por la espalda sin obtener mayores resultados. La muñeca no eructó sin embargo, y luego de reiterados intentos, algo cantó en su vientre como un trino. Fue como un murmullo apenas, un sonido tenue y fugaz, desvencijado. Agucé un poco más el oído, a fin de discernir lo que decía y entonces pude oírle pronunciar con claridad. Alcanzó a decir tres palabras nada más: "mañana no, mami". Y cuando me fui a acordar Elda ya la estaba bañando en el lago desnuda y bajo la luz de la luna. Se deshizo en el agua con la misma agilidad de un suspiro porque estaba hecha en porcelana fina, sólo quedaron sus ojos, como dos lágrimas redondas y suplicantes; los que me trajo Elda en la palma de su mano.
-¿Y el vestido? -la increpé mientras miraba unos ojos que me miraban temblando, absortos y horrorizados como implorando mi ayuda (mis ojos).
-Se lo llevó la corriente y cuando me di la vuelta ya estaba demasiado lejos…
Me cubrí con las dos manos y rompí a llorar. Y fue como un signo porque nunca más volvió Elda. Se fue como se van los malos tiempos: llevándose siempre lo mejor de nosotros y dejándonos rotos y vacíos. Los ojos los guardé en la cajita de fósforos, por supuesto. ¿Qué? ¿Qué dónde está la cajita? Ya lo he dicho: en el tercer cajón de la cómoda a la izquierda. Si quieres las llaves, ve y pídeselas a Abuela.
domingo, 16 de noviembre de 2008
Casa de muñecas
Carta a mi abuela

Querida abuela,
Hoy te escribo con el alma llena de esperanza, imagino el brillo en tus ojos al leer esta carta, el color subiendo a tus mejillas y esa sonrisa que llevo grabada en mi mente desde que era niña. Una sonrisa teñida por la tristeza que tratabas de ocultar ante tus seres queridos. Aunque eso lo supe después, en aquel momento para mi sólo era un esbozo de ilusión y esperanza.
Hoy te escribo porque tengo una noticia, más bien una ausencia de noticias, ya es diciembre y durante todo este año no se ha producido ninguna muerte de violencia de género; los telediarios no han mostrado aceras manchadas, ni casas quemadas, ni cuchillos ensangrentados. No hemos guardado minutos de silencio ni hemos vertido lágrimas de hielo, que son las que más duelen porque aristan el corazón. No han hecho falta esas leyes que promulgamos para ayudar a las mujeres maltratadas, los hombres han entendido por fin que somos personas, no objetos de su propiedad.
Querida abuela, sé que te parecerá mentira, que no puedes creer mis palabras; pero lo que te cuento es cierto, lo sé de buena tinta. Todos los informes al final llegan a mí, porque, mi adorada abuelita, tu nieta, esa niña canija que siempre andaba enfrascada en los libros, ahora es la Presidenta del Gobierno y mi última decisión ha sido derogar la ley de cuotas porque ya no es necesaria; las mujeres somos mayoría en el Parlamento y no hemos tenido que renunciar a ser madres. ¿Te podrás creer que me presenté a las elecciones embarazada? Supongo que no, quién votaría en tus tiempos a una mujer en estado de gestación. Mi marido ha renunciado a su trabajo para cuidar de los niños, él se encarga de la organización de la casa, se muestra muy orgulloso de mí. No le preocupa lo que opinen los demás, nadie piensa que si un hombre se queda en casa es menos hombre.
De igual forma las mujeres acceden a cualquier empleo sin ningún tipo de discriminación, no les preguntan en las entrevistas de trabajo si están casadas o tienen novio, no las despiden cuando se quedan embarazadas ni cobran menos salario realizando las mismas tareas.
Por otra parte, hemos dejado de ser meros objetos sexuales, en la publicidad no se nos muestran modelos esqueléticas que propician la anorexia entre nuestras hijas; los cánones de belleza son amplios y no se basan sólo en unas medidas y un peso. Nos sentimos orgullosas de nuestro aspecto, no necesitamos dietas, ni agredir contra nuestro propio cuerpo con operaciones estéticas que nos convierten en meras replicantes. Participamos en la vida cultural, ganamos premios, publicamos novelas, inauguramos exposiciones, diseñamos edificios, construimos puentes... Me dirás que esto ya se daba en tus tiempos, pero puedo asegurarte que no a estos niveles de igualdad con el hombre.
Ya sé, abuelita, que todo lo que te cuento te parecerá increíble, que me he vuelto loca, que hablo de un mundo al revés, que sólo es un sueño irrealizable. Muchas veces pienso en ti, en esa sonrisa rota, en esos ojos siempre húmedos, en tus manos trenzando mi pelo y entretejiendo mi alma con tus caricias. Fue mucho más tarde cuando lo supe todo, aún no te había perdonado por haberme dejado tan pronto, tú y el abuelo me abandonasteis a la vez, desapareciendo de mi vida como un buque fantasma se pierde en la niebla. Nadie me daba explicaciones y crecí con la sensación de angustia, de pérdida, temiendo que cualquier día pasara lo mismo con mis padres.
Después lo entendí todo, fuiste una víctima más de la prepotencia masculina que aún imperaba en tus tiempos, sufriste en silencio durante muchos años hasta pagar con tu vida una deuda nunca contraída. Aunque lo intento no puedo dejar de odiar al abuelo, nada puede justificar lo que te hizo, cómo te arrancó de nuestro lado.
Mi amada abuela, los ojos se me llenan de lágrimas redactando esta carta y el pulso me tiembla, no me regañes por los borrones, estoy escribiendo con la pluma que me regalaste, aún la conservo para no olvidar que el pasado está ahí, que tenemos que estar atentos y sobre todo atentas para que no vuelva a repetirse la historia.
Hoy dejo esta carta sobre el frío mármol de tu tumba y se me encoge el corazón, luego sonrío y pienso: ¡cómo me gustaría ver el brillo de tus ojos al leerla!
Tu amantísima nieta,
Utopía.
El extraño


No sabría decirte con certeza cuándo empecé a sospechar que ya no eras tú, que otra persona ocupaba tu lugar, que alguien extraño y desconocido usurpaba tu cuerpo. Al principio se trataba de pequeños detalles, que yo analizaba mentalmente, sentada frente a ti, viendo como apurabas la sopa con la mirada perdida en el televisor. Repasaba tu rostro, las cejas algo más pobladas, los ojos surcados de arrugas, la nariz y la boca, moviéndose acompasadamente al masticar. Y aunque sabía que eras tú, algo había cambiado en esa mirada verde oliva, cada vez más extraviada. Por eso seguía recorriendo tus facciones, para disuadirme de la peregrina idea de que eras otra persona, esa que a veces veía asomar, mirándome atónita desde tus pupilas.
Mis sospechas sobre la existencia del intruso se confirmaron el día de nuestro aniversario, hasta entonces nunca lo habías olvidado. Durante treinta años, el dos de octubre encontraba una docena de rosas rojas al volver del trabajo, soltaba el bolso y la chaqueta e iba corriendo a darte un beso. En las últimas ocasiones ya no corría tan deprisa, el cansancio y la monotonía pesaban demasiado sobre mi espalda, pero tu ramo siempre estuvo ahí y mi beso de agradecimiento también. Por la noche nuestros cuerpos no temblaban con la misma fuerza de los primeros años pero seguían ofreciéndose cálidos y acogedores, como un atardecer encendido en brasas.
Cuando me sentía triste, amenazada por el intruso que en ti habitaba, cogía las cartas de amor, esas que me escribías desde la mili; nunca fuiste un poeta, pero aquellas frases destilaban algo más que cariño, venían impregnadas de pasión, una pasión a duras penas contenida por el miedo a que mi madre pudiera abrirlas antes que yo. Las apretaba contra mi pecho conteniendo los suspiros, como entonces, y sentía latir de nuevo este viejo corazón.
¿Cómo se puede vivir con un extraño?, pensaba porque cada vez me lo parecías más. Te quedabas observando las gotitas de agua que resbalaban por el cristal y me preguntabas cómo nos conocimos, yo te miraba atónita y ofendida a un tiempo. Olvidar nuestro primer encuentro, otra prueba más de que no eras tú y sin embargo te parecías tanto. Quise contártelo, pero un nudo en la garganta me impedía hablar, mientras las imágenes pasaban por mi cabeza y te veía en la cola de aquel cine de verano, mirando descaradamente mis piernas, justo allí donde se acababan los calcetines, subiendo hasta el bordado que ribeteaba la falda. Sé que me puse colorada, incluso recuerdo aquel calor que me sofocó durante toda la película, mientras tú, ajeno a la pantalla y a mi azoramiento, te dedicaste a observarme en la oscuridad, con el detenimiento y la precisión de un científico explorando a través de su microscopio. ¿Se puede olvidar algo así?
Aún necesitaba más pruebas que me confirmaran que no eras tú, antes de tomar una decisión al respecto y fue entonces cuando empezaste a acusarme, a cada instante me hacías responsable de tus problemas, de tus pérdidas, de tus fracasos. Te volviste irascible, iracundo a veces, dejando de ser tú por completo, el otro, el invasor se había apoderado de tu ser. Yo pensaba en marcharme, hacer las maletas y dejarlo porque ya no conseguía recordar cómo eras, el intruso aparecía cada vez con más frecuencia y tardaba en marcharse. No podía acostarme con él en la misma cama, compréndelo, hubiera sido como serte infiel. Por eso me mudé al cuarto de la niña, ella apenas venía por casa ya. Creo que para no ver al otro, le inspiraba cierto temor. Ya sabes como es la niña, en apariencia dispuesta a comerse el mundo pero en realidad camina por la vida amedrentada, como un conejito arrojado de su madriguera.
El día que olvidaste mi nombre llovía a mares, el cielo amenazaba con atraparnos en un abrazo húmedo y mortal. Preparaba la cena en la cocina, cuando te oí contestar “no, aquí no vive ninguna Rosa, se ha equivocado”, y colgaste el teléfono como si nada. Yo te miraba asombrada, las manos mojadas en el paño, la boca abierta en un gesto de incredulidad. Me quedé tan perpleja que ni siquiera tuve fuerzas para sacarte de tu error, cada vez tomaba fuerza en mí la idea de abandonarte, o mejor dicho de alejarme de él, me asustaba su mirada vacía.
Como te decía, estaba pensando en hacer las maletas y marcharme de casa, tú solo aparecías en contadas ocasiones y el extraño, casi siempre presente, me odiaba. Mientras que doblaba la ropa y la colocaba en la maleta, fui consciente de que desertaba. Durante más de tres décadas, unidos en una lucha constante, compartimos techo, hijos, hipoteca, sonrisas, mascotas, gritos, silencios, llantos, pasión, aburrimiento, miradas, …. Me vi reflejada en el espejo de la cómoda, vi el miedo en mis ojos y sentí vergüenza. Me observé allí plantada, dispuesta a marcharme sin mirar atrás, asustada por ese maldito intruso que te devoraba desde dentro. Estuve así unos segundos, quizás fueran minutos, observando mi rostro cansado, mi cuerpo vencido por los años y pensé que sólo te tenía a ti, que sólo me tenías a mí.
Me armé de valor y lo miré a los ojos. Le anuncié que no estaba dispuesta a rendirme, se lo dije cuando salíamos de la consulta del médico. Allí se aclaró todo, me explicaron dónde te habías marchado y quién era aquel advenedizo: “Es una dolencia degenerativa de las células cerebrales (neuronas) de carácter progresivo y de origen desconocido. La enfermedad se presenta de forma lenta y progresiva. Sus principales síntomas son la pérdida de memoria y cambios en el comportamiento. No es habitual que se presente en una persona de su edad, es más frecuente en mayores de sesenta y cinco años; pero no cabe duda, su marido padece Alzheimer”.
Ahora te escribo estas palabras, que leeremos juntos, como siempre, tratando de retrasar, a base de medicamentos y cariño, la llegada de ese extraño con nombre alemán que pretende separarnos.
viernes, 14 de noviembre de 2008
Barack Obama y... ¿el cambio?
sábado, 30 de agosto de 2008
Se me murió
Se me cayó la luna al alba,
se me escapó,
se derramó,
se me clavó en el alma.
Se me murió sin esperanza
como los sueñossobre la escarcha.
Que siga el Universo con su juego
y los cometas con su danza,
que yo me llevaré mi luna muerta
a enterrarla bajo el agua.
Doctor Lunch
Como cada día, el doctor Máximo Lunch vuelve a casa a eso de las nueve. Llega cansado por el exceso de trabajo que se acumula en las aldeas vecinas.
Al oírle entrar, Úrsula se precipita a explicarle...
—Doctor. Ha ocurrido algo. La sirvienta de los Morgan estuvo aquí, esperándole. No quería dejar sola a la señora, por eso se fue. La encontré muy alterada. Le dejó esta nota:
“Doctor Lunch, le he buscado en las aldeas durante todo el día. Tiene que venir a la casa lo antes posible. La señora le necesita. Está desesperada.
Atentamente:
Rosaura Delgado”
A Úrsula no le cae bien la señora Morgan, aunque no podría precisar por qué; quizás sea su mirada fría, diagonal, como de reptil, o esa risa de cascabel emplastecido; tal vez, la forma en que se acaricia el pelo cuando se acerca al doctor... Esa mujer tiene algo que no acaba de agradar a Úrsula. Además, está el hecho más conocido y criticado: ¿qué se puede esperar de una lagarta de treinta años casada con un viejo de casi ochenta? Ahora, piensa ¿qué ha podido ocurrir para enviar a la chica con esa precipitación? Siempre que la señora Morgan aparece por la casa es para embaucar al doctor; quizás ésta sea otra de sus estrategias... Úrsula se santigua tras el ventanal mientras observa cómo el coche de Máximo se pierde a toda prisa en la oscuridad.
El doctor Lunch conoce bien el camino, sin embargo, uno de sus faros no funciona y ha tardado más de tres cuartos de hora en llegar a la mansión de los Morgan. Rosaura, la sirvienta, ha salido a recibirle:
—Fue el medicamento, doctor —advierte la mujer mientras intenta seguir al hombre en su precipitación.
—¿Dónde está la señora? -Máximo parece perdido en la casa.
—Arriba, señor. En el dormitorio. Es horrible.
La señora Morgan yace en la cama, recostada hacia el lado izquierdo, el opuesto a la puerta. Su marido la abraza por la espalda como un calamar sobre su presa. La señora Morgan presiente que el doctor ya está allí y, aunque no puede volverse, le habla desde su estática posición:
—¿Por qué has tardado tanto, Max?
El doctor Lunch se aproxima al lecho, con cautela, intentando tranquilizar a la mujer.
—Lo siento, Berta. No te muevas, por favor.
Resulta espeluznante la forma en que el viejo aprisiona a su esposa, como si quisiera llevársela al otro mundo.
—Rigidez mortis —apunta él con la certeza que le confieren sus conocimientos y su profesión.
—¡Tienes que ayudarme!
—La rigidez cadavérica suele desaparecer a las 48 horas —apunta el doctor intentando inspeccionar los ojos del muerto.
—Había tomado mucho alcohol —prosigue ella desesperada y llorosa-, le inyecté la medicación como acordamos y dejé que me abrazara para tranquilizarle. Me desperté con sus asquerosos brazos encima. ¡Haz algo! ¡Por el amor de Dios!
El doctor busca una linterna en su maletín, ante los horrorizados ojos de la chica confinada en el rincón.
—Podría tratarse de espasmo cadavérico, en cuyo caso no existe fase de relajación muscular.
—Y eso ¿qué significa? -pregunta Berta aterrada.
El doctor Lunch pide ayuda a la muchacha para inspeccionar la fosa iliaca derecha del fallecido. Tiene las piernas encogidas y resulta difícil el acceso. Si encuentra signos de mancha verde podrá calcular el tiempo del que dispone antes de la emanación de gases.
Ahora, en el dormitorio reina un silencio expectante.
—Berta -añade el doctor solemne-, ha comenzado la fase de putrefacción.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que el cadáver empieza a hincharse y no queda otro remedio que amputarle los brazos o terminará asfixiándote.
El doctor se precipita al sótano de la casa. Necesita una sierra enseguida. En el camino piensa que lo mejor es llamar a la policía y que ellos se encarguen de todo. Aunque, ahora él tampoco se fía de la mujer. Si le duplicó la dosis saldrá en los análisis y se investigará la muerte por homicidio. Podría verse implicado. De todas formas, aunque consiga desprender el cuerpo, ¿qué ocurrirá después?, ¿qué hacer con el cadáver? La mente de Lunch empieza a desvariar.
La bombilla no enciende, suerte que lleva una pequeña linterna en el bolsillo. Acaba de encontrar la hoja de acero dentada y cuando se dispone a subir la escalera una especie de mancha viscosa y azulada se ha filtrado por debajo de la puerta. El doctor Lunch cree ser presa de una ensoñación. Un grito procedente del piso superior estremece su cuerpo. La mancha viscosa ha desaparecido. El doctor Lunch atraviesa el pasillo y observa que los candelabros están encendidos. En el reloj de péndulo acaban de dar las doce. Asciende la escalera pisando cada peldaño como si fuera a romperse y al llegar a la puerta del dormitorio de los Morgan se detiene. Esconde la sierra en la espalda y atraviesa el umbral como si temiera despertar a un niño. La luz del candelabro de la mesilla arroja una mutilada sombra sobre la pared. La chica de los Morgan no está en el cuarto. El doctor Lunch se acerca a la cama con cautela:
-¿Berta?- La llama casi en un susurro antes de descubrir que de la boca del viejo ha comenzado a brotar ese líquido azulado como una serpiente viscosa.
Cuando el doctor Lunch consigue abrir los ojos, una baba amarga le empapa el cuello y la barbilla. No puede moverse. Sobre el pecho unos brazos de mujer se adhieren a él como ventosas. Ahora lo recuerda. Úrsula le preparó un brebaje nuevo la noche anterior, un líquido azulado traído de su último viaje a China. Todo ha sido un sueño hecho realidad, sólo que ahora nadie podrá bajar al sótano a por una sierra con la que desprender de su cuerpo los tentáculos que hilvanó la muerte para cumplir el deseo de una mujer despechada.
Nada
miércoles, 30 de julio de 2008
Cognac
Teresa Cameselle
(Finalista Certamen "Microrrelatos 1808" 2008)
Al amanecer le vio vestir su uniforme blanco y azul y marchar, la frente alta a pesar de todo. Aterida de frío y desconsuelo, maldijo aquel año del Señor de 1808.
Muñeco con cuerdas
Quiero ese, quiero ese, dijo el niño. Y mi padre me colocó en sus manitas. Desde entonces todo se ha vuelto oscuro. Creo que estoy en un armario, o en un baúl, o en un cajón. No me gustan los niños, se encaprichan con las cosas y luego se olvidan de ti, como si fueras una marioneta.
jueves, 17 de julio de 2008
Tacones de Azúcar

Reunido en Madrid el jurado del VIII Premio Internacional Sial de Poesía (2008), presidido por Luis Alberto de Cuenca, y compuesto por José Alcalá-Zamora, Carlos Alvar, Emilio Ruiz Barrachina, José Ramón Trujillo y Basilio Rodríguez Cañada, de un total de 322 obras presentadas, procedentes de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Brasil, Estados Unidos, Guinea Ecuatorial, Marruecos, Portugal y España, deciden conceder el premio, por mayoría, al relato presentado bajo el título 'Tacones de azúcar' que, una vez abierta la plica, resultó corresponder a Yolanda Sáenz de Tejada Vázquez.
Juan Carlos Cubeiro habla de Tacones de Azúcar en su blog "Hablemos de talento":
