
lunes, 30 de junio de 2008
Lazos y raíces
Dorotea Fulde Benke
(Finalista Certamen Hispano-Alemán 2008)
Después de tanto tiempo en España —treinta y cinco años de mi vida están entroncados aquí por lazos indisolubles— y sin haber perdido la conexión umbilical con Alemania, me gustaría dar la callada por respuesta cuando me preguntan de dónde soy, porque ya no estoy segura. Si insisten, digo que he nacido en Múnich. La siguiente interrogativa, inocente en su simpleza, suele ser: Y ¿qué? ¿Te gusta esto?
La respuesta mejor aceptada es la más fácil: ¿A quién no le gusta este país? La bondad del clima (de Andalucía donde vivo), la simpatía de sus gentes, la hospitalidad hacia el forastero, bueno, la forastera en mi caso (sobre todo si viene del Norte).
Si el interlocutor promete, a lo mejor me desahogo contándole los pormenores de mi experiencia personal, y de paso le explico que siempre había imaginado mi vida como puente entre dos familias, lenguas, países y culturas. Un largo puente apuntalado por innumerables arcos con el peso repartido entre una y otra orilla: una infancia forjada con recuerdos del cariño incondicional que hubo en mi casa; el enamoramiento que me trajo al Sur y que todavía me está durando; una formación sólida basada en el dominio de mi lengua materna, el alemán, y el idioma de mi vida, el español; mi hijo, nacido y arraigado aquí, que mira con desenvoltura hacia la ribera alemana; parientes y amigos a un lado y otro de mi existencia; diversos componentes más, siempre bilaterales: costumbres, actitudes, mentalidades…; todo ello forma una carga preciosa y un pesado lastre, según como se mire.
Sin embargo, hace unas semanas, encontré en Córdoba otra visualización mucho más concreta que la del puente. Ante el gran mosaico geométrico del Salón del Trono del Alcázar, me quedé rezagada, absorta al interpretar la bellísima imagen vertical como reflejo del rompecabezas de mi vida. Gracias a un artista supremo, cada pieza, cada fragmento, cada pedacito por sí solo insignificante, cumple su parte y cometido en la composición total. Afortunada de mí que, equidistante pero siempre cerca de esos dos países entrañables, sé que en mi caso hay una reserva inagotable de argamasa para sujetar, unir y conectar mis vivencias: el apego a mi tierra, la de allá, y el cariño a mi tierra, la de aquí.
La respuesta mejor aceptada es la más fácil: ¿A quién no le gusta este país? La bondad del clima (de Andalucía donde vivo), la simpatía de sus gentes, la hospitalidad hacia el forastero, bueno, la forastera en mi caso (sobre todo si viene del Norte).
Si el interlocutor promete, a lo mejor me desahogo contándole los pormenores de mi experiencia personal, y de paso le explico que siempre había imaginado mi vida como puente entre dos familias, lenguas, países y culturas. Un largo puente apuntalado por innumerables arcos con el peso repartido entre una y otra orilla: una infancia forjada con recuerdos del cariño incondicional que hubo en mi casa; el enamoramiento que me trajo al Sur y que todavía me está durando; una formación sólida basada en el dominio de mi lengua materna, el alemán, y el idioma de mi vida, el español; mi hijo, nacido y arraigado aquí, que mira con desenvoltura hacia la ribera alemana; parientes y amigos a un lado y otro de mi existencia; diversos componentes más, siempre bilaterales: costumbres, actitudes, mentalidades…; todo ello forma una carga preciosa y un pesado lastre, según como se mire.
Sin embargo, hace unas semanas, encontré en Córdoba otra visualización mucho más concreta que la del puente. Ante el gran mosaico geométrico del Salón del Trono del Alcázar, me quedé rezagada, absorta al interpretar la bellísima imagen vertical como reflejo del rompecabezas de mi vida. Gracias a un artista supremo, cada pieza, cada fragmento, cada pedacito por sí solo insignificante, cumple su parte y cometido en la composición total. Afortunada de mí que, equidistante pero siempre cerca de esos dos países entrañables, sé que en mi caso hay una reserva inagotable de argamasa para sujetar, unir y conectar mis vivencias: el apego a mi tierra, la de allá, y el cariño a mi tierra, la de aquí.
La alemana

Mercedes Martín Alfaya
(Finalista Certamen Hispano-Alemán 2008)
Mamá anunció que la niña llegaría el martes. ¿Habla español? Preguntó mi hermana. Pues, claro; su padre es el tío Miguel, contestó mi madre. ¡Ah! El tío Miguel, el de Alemania, recordó mi hermana. Y todos reímos ante la ocurrencia de Carmichi, que protestó enfadada: pues que no se le ocurra tocar mis muñecas.
Mamá y papá fueron a recibir a los tíos, les acompañaron al hotel y nos quedamos con la niña para irla acostumbrando. Una semana después, sus padres volvieron a Dusseldorf. Está muy escuchimizada, dije yo, y mamá me aclaró que era el clima y que por eso la trajeron a España.
Al principio la niña no hablaba; pero enseguida se adaptó. Recuerdo que mamá la llamaba desde la ventana y ella contestaba con su coleta tiesa: estoy aquí, jugando con la Amparito. Y le pedía un pfennig para chuche (que mi madre no sabía lo que era, pero le tiraba un duro y ella tan contenta). La niña fue tomando color y lustre y su madre nos enviaba cartas diciendo que, por favor, no dejásemos que nos llamara hermanas, ni papá y mamá a mi padre y a mi madre. El caso es que le tomamos tanto cariño que ninguno la corregíamos por ello. Y ocurrió que un día, a eso de las seis de la mañana, sentimos unos golpes en la puerta y voces en la escalera. Yo me tapé la cabeza con la sábana sin saber qué ocurría. Y ocurría que a una vecina se le había metido fuego y el humo salía por todas partes. Mi madre nos levantó a todos y tomó a la niña en brazos mientras mi padre nos empujaba hacia la escalera. El incendio se controló pronto y fue más el susto que los daños. De todas formas, mamá ni siquiera lo comentó con “los alemanes”, como llamábamos a los tíos; temía que el incidente asustase a los padres y se la llevaran. A los pocos meses, ellos volvieron a España para ver a su hija y mi madre aleccionó a la pitusa para que no dijera nada del incendio. Los padres llegaron hablando a la niña en alemán, por aquello de que retomara sus hábitos, y la niña miró a mi madre con ojillos traviesos diciendo: ¿ves, mamá? No les cuento que se quemó la casa porque ellos ya no me entienden.
El niño que no pesaba

Dorotea Fulde Benke
(Ganador Certamen Canal-Literatura 2008)
Mi padre se llevó el minúsculo cuerpo de mi hermano en una bolsa al bosque para enterrarlo. Bajando las escaleras flexionó y tensó varias veces el brazo con el que portaba la bolsa, pero por más que lo intentara no consiguió sentir el peso de lo que había dentro; era como llevar un poco de aire.
Se fue hasta la esquina donde estaba la parada, y no tardó en venir el tranvía que le acercaría al bosque de las afueras. Tan temprano, los pocos viajeros iban con gesto cansino al trabajo, dormitaban o leían el periódico. Para mi padre, sin embargo, todas las miradas se centraban antes o después en la bolsa que él llevaba del asa. Hubiera preferido cogerla en brazos para acunar a ese pequeño hijo suyo por primera y última vez, pero temía no poder contener las lágrimas. De modo que asía la bolsa torpemente, procurando que los acelerones y frenadas del tranvía no la hicieran chocar contra el borde de los asientos. Impaciente, contó las paradas hasta la más cercana del bosque, y cuando llegó, tuvo que vencer un fuerte impulso de quedarse en la plataforma posterior del vagón para continuar sin rumbo y sin separarse de lo que llevaba.
Con movimientos lentos bajó del tranvía y enfiló el camino hacia el bosque municipal. No veía a nadie en los alrededores y a medida que avanzaba entre los árboles, portando una bolsa con un hijo que no pesaba, notó que su cara se humedecía. Sin orden ni concierto le venían a la memoria los sucesos de la noche: pensó en el médico, que había asistido a mi madre en el aborto y cuando salió del dormitorio le entregó el bultito inmóvil de la criatura que había nacido tan pronto que no pudo vivir; en la comadrona, que le mandó a que fuera a llamar por teléfono a un médico porque algo iba mal; en el piso, que parecía demasiado pequeño para los jadeos y gritos contenidos de mi madre; en mi cara dormida cuando llevó a su pequeña hija grande de cuatro años a casa de la vecina; en la voz del médico, que le recomendó enterrar al niño en el bosque, sin más, porque si daba parte, las autoridades iban a interrogar a mi madre y a la comadrona por sospechar que el aborto fuera provocado. Sin darse cuenta mi padre había cogido la bolsa en brazos y apretaba el cuerpecillo sin peso contra su pecho. Aquí a la sombra de los árboles, donde nadie lo veía, podía mecerlo como había soñado durante los meses pasados, acariciando la barriga de mi madre e imaginándose con ella a un varoncito rubio de ojos azules como los suyos o a otra niña pelirroja como yo cuya primera infancia él se perdió porque estaba recluido como prisionero de guerra. Al pensar en las ilusiones truncadas de su mujer, siempre tan valiente y enérgica a pesar de todo lo que la había tocado vivir, le faltó el aire y tuvo que pararse. Acostumbrado por el asma a toses y ahogos, respiró profundamente y miró alrededor. Se había adentrado un buen trecho en el bosque. El camino apenas era un sendero agobiado por abetos, hayas y encinas que crecían muy juntos y no dejaban pasar la luz matutina. Dio unos pasos más entre los árboles y se detuvo. No tenía por qué continuar adelante. Con sumo cuidado depositó la bolsa entre las raíces de un abeto y sacó del abrigo una pequeña pala de hierro. Se agachó y empezó a cavar. El suelo blando y húmedo soltaba terrones que olían a hojas descompuestas y hongos. Aunque esa fragancia le reconfortara, le inquietaba la negrura del hoyo que se iba abriendo bajo sus manos. Siguió cavando sin dejar de pensar en la oscuridad que esperaba a su hijo, que dentro de poco debería haber abierto los ojos para disfrutar de la luz durante toda una vida. Oyó un sollozo y se sobresaltó pensando que alguien le había seguido. Pero era él mismo quien lloraba entre los susurros de hojas caídas, mientras el viento movía algunas ramas y las astillas secas se rompían bajo sus zapatos. Finalmente se irguió, abrió la bolsa y sacó a mi hermano envuelto en su toalla blanca, extraída de prisa de la canastilla hacía apenas un par de horas, y que sería para siempre su único atuendo. Le dio un beso en la cabecita, que asomaba entre los pliegues de la tela; luego volvió a taparlo bien y lo acostó en su cuna de bosque. De rodillas empezó a colocar ramitas y musgo alrededor, mientras pasaban por su mente rezos mil veces repetidos en sus años con los jesuitas. Ninguno le pareció apropiado, y sólo cuando el bultito apenas era visible ya entre terrones de tierra y hojas y agujas secas, consiguió pronunciar con voz quebrada una oración. Eligió dos ramas más grandes con las que formó una cruz que volvió a cubrir con el suelo esponjoso y maleable. Después alisó la pequeña tumba, aplastándola con fuerza para evitar que se descubriera por accidente o que alguna alimaña desenterrase al niño. Sabía que no convenía formar un montículo, pero sus manos se llenaron una y otra vez de tierra suave y húmeda, lo único que estaba a su alcance dar al pequeño.
De pronto escuchó una voz. Se levantó y sacudió su pantalón. Entre los árboles vio un hombre en una bicicleta que, seguido por un perro, se acercaba por el sendero. Aunque mi padre hubiera querido quedarse algo más, se fue instintivamente hacia un lado para que no se viera de dónde venía, aceleró el paso, saludó al ciclista y le siguió de lejos hasta la pequeña plazoleta de la parada de tranvía. En el trayecto a casa respiraba con dificultad y la bolsa que ahora contenía la palita le abrumaba porque pesaba más que antes.
Se fue hasta la esquina donde estaba la parada, y no tardó en venir el tranvía que le acercaría al bosque de las afueras. Tan temprano, los pocos viajeros iban con gesto cansino al trabajo, dormitaban o leían el periódico. Para mi padre, sin embargo, todas las miradas se centraban antes o después en la bolsa que él llevaba del asa. Hubiera preferido cogerla en brazos para acunar a ese pequeño hijo suyo por primera y última vez, pero temía no poder contener las lágrimas. De modo que asía la bolsa torpemente, procurando que los acelerones y frenadas del tranvía no la hicieran chocar contra el borde de los asientos. Impaciente, contó las paradas hasta la más cercana del bosque, y cuando llegó, tuvo que vencer un fuerte impulso de quedarse en la plataforma posterior del vagón para continuar sin rumbo y sin separarse de lo que llevaba.
Con movimientos lentos bajó del tranvía y enfiló el camino hacia el bosque municipal. No veía a nadie en los alrededores y a medida que avanzaba entre los árboles, portando una bolsa con un hijo que no pesaba, notó que su cara se humedecía. Sin orden ni concierto le venían a la memoria los sucesos de la noche: pensó en el médico, que había asistido a mi madre en el aborto y cuando salió del dormitorio le entregó el bultito inmóvil de la criatura que había nacido tan pronto que no pudo vivir; en la comadrona, que le mandó a que fuera a llamar por teléfono a un médico porque algo iba mal; en el piso, que parecía demasiado pequeño para los jadeos y gritos contenidos de mi madre; en mi cara dormida cuando llevó a su pequeña hija grande de cuatro años a casa de la vecina; en la voz del médico, que le recomendó enterrar al niño en el bosque, sin más, porque si daba parte, las autoridades iban a interrogar a mi madre y a la comadrona por sospechar que el aborto fuera provocado. Sin darse cuenta mi padre había cogido la bolsa en brazos y apretaba el cuerpecillo sin peso contra su pecho. Aquí a la sombra de los árboles, donde nadie lo veía, podía mecerlo como había soñado durante los meses pasados, acariciando la barriga de mi madre e imaginándose con ella a un varoncito rubio de ojos azules como los suyos o a otra niña pelirroja como yo cuya primera infancia él se perdió porque estaba recluido como prisionero de guerra. Al pensar en las ilusiones truncadas de su mujer, siempre tan valiente y enérgica a pesar de todo lo que la había tocado vivir, le faltó el aire y tuvo que pararse. Acostumbrado por el asma a toses y ahogos, respiró profundamente y miró alrededor. Se había adentrado un buen trecho en el bosque. El camino apenas era un sendero agobiado por abetos, hayas y encinas que crecían muy juntos y no dejaban pasar la luz matutina. Dio unos pasos más entre los árboles y se detuvo. No tenía por qué continuar adelante. Con sumo cuidado depositó la bolsa entre las raíces de un abeto y sacó del abrigo una pequeña pala de hierro. Se agachó y empezó a cavar. El suelo blando y húmedo soltaba terrones que olían a hojas descompuestas y hongos. Aunque esa fragancia le reconfortara, le inquietaba la negrura del hoyo que se iba abriendo bajo sus manos. Siguió cavando sin dejar de pensar en la oscuridad que esperaba a su hijo, que dentro de poco debería haber abierto los ojos para disfrutar de la luz durante toda una vida. Oyó un sollozo y se sobresaltó pensando que alguien le había seguido. Pero era él mismo quien lloraba entre los susurros de hojas caídas, mientras el viento movía algunas ramas y las astillas secas se rompían bajo sus zapatos. Finalmente se irguió, abrió la bolsa y sacó a mi hermano envuelto en su toalla blanca, extraída de prisa de la canastilla hacía apenas un par de horas, y que sería para siempre su único atuendo. Le dio un beso en la cabecita, que asomaba entre los pliegues de la tela; luego volvió a taparlo bien y lo acostó en su cuna de bosque. De rodillas empezó a colocar ramitas y musgo alrededor, mientras pasaban por su mente rezos mil veces repetidos en sus años con los jesuitas. Ninguno le pareció apropiado, y sólo cuando el bultito apenas era visible ya entre terrones de tierra y hojas y agujas secas, consiguió pronunciar con voz quebrada una oración. Eligió dos ramas más grandes con las que formó una cruz que volvió a cubrir con el suelo esponjoso y maleable. Después alisó la pequeña tumba, aplastándola con fuerza para evitar que se descubriera por accidente o que alguna alimaña desenterrase al niño. Sabía que no convenía formar un montículo, pero sus manos se llenaron una y otra vez de tierra suave y húmeda, lo único que estaba a su alcance dar al pequeño.
De pronto escuchó una voz. Se levantó y sacudió su pantalón. Entre los árboles vio un hombre en una bicicleta que, seguido por un perro, se acercaba por el sendero. Aunque mi padre hubiera querido quedarse algo más, se fue instintivamente hacia un lado para que no se viera de dónde venía, aceleró el paso, saludó al ciclista y le siguió de lejos hasta la pequeña plazoleta de la parada de tranvía. En el trayecto a casa respiraba con dificultad y la bolsa que ahora contenía la palita le abrumaba porque pesaba más que antes.
Más información del premio:
domingo, 15 de junio de 2008
Cursi
Yolanda Sáenz de Tejada
(2º Premio Certamen "Palabras de Mujer" Radio Almenara 2008)
Escucha el relato en voz de la autora:
Y puedes ver el video de la entrega 2008:
Un día descubrí Radio Almenara. Era la tarde de otoño que regresé a ese pueblo que, entre su frío, me parió. Era un día imprescindible en mis ojos y quiero contarlo, aunque esta historia tiene que ser cursi,
por narices…
Será cursi porque dentro hay encerrada melancolía, recuerdos rosas y envidia de telenovela. Un montón de amigas que se vuelven a ver después de veinte años. Corazones abiertos sangrando verdades y (después de muchas copas) mentiras…
Hace sol en la plaza; demasiado calor para este pueblo de sierra. Demasiada gente para tanta nostalgia. A la una y media de la tarde vamos llegando todas.
Nos examinamos excitadas por el encuentro. Lobas curiosas que, mientras beben cerveza, buscan reliquias de adolescencia. (Sobre todo en las arrugas y en el culo).
En la izquierda de mi recuerdo, dos de ellas lloran abrazadas. Innecesario tiempo de olvido que se ha ido muriendo entre sus venas. (La rubia soy yo).
Todos en la plaza nos miran. Trece mujeres rebuscándose en las niñas calientes y frías
de hace veinte años.
En la comida cantamos las canciones de antaño (sigo con la cursilería). No recordaba
el chiste del plátano…
Y luego las copas, que mezclan el alcohol con nuestra saliva, que asfixian de risa nuestras promesas. (A la más alta nunca le caí bien)…
Antes de irme, y ya gastadas las lágrimas, volví a abrazar a mi favorita; sabiendo que haría este relato tan cursi y tan necesario y, que al terminarlo,
tenía que estar vivo,
por mis muertos.
por narices…
Será cursi porque dentro hay encerrada melancolía, recuerdos rosas y envidia de telenovela. Un montón de amigas que se vuelven a ver después de veinte años. Corazones abiertos sangrando verdades y (después de muchas copas) mentiras…
Hace sol en la plaza; demasiado calor para este pueblo de sierra. Demasiada gente para tanta nostalgia. A la una y media de la tarde vamos llegando todas.
Nos examinamos excitadas por el encuentro. Lobas curiosas que, mientras beben cerveza, buscan reliquias de adolescencia. (Sobre todo en las arrugas y en el culo).
En la izquierda de mi recuerdo, dos de ellas lloran abrazadas. Innecesario tiempo de olvido que se ha ido muriendo entre sus venas. (La rubia soy yo).
Todos en la plaza nos miran. Trece mujeres rebuscándose en las niñas calientes y frías
de hace veinte años.
En la comida cantamos las canciones de antaño (sigo con la cursilería). No recordaba
el chiste del plátano…
Y luego las copas, que mezclan el alcohol con nuestra saliva, que asfixian de risa nuestras promesas. (A la más alta nunca le caí bien)…
Antes de irme, y ya gastadas las lágrimas, volví a abrazar a mi favorita; sabiendo que haría este relato tan cursi y tan necesario y, que al terminarlo,
tenía que estar vivo,
por mis muertos.
viernes, 30 de mayo de 2008
Reencuentro
Clara García Baños
(Ganador Certamen Coslada de Escritura Rápida 2008)
Nada parecía haber cambiado. El Autobús en el mismo cruce, exactamente en el mismo punto donde Amelia, años atrás, lo había esperado durante veinte interminables minutos. El camino continuaba igual de polvoriento y empinado, A lo lejos una nube oscurecía la tarde y Amelia auguro que traería granizo. Nada bueno para el campo. Apresuró el paso. Quince años atrás, cuando hizo el mismo recorrido en dirección inversa, portaba una maleta en una mano y un pañuelo arrugado en la otra. Esta vez, llevaba también un pañuelo con el que se había enjugado los ojos durante todo viaje. En la otra, un niño de siete años. Se ve que es un camino dc lágrimas y equipaje piensa Amelia.
El abuelo está muy grave, Raúl, Pero antes de morir quiere conocerte.
No era verdad. Amelia no había vuelto a tener noticias de su padre tras la malhadada tarde en que tomó el autobús a la capital
A medida que subía la cuesta, Amelia comprobaba que todo seguía igual. El molino ya no funcionaba, pero se mantenía en pie. FJ río venía con menos agua, pero las matas de moras silvestres invadían los márgenes del camino igual que entonces.
Las antenas repetidoras de la telefonía móvil, el tráfico, el boom inmobiliario o la inmigración eran problemas que no llegaban a esta aldea medio despoblada. Los campesinos continuaban con su peculiar forma de habérselas con la vida: frente a frente con la naturaleza, así fuera para hacer crecer el trigo, asistir a un parto o a un muerto. Era cierto que los tractores habían hecho más fácil las labores de arado y que las mujeres ya no bajaban a lavar al río. Pero ahí se acababa todo. La tradición patriarcal era la ley. Una ley que se había atrevido a transgredir el día que cumplió la mayoría edad y se marchó del pueblo.
Su madre, contando ella solo diez años, había muerto de un mal parto. Su padre entonces la sacó de la escuela.
Ahora eres tú la Mujer de la Casa.
Y aquellas palabras sonaron en mayúsculas, como una lápida que cerrara para siempre su libertad de escoger su propia vida.
Por eso, en cuanto pudo, se marchó del pueblo. Nadie la acompañó hasta la parada del autobús, abajo, en el cruce.
Al principio, escribía a su padre unas cartas largas, que fueron espaciándose y abreviándose por falta de respuesta, hasta desaparecer. En ellas le contaba que se había hecho maestra, que tenía novio, que le invitaba a su boda... Ni siquiera recibió una llamada el día que le escribió que había nacido Raúl, el que sería su único nieto.
Al coronar la cuesta encontró la casa; con la puerta abierta, como siempre, y una cortina negra para impedir el paso del calor y de las moscas. Amelia empujó a Raúl en el hombro para hacerlo entrar. Dentro se respiraba frescor y quietud, como si el tiempo se hubiera detenido. Sobre la mesa, el mismo jarrón, con las mismas flores de plástico que Amelia recordaba de su niñez.
—¡Papá! —Bajo las sábanas, el bulto del cuerpo parecía haber disminuido con el paso de los años y la proximidad de la muerte—. Papá, soy yo, soy Amelia. Traje a tu nieto; ven, Raúl.
—No se moleste, señora —dijo el viejo de mejillas hundidas, con desdén—. Yo nunca tuve una hija.
El abuelo está muy grave, Raúl, Pero antes de morir quiere conocerte.
No era verdad. Amelia no había vuelto a tener noticias de su padre tras la malhadada tarde en que tomó el autobús a la capital
A medida que subía la cuesta, Amelia comprobaba que todo seguía igual. El molino ya no funcionaba, pero se mantenía en pie. FJ río venía con menos agua, pero las matas de moras silvestres invadían los márgenes del camino igual que entonces.
Las antenas repetidoras de la telefonía móvil, el tráfico, el boom inmobiliario o la inmigración eran problemas que no llegaban a esta aldea medio despoblada. Los campesinos continuaban con su peculiar forma de habérselas con la vida: frente a frente con la naturaleza, así fuera para hacer crecer el trigo, asistir a un parto o a un muerto. Era cierto que los tractores habían hecho más fácil las labores de arado y que las mujeres ya no bajaban a lavar al río. Pero ahí se acababa todo. La tradición patriarcal era la ley. Una ley que se había atrevido a transgredir el día que cumplió la mayoría edad y se marchó del pueblo.
Su madre, contando ella solo diez años, había muerto de un mal parto. Su padre entonces la sacó de la escuela.
Ahora eres tú la Mujer de la Casa.
Y aquellas palabras sonaron en mayúsculas, como una lápida que cerrara para siempre su libertad de escoger su propia vida.
Por eso, en cuanto pudo, se marchó del pueblo. Nadie la acompañó hasta la parada del autobús, abajo, en el cruce.
Al principio, escribía a su padre unas cartas largas, que fueron espaciándose y abreviándose por falta de respuesta, hasta desaparecer. En ellas le contaba que se había hecho maestra, que tenía novio, que le invitaba a su boda... Ni siquiera recibió una llamada el día que le escribió que había nacido Raúl, el que sería su único nieto.
Al coronar la cuesta encontró la casa; con la puerta abierta, como siempre, y una cortina negra para impedir el paso del calor y de las moscas. Amelia empujó a Raúl en el hombro para hacerlo entrar. Dentro se respiraba frescor y quietud, como si el tiempo se hubiera detenido. Sobre la mesa, el mismo jarrón, con las mismas flores de plástico que Amelia recordaba de su niñez.
—¡Papá! —Bajo las sábanas, el bulto del cuerpo parecía haber disminuido con el paso de los años y la proximidad de la muerte—. Papá, soy yo, soy Amelia. Traje a tu nieto; ven, Raúl.
—No se moleste, señora —dijo el viejo de mejillas hundidas, con desdén—. Yo nunca tuve una hija.
jueves, 8 de mayo de 2008
Presentación del libro "A jugar", de Yolanda Sáenz de Tejada y Eduard Estivill
domingo, 30 de marzo de 2008
Memorias de ayer
Maribel Pont Pont
(Finalista Certamen Club Abuelos 2008)
Me asomé a la ventana y el cielo empezaba a cubrirse de nubes. Era lunes, mi día libre, y la tarde se presentaba larga y aburrida. No me molesté en encender el televisor; es más, no me apetecía nada en especial. Divagué por casa en busca de algo para entretenerme, subí las escaleras y rebusqué en el desván con la intención de encontrar un viejo libro que hacía tiempo dejé a medias. Al abrir un antiguo baúl, se levantó una pequeña nube de polvo y apareció una cajita metálica de color blanco. Aunque algo oxidada, se podían apreciar las siluetas de unos payasos dibujadas en ella. Me invadió la melancolía al descubrir en su interior miles de recuerdos. Amontonadas, una pila de fotografías antiguas. Cogí algunas y una de ella atrajo especialmente la atención, era una fotografía en blanco en negro de una figura que apenas se podía distinguir, pero yo sabía perfectamente de quién se trataba. El recuerdo me transportó inmediatamente veinte años atrás en el tiempo, aunque permanecía sentada en el suelo con los ojos cerrados y la foto atrapada entre mis manos. Recordé claramente la imagen de mi abuelo sentado en el patio, su rostro seco y grisáceo con el pelo peinado hacía atrás, acompañado de una mirada triste; tenía un ojo de cristal y yo me preguntaba si también podía ver con él... Cuando estaba aburrida me invitaba a sentarme en su regazo y me contaba mil historias que yo atendía con interés. Él se emocionaba al recordarlas de nuevo. Antes de empezar, sacaba una cajetilla de tabaco y con un gesto de silencio me indicaba que no se lo dijera a la abuela. Comenzaba la sesión y yo escuchaba sin decir palabra y sin apenas pestañear. Me contaba que, muchos años atrás, él trabajaba de albañil para sacar adelante a sus seis hijos y a la abuela, un día un hombre llegó al pueblo en busca de gente que quisiera trabajar en el circo, que actuaría para los extranjeros. Muchos se presentaron como candidatos, pero nadie daba la talla; entonces él, a quien siempre le había encantado la idea, se presentó a hurtadillas de la abuela ¾decía que esas no eran maneras de ganarse el pan¾, y para su sorpresa les encantó su actuación con un conjunto de bolas de madera fabricadas por él mismo, con la novedad de caminar al mismo tiempo por la cuerda floja. Realmente esa era su pasión, un sueño hecho realidad tocado con sus propias manos. A la abuela no le hizo la más mínima gracia, pero en un principio aceptó con tal de aumentar los ingresos en casa. El abuelo se sentía feliz actuando para los espectadores, que aplaudían con fuerza sus números y así inflaban su ego y orgullo. Cuando terminaba, al llegar a casa todos sus pequeños hijos se agolpaban a su alrededor para escuchar al entusiasmado el relato de la jornada. Sin embargo, la abuela no estaba tan contenta; se sentía celosa de que su marido fuera tan admirado por tanta gente, en especial mujeres jóvenes y guapas...
Llegó un momento en que el abuelo tuvo que decidir su futuro, el circo debía marcharse a otro lugar. Sin duda le ofrecieron un buen contrato para una gira por Mallorca; pero él, como buen esposo y padre de familia, abandonó su sueño con el corazón apenado para aferrarse al hogar que habían construido...
Era una historia realmente conmovedora. Recuerdo que nunca nos perdíamos las actuaciones de circo que daban los domingos por la mañana en la televisión, mientras la abuela nos preparaba una suculenta paella para todos... Cuando el abuelo murió, no sentí ninguna sensación extraña; es más, no fui capaz de aflorar los sentimientos que habitaban en mí, quizás porque sabía que estaba en un lugar mejor, donde no cabe el dolor. Sin duda debíamos despedirnos de él y darle el último adiós, pese al temor de que me impactaría ver su imagen tras un cristal. Lo que me estremeció de verdad al entrar, fue una imagen que nunca olvidaré: mi abuela se hallaba sentada frente a él llorando su ausencia, rodeada por todos sus hijos, que abrazándola formaban una estampa inolvidable; aquellos que los dos habían criado con tanta lucha y cariño, y que ahora serían el pilar de la familia. Fueron demasiado años viviendo el uno para el otro, y ahora le habían robado parte de su corazón yéndose lejos. Pude leer en la mente de mi abuela un "espérame". Sé que él se fue en paz, y a todos nos quedó un pedacito de él vivo entre nosotros, ese que me hace revivir aquellos años de infancia como un tiempo en el que todo era bonito y de color de rosa...
El sórdido cante
Juan Manuel Rodríguez de Sousa
(Finalista Certamen Club Abuelos 2008)
El día que atropellaron a mi abuela el cálido viento inundaba el ambiente. El aire recorría los resecos, grasientos rostros de la gente, se colaba por entre las ventanas y los seres perezosos se entretenían respirándolo, sabiendo que sus negros pulmones se quemaban con cada suspiro y cada aliento.
Ese fue el verano en que, a mala hora, mi abuela fue atropellada; con el imperdonable y tórrido sol que alargó los terribles minutos de un perturbado sufrimiento.
La camioneta la arrolló, sin siquiera frenar, sin percibir que segundos antes una vieja cruzaba azarosa el paso de peatones. El conductor, quizás mordido por el remordimiento, desabrochó la cremallera de su bolsillo y sacó el teléfono móvil. Llamó a la ambulancia para avisar de un accidente que había ocurrido, como si fuese un elemento ajeno a él. Tan ajeno e igual a su comportamiento, pues no se paró. Disimuló no percatarse, como si hubiera aplastado una sencilla, miserable y desechable bolsa de plástico. Hasta una rata rabiosa le hubiera llamado más la atención. Pero mi abuela, semejante a muchas otras, era a veces tan invisible, tan fantasmal con aquel oscuro vestido de luto, mientras caminaba por el barrio, obnubilada en sus tristes pensamientos. En otros años, sin embargo, se la vio coger fuerte de la mano a su hijo Francisco, orgullosa y embadurnada con un enigmático áurea de mujer fabulosa. Eso me dijeron. Después dejó de sentir, de existir para los demás, incluso dejó de vivir para ella misma. Jamás volvió a ser feliz.
Lejos, se escuchaba la sirena de la ambulancia, cada vez más cercana con su eco sórdido rebotando en los grisáceos muros de los edificios.
Mi abuela quedó tendida en el asfalto ardiente, chillaba de dolor. Su cabellera de plata pegada al suelo negro resaltaba como una estrella bajo el cielo oscuro de una noche estival. Un hilo de rubíes teñía su rostro arrugado, la sangre le resbalaba conducida por los profundos y viejos canales de su frente. No había nadie, era la hora de la siesta y todos dormían placidos, agradeciendo el sueño en el verano infernal ante los baratos ventiladores. La ambulancia estaba cerca, unos segundos más y podrían intentar reanimarla, salvarla para comenzar el inicio de su última etapa en la tierra de los vivos.
Gritó pero nadie la oyó, nadie excepto las chicharras que entonaban su sórdido cante. Vieron a un ángel pasar entre las calles, al fantasma que nadie osaba mirar y que ahora sin vida parecía importarles a todos. Los médicos corrían, frenéticos y ordenados a un tiempo, pero no consiguieron ni tan siquiera rozarla cuando mi abuela expiró su último aliento. Ahora, muerta en el asfalto, y ante los ojos cegados de los demás, su velo negro e invisible quedó chamuscado por el sol estival. Eran las cuatro y cuarto de la tarde, las chicharras olieron la sangre, cesaron sus gritos. Sucumbió el cante.
Ese fue el verano en que, a mala hora, mi abuela fue atropellada; con el imperdonable y tórrido sol que alargó los terribles minutos de un perturbado sufrimiento.
La camioneta la arrolló, sin siquiera frenar, sin percibir que segundos antes una vieja cruzaba azarosa el paso de peatones. El conductor, quizás mordido por el remordimiento, desabrochó la cremallera de su bolsillo y sacó el teléfono móvil. Llamó a la ambulancia para avisar de un accidente que había ocurrido, como si fuese un elemento ajeno a él. Tan ajeno e igual a su comportamiento, pues no se paró. Disimuló no percatarse, como si hubiera aplastado una sencilla, miserable y desechable bolsa de plástico. Hasta una rata rabiosa le hubiera llamado más la atención. Pero mi abuela, semejante a muchas otras, era a veces tan invisible, tan fantasmal con aquel oscuro vestido de luto, mientras caminaba por el barrio, obnubilada en sus tristes pensamientos. En otros años, sin embargo, se la vio coger fuerte de la mano a su hijo Francisco, orgullosa y embadurnada con un enigmático áurea de mujer fabulosa. Eso me dijeron. Después dejó de sentir, de existir para los demás, incluso dejó de vivir para ella misma. Jamás volvió a ser feliz.
Lejos, se escuchaba la sirena de la ambulancia, cada vez más cercana con su eco sórdido rebotando en los grisáceos muros de los edificios.
Mi abuela quedó tendida en el asfalto ardiente, chillaba de dolor. Su cabellera de plata pegada al suelo negro resaltaba como una estrella bajo el cielo oscuro de una noche estival. Un hilo de rubíes teñía su rostro arrugado, la sangre le resbalaba conducida por los profundos y viejos canales de su frente. No había nadie, era la hora de la siesta y todos dormían placidos, agradeciendo el sueño en el verano infernal ante los baratos ventiladores. La ambulancia estaba cerca, unos segundos más y podrían intentar reanimarla, salvarla para comenzar el inicio de su última etapa en la tierra de los vivos.
Gritó pero nadie la oyó, nadie excepto las chicharras que entonaban su sórdido cante. Vieron a un ángel pasar entre las calles, al fantasma que nadie osaba mirar y que ahora sin vida parecía importarles a todos. Los médicos corrían, frenéticos y ordenados a un tiempo, pero no consiguieron ni tan siquiera rozarla cuando mi abuela expiró su último aliento. Ahora, muerta en el asfalto, y ante los ojos cegados de los demás, su velo negro e invisible quedó chamuscado por el sol estival. Eran las cuatro y cuarto de la tarde, las chicharras olieron la sangre, cesaron sus gritos. Sucumbió el cante.
sábado, 1 de marzo de 2008
EL curso Torrente Ballester concede 5 premios literarios
El Curso de Literatura Gonzalo Torrente Ballester culmina con la concesión de cinco premios literarios a sus alumnos, concedidos por un jurado del que formaron parte, entre otros, Antonio Pereira y Ángel Basanta. Los galardonados son, por este orden, Andrés Martínez Riveira, María Teresa Cameselle y Francisco Xavier Caamaño, en la modalidad de narrativa; y en poesía Jaime Pereira Maroto y Dulce María López Rivera.
http://www.lavozdegalicia.es/ferrol/2008/03/04/0003_6622478.htm
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